Lejos
Episodio 11.
Viene del episodio 10.
Lejos queda lo humano, la camisa que supura, los especialistas en escorzo, su artificio y armamento, y JoseLu, con esa mirada hueca, esa piel como de cirio, alabastro cerámico, esa carcoma amarilla, aplatanada, sin temperamento, sin ánimo de vivir. Ve su rostro en el fuego y recuerda: desde mayo de aquel año era obligatorio ir a misa al menos una vez al mes. Ya llevaban dos avisos, al tercero la multa ascendería a las cuatro cifras. Le tocará pues hacer las paces, restaurar puentes, gestionar gestiones, reconocería a la Julia y a Lucia entre la muchedumbre plañidera, se echarían a llorar, y con la cara mojada pediría perdón por no haber actuado a tiempo, por no hacer algo que jamás supo cómo hacer.
—Sígueme —y le sigue, a unos dos pasos por detrás. En las copas se escuchan furibundos aleteos; en los troncos, golpes cocleares; las raíces, mientras, adquieren formas gomosas y ahora son una cabellera, ahora un brazo trenzado de venas. «Aquí las brutales arpías tejen sus nidos», sospecha. Aquí la humedad no es relativa, sino definitiva. Ella nota el sudor corriendo por la espalda y por el escote. El bochorno eleva su intensidad y los micelios lucen filamentos níveos, esas hifas soberbias, con presunción de culpabilidad. Es un lugar lleno de vida; es decir, de muerte.
—Hemos llegado.
Ataviado con una gran toga azabache, el Gran Cabrón escruta lascivo a su alrededor, arriba y abajo. Parece un juez, parece un verdugo. Entonces la deja caer, como una bata de baño, y ofrece su desnudez horrible: alas huesudas, un saliente en el sacro, rabo de gorrino, barba de chivo, ojos saltones, rodillas puntiagudas, panza de burro y un pene nervudo y acabado en gancho, aplastado sobre unos testículos feísimos y velludos. Es un anciano sucio, abúlico, ornamentado aquí y allá con mechones ralos y canosos, verrugas oscuras, incluso alguna cicatriz. El Gran Cabrón le da la espalda y entonces estira sus alas, canijas, y ella no puede explicar por qué pero el deseo le embota, se le pega la malignidad al pecho, avivando un fervor, unas ganas de hacer algo que no puede explicar. Huele a vainilla, al flan de su abuela, un recuerdo que le activa las glándulas salivares. «¿Abuela?». Quiere creer, si bien hasta hoy mismo creía que llevaba años muerta. Le habla:
—Hola, mi niña.
—Esto no puede ser verdad. Es ficción.
—Ay, hija mía, ojalá.
—Abrázala con honestidad —dice el Gran Cabrón. Y ella no abraza a nadie. Está intentando discernir entre el olor de la leche quemada que cae por el cazo al fogón, esa costra marrón que no es otra cosa que el cielo en la tierra, que humea un vapor dulce y agrio y dulce.
Sus cabellos canos ahora brillan del color de la cerveza, su pecho huesudo ahora vierte en dos unas mamas amplias. Se intensifica el chicharreo de las cigarras y el cloc-cloc de las últimas lágrimas de lluvia y las primeras del rocío. Más olores: el de la tinta de fotos recién reveladas; el del jersey de lana, de animal mohíno, tan grueso y hebroso, y ella intentando colar sus deditos finos entre los agujeros, para sentir más cerca a esa abuela que tanto la quiere y a la que tanto admira; el olor de las cosas que ha hecho durante el día y de alguna manera quedan presas entre las arrugas de la piel; el aroma mentolado de la morcilla del cura —la que se come, no la de chupar, recordaba siempre algún tío, y a su alrededor arrancaba el coro de risillas y ella nunca entendía por qué—. Tantos olores, tantos recuerdos, tantos mandamientos.
Un festín de evocaciones, eso es justo lo que quieren. La bestia gotea baba y ella babea también, absorta ante este carnaval, con ganas de morder, de gozar. Porque, efectivamente, niños y ancianos y otras figuras humanas dejan de danzar y comienzan a desvestirse, dejando caer la carne, y bajo esas fajas de grasa y linimiento se descubren perros locos, coyotes histriónicos y ratas gigantes y pelonas. La fanfarria lúdica paraliza en seco y todos miran a un gran caldero.
«Hazlo una bola y tíralo por el acantilado». «Hazlo una bola y entiérralo». «Hazlo una bola y quémalo en el fuego». El daño ya está hecho, nunca serás tú misma, igual que un árbol nunca es el mismo, ni la rama da los mismos frutos, ni florece el mismo día y a la misma hora, ni tiene el mismo tipo de verde todo el año. Y lo hace, porque estaba harta de no hacerlo, porque es suficiente excusa para cambiar de aires. Piensa que si no hace nada nuevo subsiste lo que ya existe, reúne fuerzas para ser lo mismo, y esto es lo mismo a no ser nada nuevo: te agotas en balde. ¿La ausencia de hechos constituye una acción? La inexistencia de la existencia se va haciendo cada vez más grave y más fuerte, y al final dejas de ser porque solo eres un vacío, un vórtice de silencios. Hora de roer la manzana. ¿Por qué lo hizo? Porque un animal interior retoza y tira de ella: le mordió la mano y ya no la soltó.
Le invitan a formar parte. Ahora ella tiene el poder vicario.
Brilla la cenefa de la olla como un ribete de plata, y piensa en coplas, en bulerías, en guisos que empañan de vaho las gafas de una tía que siempre le traía ensaimadas, rellenas de cabello de ángel. Qué delicia. Y vuelve a ver el rostro de JoseLu en el fuego; también el de sus hijos, su abuela, la yaya, su hermana. Ahora todo es de color, como cantaba aquella cinta rondando en el radiocasete de la cocina, la que los niños, chapurreando portugués y español en cantidades similares, repetían haciendo burla.
Todo es de color.
Todo es de color.
Todo es de color.
Todo es de color.
Todo es de color.
Todo es de color.
Y los colores se licuan de los rescoldos al firmamento. Los coyotes reactivan su danzar ebrio, las cobayas parecen saltimbanquis y los lobos se despatarran y orinan la base del enorme puchero, y esta centellea un aplauso efervescente, la hidrocrepitación de algo que va gestándose dentro y ya está a punto de caramelo. Pompas amplias reflectan las llamas y las deforman. El Gran Cabrón sonríe con goce genuino, expectante. La sopa del pote sube y sube y se derrama la espuma superior, es un volcán en erupción. Ella sabe lo que sigue. Por supuesto, del caldero emerge una figura, a imagen y semejanza. Es ella misma sin ser ella, es una copia idéntica: la cicatriz de la cesárea, las estrías de las caderas, las tetas más caídas de lo que le gustaría, esas bolsas rosas en los ojos, los dos lunares de encima, uno sobre el otro como una constelación a medio constelar. Aunque tarda en reconocerlo, reconoce que es hermosa. «Lo soy». Su piel, forjada a cien grados, al fulgor de un infierno controlado, poco a poco entibia y expone su textura y color tostado. Un homólogo ejemplar.
¿Y ahora qué? Ahora llegará el ardor, el rubor de los demonios. Y las viejas familias cierran las ventanas, afianzan las puertas, y el padre corre a oscuras a los Bancos y el pulso se le para en la Bolsa y sueña por las noches con hogueras, con ganados ardiendo, que en vez de trigos tiene llamas, en vez de granos, chispas, cajas, cajas de hierro llenas de pavesas. ¿Dónde estás, dónde estás? Los campesinos pasan pisando nuestra sangre. ¿Qué es esto? Los fantasmas recorren el mundo y el mundo pertenece a los fantasmas. Con una salvedad: no son fantasmas, sino transeúntes, ciudadanos igual de válidos. Veinte mil millones, «entre unos y otros».
Ella sabe lo que sigue: abrazar el bosque, hacerse una con él, sentir la espesura entrando por sus entrañas, plantando bulbos y rizomas y radículas. «Para esto eran las semillas de calabaza, jilipollas». Ahora entiende que ha estado cuidando al niño que no era, y como si lo fuera, porque lo era. Piensa a quién se presentará. ¿Para quién es ella la persona que más temes perder?, ¿para quién ha vivido imaginando que algún día dejará de existir y alguien tendrá que llorarla? Nadie responde.
El fuego se disipa y las bestias se dispersan. La marmita es ahora una vasija seca, gélida, un adorno estéril. Hay ropa por el suelo, con líneas de barro seco y arrugas de haber habitado. Ella tirita, se tambalea en esta «Zona Prohibida» de la que saldrá en cuestión de minutos. Los pájaros se vuelven locos, una orgía de trinos, un orfeón de melodías que anuncia el amanecer y empuja a los insectos a trabajar deprisa y atemorizados. Nace el día y ella corre como no ha corrido nunca, atlética y enmarañada de brío, impensablemente veloz. Las ramas se apartan, el barro se tensa: el mundo se abre a su paso.



