Cerca
Episodio 10.
Viene del episodio 9.
Cerca hay heridas nuevas, cerca hieren las evidencias. No puede alejarlas. La muerte es lo contrario a una pasión arrebatada, es la imposición última, la que te deja sin acceso a réplica. Y a ella no le gusta eso: está hasta los ovarios de que nadie se exprese abiertamente ni aporte algo que no sean subterfugios. Lo ha decidido: seguirá huellas, buscará pistas. «Desentrañar el enigma». Quiere atrapar la verdad, entender los hechos para narrárselos después a esa voz que no ceja el interrogatorio. Y echa a andar.
Camina diez metros, dejando atrás los cadáveres, cien metros, dejando el coche atrás, mil metros. Las hojas se comban, acampanadas, y las copas lloviznan azotadas por un viento que sopla a rachas, chisporroteando como crótalos. Se le pega la ropa al cuerpo y lloriquean las mangas, el pelo se le mete en la boca. «Necesito la lluvia, esta tormenta me hará bien», se dice. Ve lo justo para no darse de bruces contra la nada. Una línea recta insinúa otra novedad: delante tiene un tablón fino, una lengüeta de saxofón que media entre lo que parece una zanja oscura. Si va por ahí cruzará un arroyo que hay debajo, susurrando su circular tranquilo. Es un buen síntoma: aquí llega la civilización, aquí lo humano ha dejado marcas. Tantea, congela la respiración y pisa despacio. La tabla se tambalea. «Aguanta un poco». Sigue y clava las botas hasta los tobillos. El cieno, ese engrudo blando y hambriento, entra sin permiso y le inunda el calzado.
Avanza. Le gustaría creer en dragones, le gustaría que los árboles hablaran y dijeran «Señora, llevo aquí una vida entera y esta es la primera vez que veo a una mujer» pero sospecha que no es así, que por aquí cruzan liebres cogidas de las patitas y bailan y cantan llegado el momento. Este es un bosque especial. Entonces lo huele: humo, humo espeso, ese aroma de rastrojo ardiendo furioso. Decide continuar. Los aladiernos dan paso a los alisos, la humedad sube y baja la temperatura. La rodean lentiscos que gotean, mirlos durmientes, ranas que croan y rezan a la noche en su idioma. Y también Ángel. Lo escucha llorar, o decir algo, o fingir que dice. Quizá le está guiando hacia un lugar, su comportamiento está inserto en una circunstancia que ella desconoce. «De momento».
Algo no va bien. Una manada de lobos aúlla y su canto se expande por toda la garganta, como una sirena de ataque aéreo. Ojalá tener una linterna, o alguna escopeta. «Una escopeta para qué, ¿más muerte?». Una escopeta mejor no.
Ve una sombra que repta. Y decide jugar al pillapilla. La infancia reclama, invade su cuerpo. Aflora aquella tarde, cuando se perdió siguiendo el encontráu, una salamántiga —un nombre como cualquier otro para quien confunde salamandras con salamanquesas, anfibio con reptil; ahora las diferencia—. El bicho corretea con sus estrellas prendidas al lomo, descalzo, aprovechando sus fuerzas atómicas para volar a ras de suelo. Siente que tiene nueve años, cuando descubrió la verdad. En el pueblo se dice que escupe un veneno que ciega, que infecta pozos y podría matar ejércitos enteros con solo sumergirse en el río y emponzoñarlo. Pero ella lee los tapices de la catedral de Badajoz, donde confunden lagartos con ángeles. Allí comprende que no es un animal de muerte, sino de transformación. Brazos de pinos le pinchan y, lejos de sacarla del embrujo, parecen inyectarle algo narcótico. La sigue por la grieta de un tronco, chapalea entre la lluvia y un fuego lejano tinta el cielo de marrón intenso. Acelera y casi se despanzurra contra otro charco. Los sínodos de su tierra prohibieron dejar libres estas alimañas. Apenas era una niña. Camina ilesa entre las llamas, es su dragón protector. «Corre que te cojo». En la noche de San Juan, la moraleja está clara: otros saltan para espantar la mala suerte, ella va a buscarla. Si entras en el fuego, el fuego entra en ti. Si te atreves a mirar, lo verás. La iluminación llega después. A su madre la están violando dos legionarios, en mitad de la sacristía. Y tropieza. El dragón desaparece.
Está frente a un calvero. Hay más huellas, nuevas marcas.
Una seta blanca refleja la luna. Es preciosa, es algo completamente ajeno que la transporta en volandas a un recuerdo de carreras y ladridos, de risas y alguna lágrima mientras le curan las rodillas, de garrapatas que explotan como globos de agua y globos de agua que estallan como granadas y granadas que quedan sin detonar, siendo amenazas perennes sobre las que alguien construirá relatos, historias que se pegan como musgo y trepan en torno a una figura verde, pétrea, una estatua que siempre tiene la última palabra, igual que su exmarido, capaces de herir con solo existir, igual que su exmarido. Pero no. El exmarido no existe, está muerto, tiene sangre en las manos que lo confirma, sangre entremezclada con rozaduras en los codos, sangre que dejó de oler a óxido y es ahora una costra, como esta turba, magra, llena de memoria. Nadie habla catalán, nadie opondrá resistencia. Y la seta ahí sigue, mirando pacífica. Un «puto» punto blanco sobre el lienzo negro. Hechizada, da una zancada para acercarse, entendiendo que hay o habrá ramas que le hagan resbalar, algo que no ve y, sin embargo, intuye. Y tropieza.
Le duelen las palmas, le duele la cara, le duele un pie mucho más que el otro. A tientas se va sacudiendo objetos que son pertenencias del bosque. De la caída, algo se ha enganchado. Le arranca un pendiente, nota una humedad acariciándole, surcando el mentón hasta la barbilla, un hilo que baja y le pinta la patilla de otro negro nuevo. Cae una gota de ese plasma sobre la seta ebúrnea, impoluta, y la entinta de carmín. Parece un lunar. Sigue siendo preciosa, y ahora flamenca. El suelo se hunde como una cucharada de helado, probablemente el agujero de alguna bomba, algo que pasó hace bastante, aunque no suficiente para que la hojarasca y las raíces hereden y tejan su red de salvación. Por fin se apoya, erguida a duras penas, y pisotea la seta, quizá con aliento de venganza, quizá con hálito extático, porque siente su corazón latir por encima de todos los demás sonidos. «Te jodes».
Erecta y firme, hace balance: el arroyo, el claro, el árbol con forma de vieja bruja, el otro claro. No hay caminos. Cada sendero es idéntico al anterior. Trota hacia la izquierda, a la derecha, hacia abajo, stop, lee la noche quebrada, piñas escurridizas, tierra blanda, hojarasca, agujas, ruido de masticar, ruido de revolotear, ruido de cosas que saltan, cosas que asaltan, crascita la noche y, al final, un sollozo. Un animal gimotea, para y vuelve a sollozar. No le hace «ninguna gracia». Ninguna.
Esta vez el humo está más cerca, huele a leña fresca. Reconoce pavesas que ascienden y se pierden entre nubes añiles y gris lobo. Hace menos frío. Las pisadas, amortiguadas por la monótona cama de hojas, cambian de sonoridad. Por fin, una piedra, un inmenso menhir, alto como una puerta y con una faz tallada, simbolizando el nuevo hito. «¿Eres tú, Yemọya?». Sus facciones mutan en la sombra. «Lo que más temes perder», «Lo que más temes perder». Da vueltas alrededor de la roca, montada sobre otra horizontal, y una figura se deja ver.
—Ángel. ¿Ángel? ¡Espera!
Ángel retoza, primero en dos, luego en cuatro patas. Una niebla espesa le impide ver más allá. La tierra dulce y abonada está más seca aquí. No se está mal.
—¿Qué eres?
Ángel sigue avanzando directo hacia alguna parte. Ella no quiere volver a caer, camina lenta, insegura. Los matorrales le agarran por el jersey, retrasándola. Ve en el suelo uno de esos parches, el águila pringada de granate, el cazador cazado. Al agacharse, el colgante pende del cuello, parece un adorno navideño, una moneda cuyo valor pagará la entrada a quién sabe dónde.
—¿Quién eres?
—¿Tienes fe?
—No.
—¿Por qué?
—No sé qué dices. Tengo dolor. Y sueño. Y me gustaría saber. ¿Dónde está mi hijo?
—Deberías tener fe.
—Para qué.
—Para responder a las preguntas que no tienen respuesta.
—Qué sabes de mi hijo.
—No sé quién es tu hijo.
A punto de soltar «Vete a la mierda», rectifica y dice un breve «Eres igual que él». La figura galopa y se esfuma hacia la luz. Ella hace lo mismo y se enclava junto a la hoguera. Una hoguera vasta y colosal llamea en todas direcciones y, en torno a ella, más figuras, grandes y pequeñas. Hay muchos, cuenta siete, algunos son como él, otros tienen alas. Dan cabriolas, emiten mugidos, sonríen enseñando picos y colmillos. Y miran. Catorce ojos amarillos. Y del centro, como esculpido por el propio fuego, fraguado entre la combustión, el gran cabrón se manifiesta, esplendoroso. Un esplendor perverso, una indescifrable pulsión erótica. Es una bestia hermosa, imposible de ignorar. Es la copa de Ribera del Duero que estaba esperando. O un Penedés, un picapoll, Terra Alta o un Monsant. Lo mismo le da. Se lo bebe del tirón, tragándoselo hasta vaciarlo por completo. Inspira, espira: el aquelarre ha comenzado.



