Al lado
Episodio 9.
Viene del episodio 8.
Al lado del especialista dos cae una gota, solo una. Después otra, tardía y pesada. La lluvia arranca en estampida, rajando el cielo, igual que se derrama el vino y se extiende por el mantel −ella piensa «Ojalá quedara vino, un buen trago, o media botella»−. Rugen las cortinas, ráfagas golpeando las tejas, los cristales, la uralita, y ella afina olfateando una tormenta que emana vida crítica, que restalla y pinta las faldas de los carrascos hasta que retornan a las tinieblas.
El olor a humedad se adueña del monte, nimbando las siluetas, una humedad sobre la humedad, como esa marca de agua nueva sobre la vieja, como el corte de las algas en una costa que se lava y acaba sepultada, horas después, sobre toneladas de agua saladísima y cargada de minerales preciosos. Huele a portobellos, a moho de ducha, a flores recién arrancadas; casi se pueden oír las culebras de agua y a las lombrices comer y cagar, comer y cagar. Las botas de los especialistas chapotean palabras:
—¡Buen aguacero! Con la que está cayendo…
—Sí, ¿podríamos pasar?
—Unos minutos hasta que pase el temporal.
—Nos vamos en nada.
Se turnan como presentadores de televisión, siguiendo la trama. Ella mira de arriba a abajo y musita algo como «Poco os puedo ofrecer. Pero puedo hacer té o café» y ellos responden con idéntico tono monocorde «Nada, nada, no se moleste», «Si nos tenemos que ir, estamos peinando toda esta zona», «Es crítico acabar hoy». Un rayo ilumina de blanco el suelo. Crítico, otra palabra con masa propia que espachurra las cejas de JoseLu pero JoseLu lleva un rato haciendo de padre, quizá el lapso más largo en los últimos cinco años.
Los especialistas agachan sus armas y acceden haciendo ademanes mecánicos. El niño se agita, la casa parece roznar. La lluvia repiquetea como miles de pájaros pidiendo entrar. Y ella sabe que cuando en un lugar hay armas, en algún momento hay o habrá problemas. Esa es la diferencia nominal entre los hechos y quienes empuñan las armas y piensan que si en algún lugar hay armas, hay o habrá soluciones. Uno mira al otro: «Da el aviso».
Especialista uno pasea su juventud por el salón, cabecea un «Buena casa, sí señor» y JoseLu recorta con «Su esfuerzo les costó». Especialista dos entona «¿Es de usted?» y JoseLu capotea un «A efectos legales no, todavía no». Ella ahora piensa en su hermana Marina y en la gestoría de las persianas bajadas, en esa mujer con quien quedó para hacer la compra a la mama un sábado que se dilata, un sábado replanificado. Marina podría acelerar los trámites, igual que aquel divorcio, aunque sabe que él no se lo piensa pedir. Y Marina ahora está a varios universos de distancia.
Especialista uno camina apoyando planta y talón, juguetea aún más, mira hacia la escalera, hacia el pasillo opaco, hacia los sofás y detecta el plato y el jarrón roto. Deja caer su fusil como un bolso de hombro y se pone la careta para hacer muecas al chico. Apretando los labios, le mira a través de la máscara, con las pupilas negrísimas, respirando fuerte a través de ella. Nadie mueve ni un centímetro de su cuerpo.
—Bú.
El hijo se encoge y el padre exhala despacio «No facis agafar por al nen». Especialista dos canturrea «¿Sabe que podemos detenerle por eso?». «¡Chs! No-no-no. Prohibido», añade especialista uno, subrayando los noes con el dedo índice de la mano libre, como un profe de primaria corrigiendo una falta. Se inclina aún más hacia el chaval, arrinconado, hecho un ovillo en el regazo del padre. «Bú». Entonces el niño empieza a gemir. Un mugido gutural, un lamento que emerge desde dentro.
—¿Le pasa algo?
—No. Bueno, que tiene fiebre.
—Cariño, ¿qué pasa, qué te pasa?
—Este chico está muy raro —ronronea especialista uno, y se prepara para disparar, inclinando muy levemente el cañón, muy lentamente. Especialista dos observa la escena como un turista que admira La Sagrada Familia.
—Parece que amaina, ¿no?
—Jose Luis, deja que suba yo al chico arriba, nos cambiamos y en cuanto deje de llover nos lo llevamos a Urgencias.
—Señora, siéntese.
—¿Perdona?
—Lo que digo; estese quieta, por favor.
En una fracción de segundo, en lo que tarda un ser humano en parpadear dos veces seguidas, Ángel despliega sus alas: una cornamenta, ocho centímetros, nueve centímetros, once centímetros. Ella piensa en caracoles, ojos que suben y bajan con los que jugaba las horas muertas de aquellos domingos en los que iba a la alberca. Doce centímetros. Los cuernos afilados, huesos de odio, se clavan en el primer especialista. El asta hunde la punta que se abre paso entre el uniforme, rasgando la tela, punzando la carne blanda. Especialista dos dispara y hiere al primero. JoseLu levanta los brazos. Otro disparo. Y otro. Ángel brinca por encima del sillón, y trota como un ñu hacia el fondo, hacia la oscuridad de la casa. Especialista uno grita de dolor y se presiona en la herida. «¡Me has dado a mí, gilipollas! ¡Corre!». Especialista dos persigue al joven y se escuchan balidos, y forcejeos y golpes de cosas que caen. Ella también corre, a socorrer a JoseLu, que ahora sangra por un agujero y gime y grita «¡Asesinos!» y ya no sabe si tiene que defender a alguien o defenderse a sí misma. Otro relámpago retuerce su estela, roncando y alumbrando el valle.
Ángel aparece por el fondo con sus ojos amarillos, su abracadabra y sus patas de cabra, arrastrando una tira de tripa, balando siniestro, con la camiseta hecha jirones y el pelaje lanudo y empapado en rojo. Especialista uno incorpora el cañón, se pega la culata al pecho, apunta y dispara. Hay mucha sangre, que sigue brotando, un espejo espectacular que refleja los contornos de la chimenea, los trofeos de caza, la lámpara del comedor.
Se hace el silencio y ella advierte dos cosas: que ya no llueve y que Ángel ha desaparecido. ¿Se ha marchado? No hay cadáver. El disparo ha hecho astillas una silla. Especialista uno maldice muy deprisa y repite ahogado «Os lo vamos a quitar todo, os vamos a destruir» y el Águila de San Juan ahora está un poco descosida y ya no brilla tanto. Si su hijo no es su hijo, ¿por qué no le atacó? Y recuerda a esas arañas que llevan dentro veneno pero no pueden usarlo, víctimas de su condición, porque sí pueden morir envenenadas, porque no dejan de ser arañas venenosas, al fin y al cabo.
JoseLu balbucea y se arranca la cruz de Caravaca que siempre lleva debajo de cada camisa y cada polito, le quede bien o le quede regular. Tose granular. Le pide a ella que coja el colgante, que aproveche la cadena, que se ponga la estrella, la estrella de Yemọya. Con liturgia, él empieza a recitar el final de la historia, la historia de un recuerdo: tras el maltrato, Yemọya huyó de su esposo Odùduwà, portando consigo únicamente una vasija sagrada, regalo de Olódùmarè, el Ser Supremo. Mientras corría, cayó al suelo y la vasija se rompió, derramándose y formando los océanos. Ella lloró y lloró, y sus lágrimas crearon los ríos del mundo. Vivificante y peligrosa, infinita e íntima, el mito encarna la paradoja del agua. Ella recuerda su Guadalquivir, su al-wādi al-kabīr, «el río grande». Se abrocha el colgante, jura llevarlo, y la estrella refracta un resplandor ambarino, miel de flores sobre una piel apenas cuidada, el color de los pólipos de coral bajo una estampa paradisiaca que nunca alcanzó a visitar. El viento entra por la puerta y perfuma de pino el salón.
El remanente se agota y sus ojos apagan la luz. Ella lo nota flácido, reconoce que no hay nadie dentro, como una bombilla con el filamento roto, sesgado en un momento indeterminado. Pues eso, que ya no queda electricidad, ya no truena la vida. JoseLu decía que los matrimonios son como un generador eléctrico que funciona con gasolina, temblando sin parar y oliendo a fuel, ruidosos, y requiriendo de reposiciones y recambios y que, si lo detienes solo un segundo, lo demás se vendría abajo. Y que la gente se acaba queriendo en pasado y no en futuro, pensando en lo que han dejado de vivir y no en lo que podrían empezar a vivir.
—JoseLu, lo siento.
JoseLu no responde.
—De verdad que lo siento.
Le valdría una respuesta tonta, uno de esos ¿Et sona?. El teléfono sigue arriba, apagado. La fregona con vómito, los zapatos, las llaves. Abajo, su bolso, abierto de par en par como un higo, igual que el botiquín, con tiritas sueltas y un termómetro que no funciona. El especialista dos, veinte o veintiún años a lo sumo, yace con la cabeza hecha polen, parece un adolescente durmiendo profundamente boca abajo. Y una ristra de vidrios. Los demás objetos no existen ahora. Decide, de una vez por todas, abandonar esta casa maldita, esta masía de mitos y leyendas. Aún, bajo el foco de la puerta, detiene sus pasos para mirar. Delante, un rastro de huellas en un suelo embarrado, con charcos aislados aquí y allá. Al fondo, la forma del coche sigue tal cual. Más al fondo, la verja, los otros árboles, el monte. Al final, las nubes, la luna, alguna estrella castañeando. Y quizá el mar.



