Detrás
Episodio 8.
Viene del episodio 7.
Detrás se abre el portón, con tanta violencia que golpea contra el tope de los postigos y la hoja rebota hasta cerrarse por sí misma. El viento brama tormentoso, llamando a las ventanas. Ella grita. Él casi cae de espaldas. El niño ataca al padre, un cabezazo en el estómago que lo deja sin aire, que le desplaza los órganos. Se pone rojo, luego azul, se marea y se rehace rápido. La bestia prepara otra carga contra el padre, coge carrerilla, y este lo reduce enganchándolo por los brazos, que le cuelgan como ramas de sauce. Le cuesta, se le escurre, JoseLu aprieta por los sobacos, por las muñecas, lo dobla, lo contornea ahogándolo un poco. El niño ya no es un niño, es casi un hombre, las venas se inflaman, el sudor brota y gotea; la violencia es imperativa. Ella quiere ayudar, se acerca y recibe una patada, o más bien una coz. Le duele lo suficiente para reducirlo con menos tacto. Ambos progenitores hacen lo que pueden, desbordados, y el chaval, sabiéndose ya en desventaja, muerde la carne blanda de su padre, justo en el extensor radial largo del carpo. Y entonces el padre suelta, una mano libre con la que dar un bofetón al chico, guantazo de campeonato, un sopapo que le parte el labio. Ella dice cosas como «Animal» y él no sabe a quién de los dos va dirigido. JoseLu observa como si esto no fuera con él, como si alguien le ha pegado en el colegio y se está enterando de la escena ahora, tarde. La sangre se enfría y llega la culpa.
Él pide perdón seis veces alternadas con explicaciones breves y al final coinciden en que las cosas no se hacen así pero algo había que hacer. Han trabajado durante años la violencia de los pequeños gestos, el puñetazo contra la puerta, el tirar la taza de 'Mejor Papá del Mundo' a la pileta de los cacharros —y hacerla trizas—, el frenazo camino a Port Aventura, los chillidos cínicos, con la frente hinchada y enardecida la nariz, bufando. «Es hijo de su padre», llega a decir ella. Él por fin ve a un niño, asustado, largo aunque comprimido.
Y el niño tiene algo raro. Los incisivos superiores están deprimidos, aplastados por el labio, hundidos en un rodete, en almohadillas de ramoneo propias de los animales rumiantes. «Menuda le has dado». Los incisivos inferiores brillan especialmente sacados; Ángel parece más mueso, más adusto, más adulto. Él le limpia la sangre seca con un «Déjame a mí», «Soy responsable», «Es culpa mía». Le abre ligeramente la boca y entonces lo ve: cientos de papilas inflamadas, unas arremolinadas sobre otras, exudando gotitas carmesí. Ella ya sabe dónde está el cajón de las medicinas, escuálido y sin apenas nada que cure. Saca las gasas y un bote de mercromina casi seco, con el tapón pegado de tiempo sin premura. «Ara mateix agafo el cotxe i anem a urgències», resume JoseLu. Ella quiere decir algo que son muchas cosas y al final solo añade «Pues sí».
Y llaman. «Abre tú», «Abro yo», «Acuesto al niño, lo tumbo a ver si se le pasa, ¿va?». Venga, va. De nuevo la fiebre-fiebre, feroz y seca.
No son los de antes. Son los especialistas, esta vez con restregones de sangre de quizás alguna herida. Están sucios, manchados por labores de caza. Van uniformados, bien equipados, armados. Y el pelo hundido por unas caretas, levantadas como viseras, como gorras de tenista. Las gomas afilan contornos blancos en rostros duros y bien afeitados. No es Halloween pero como si lo fuera. Las caretas son de látex pintado, hiperrealistas, emulando distintos animales. Un lobo y un oso. Llevan máscaras porque es la única manera de que los cambiantes muestren su forma real.
—Buenas noches. Buenas noches.
—Oímos disparos.
—Sí, fuimos nosotros. Hicimos cuanto pudimos.
Y se adelanta el acompañante: —¿Podemos echar un ojo?
JoseLu lanza su interrogante como un zurdazo a gol: —¿A dónde?
—Por fuera, claro.
—Ah, vale. Sí, sin problema.
Ambos recolocan partes de sus uniformes, muestran ese orgullo endurecido de quien trabaja en aquello que le gusta porque retroalimenta, porque les permite gobernar pequeñas parcelas del mundo donde otros ni se acercan, porque se sienten dueños de una cosa que nadie les puede arrebatar y ese sentimiento los hace dueños de muchas otras cosas.
—¿El joven quién es?
—Quién va a ser, nuestro hijo —ataja ella de inmediato.
—¿Vino con ustedes?
—Sí, claro.
—¿Llegaron a su propio paso, con la luz del día?
—Home, i tant, a passar el finde, com si no —JoseLu usa el tono de la amistad, de los hombres que son camaradas y se conocen desde hace mucho aunque acabe de ver a estos dos tipos, impasibles y profesionales. Y el que lleva la voz cantante reitera:
—Evite el dialecto. ¿Me confirman que llegaron anoche en el vehículo que hay estacionado fuera?
—Así es.
—Sí, sí.
—De acuerdo, gracias. Echamos un ojo.
JoseLu, dolorido por el bocado, se lleva la mano al brazo. El especialista uno observa el gesto, alza la mirada, mira primero a ella, luego a él, y finalmente al especialista dos. JoseLu mantiene el rictus aunque esos vaivenes, delatores, dicen que aquí alguien miente y alguien sabe más de lo que dice.
—¿Tiene la llave de aquel cobertizo?
—Voy.
—No. Démelas, revisamos nosotros. A estas horas puede ser peligroso.
—Bueno.
—Mejor así —apostilla el segundo, calmado.
—Tenga, ten.
Dan la espalda a la familia y la luz del zaguán rebota en un detalle de la ropa que antes pasaba desapercibido. Un parche prieto, bien cosido: el Águila de San Juan. Marchan con ese andar táctico y, de nuevo, el bullicioso silencio de la noche entra por el salón junto a una bandada de mosquitos. Pasan menos de quince minutos, muy largos, en los que ella y él debaten en susurros y sibilancias. «¿Te has fijado?». «En qué». «Tenía sangre en la pernera». «Normal, son cazadores». «¿De qué?» «A saber». Pueden escuchar fragmentos de diálogo: «Ha podido ocultarse en ese pozo». Los pasos se intensifican y la expareja calla mientras que la segunda pareja, mejor avenida, se acerca rítmicamente. Le hacen firmar un informe que bien podría ser un comprobante de control de plagas. «¿Todo en orden?», «Eso parece», «Mañana vendrán los compañeros a medir». Y JoseLu se queda en blanco, sin saber por dónde tirar, si por «medir qué» o «qué compañeros». Antes siquiera de que esboce la pregunta, el especialista uno dice:
—¿Qué ha visto?
—¿Perdona?
—Esta noche. Han visto algo, ¿verdad?
—No entiendo.
—Sí entiende.
—No sé a qué te refieres.
El especialista dos toca el hombro del uno y musita algo y luego sigue con «No vamos a culpar a esta pobre familia de ser víctimas de esto». El primero, adelantado y ya casi atravesando el dintel de la casa, repliega y echa hacia atrás sus hombros. Sin embargo, no puede rendirse, no quisiera dejar pasar la oportunidad de ser sabueso otro poquito más:
—¿Está bien? Al niño, ¿le pasa algo?
—Se ha caído, sí. Fue hace un rato, con el susto de los disparos. Estas casas viejas, siempre con trampas mortales, tablones levantados y eso. Ya se lo hemos curado, no es nada. Nos íbamos a dormir, estamos reventados de todo el día.
—¿Y si se infecta? ¿Y si necesita antibiótico?
—No creo. No ha sido-
—¿Me permite? Me gustaría echarle un vistazo.
—¿Eres médico también?
Él calla y saborea con placer la debilidad de un matrimonio que lleva roto cuatro años, mil cuatrocientos días de lenta descomposición, deterioro físico, detrito emocional, mientras los militares tomaban el control, y la gente se hacía preguntas y medios especializados en tecnología hacían el agosto fomentando primero incertidumbre, después pánico, y lugares como senado, congreso, cortes y parlamento adquirían nuevos significados y nuevas nomenclaturas se imponían con magisterio y al final la población en conjunto, aterrorizada, disfrazaba todo aquel terror con mansedumbre. Y el terror fue triturado y galvanizado por una capa extra de terror, un terror más hegemónico, ineluctable.
Especialista uno dice:
—Los cabrones se disfrazan de la persona que más temes perder, ¿saben? No exactamente la persona que más amas. Es la mutación definitiva.
Y sonríe como un gato de Cheshire. Y la sonrisa se derrite flácida hasta ser una línea recta que recuerda al rayón de tiza del igual: tanto por tanto igual a un resultado, y resulta que ese resultado es denso como el sirope de fresa y ella imagina que ese sirope fluye desde el envés carnoso de su hijo. Un hijo que tiene cincuenta y cinco grados de temperatura corporal.
—Acceden a recuerdos proyectados, a los hilos sueltos. Para que lo entiendan, es como cuando dejas algo en un sitio mucho tiempo y luego lo retiras. Ese polvo viejo, esa marca de haber estado, es lo que aprovechan para emular lo que de verdad han vivido sus víctimas.
La palabra víctimas pesa sobre las demás. Víctima es aquel que ha sufrido, aquel que pierde la batalla. Víctima es quien muere, piensa ella. No se atreve a decir nada porque el miedo repta, entra por los agujeros y se cuela en sus tripas, un miedo amébico que sube y paraliza, le hiela por dentro, que clava las garras y suspende las emociones anteriores y posteriores, que se aloja en ese lugar inmediatamente anterior a la cuchilla del matadero, cuando las metralletas levantan la barbilla en el control del aeropuerto. «Trágalo», y lo traga. El viento zarandea las ramas más altas que frotan furiosas su cuerpo, y la hojarasca y el polvo del verano se cuela por el salón haciendo estornudar a JoseLu, que se rasca los ojos igual que un niño triste.
El chaval despereza su cuerpo entumecido y se yergue con ayuda del padre. Mira desconcertado y pregunta cuántos habitantes hay en mundo. Solo eso: «¿Cuántos habitantes hay en la tierra?».
—No llevo la cuenta pero ocho mil millones, creo.
—Entonces somos entre dieciocho y veinte mil millones.
—No entenc ni un borrall.
—Te estás dejando a los imaginarios. Yo tengo dos amigos.
—Pero esos no comen.
—Mentira. A veces hasta respiran por mí.
La historia sigue: en noches como esta, de luna casi llena o pasada de llena, Yemọya camina entre la gente nocturna y la noctámbula. Y a quienes no descansan, quienes alteran el ciclo, se los lleva para que asistan a la luz definitiva que cauterice esa mirada curiosa. Como cantan varios rezos africanos «Vela el sueño de los hijos, mas se inquieta si no duermen». Y aquí nadie duerme.



