Frente a
Episodio 7.
Viene del episodio 6.
Frente a «Este crío… ¿qué hace aquí? Què li passa!», ella y él sienten cosas diferentes. Ella empapada en sudor, él despertando abrupto. Y el niño desmayado, que cae rendido. Ven como se hunde a plomo, una suerte de edificio dinamitado: la planta alta sobre la planta baja, las rodillas sobre los pies; un derribo líquido. Fuera ulula el viento que todavía es primavera. Los tres forman un triángulo escaleno, porque cada uno pesa con valor diferencial. Él bosteza con cierto aliento de culpa y se aguanta un eructo que provoca un hipo, ese brinco accidental que ella reconoce y castiga, entornando los ojos, lo suficiente para invitarlo a abordar las cuestiones importantes. Ella teme tocar a su hijo, y apiña frases cortas como «Estaba muy raro», «Tiene fiebre, pero mucha», «Hay que llamar a Urgencias». Él se gira hacia la mesita, con tan mala suerte de que la vomitona ha enterrado su teléfono. «¿Y el tuyo?». «Sin batería. Bajo a ver».
Le cuesta, sin embargo, ir más allá del dormitorio, como si al abandonar el lugar se perdiera la escena clave, con el miedo en el cuerpo de transitar una planta inferior desierta, si bien preñada de humores, respiraciones y ojos que no ven pero observan. Distanciarse de lo humano es también separarse de uno mismo. Y baja, trotando, casi compitiendo contra su sombra.
JoseLu, entretanto, ya ha salido de la cama y dejado al niño como se dejan las bolsas de compost a la entrada de los porches. Marcha disparado para el baño con la esperanza de limpiar su preciada porción de tecnología. Ella vocifera desde abajo algo como «No dejes al niño solo» y «Vigílalo»; él ya casi ha terminado de adecentar su teléfono. Ella sube con la misma diligencia mientras hace inútiles esfuerzos por despertar un aparato tan consumido como Ángel. Él finaliza el parte médico y certifica que sí, que funciona bien.
—Llama.
—Llamo yo.
Entra y sale: odia ser escuchado cuando habla, celoso y en guardia, como velando la confidencialidad absoluta. «Pareces de la kagebé», le decía ella. La costumbre echa lumbre, la marcación rebota sobre las cortinas y la conversación es breve pero abigarrada. Entra deshilando la información: que por el toque de queda hay servicios mínimos, que han pasado el aviso al equipo de triaje y asignado a un especialista —otro especialista en esta cosmogonía de especializaciones—. Y que si no es urgente-urgente, mejor esperar a mañana. Un suspiro. Otro, soplado como un fuelle. El adolescente sigue postrado en su estado gelatinoso y ella, madre por entero, cambia de tono.
—No me ha dicho qué ha pasado.
—¿Has llamado a tu casa?
—Te he dicho que tengo el teléfono sin batería.
—Llama desde el mío. ¿Y cómo ha venido?
—¿Dónde lo tienes?
—Lo he dejado allà a sobre. ¿Y cómo que no te coges cargador?
Las ganas de guerra no vencen a las de cuidar; siempre a costa de un asedio, eso por delante. Él siempre cree que ella sabe más de lo que cuenta y lo que ella sabe, con certeza, es que él siempre sabe más de lo que cuenta.
—¿Tienes por ahí un cubo y una fregona?
—Ya lo traigo.
—Y algún ambientador; o desodorante.
—Hay en el baño principal.
Trajinan diligentes y ella aparta los restos de yerba de unos cabellos mesados por la noche. Quiere creer que dentro sigue su hijo, su angelito. Le abraza sin juzgar, aislando los pensamientos, tal y como le sugirió la terapeuta años atrás. Y de abajo brota una fuerza bruta que es insuficiente:
—Anda, ayúdame. Acuesta a tu hijo.
Ella arropa al chiquillo, toca sus sienes con el envés de la mano y por fin nota una piel humana, un calor templado. El susto no se le va, pero duerme. Él emite murmullos de chimenea, un decir sin decir nada. Y al final arranca, rasgando ese silencio famélico:
—¿Cuánto he dormido?
—No llega a una hora.
—Pues he soñado y todo.
—¿Ah sí?
—Me picaba una serpiente.
—Lo tuyo con las serpientes viene de niño.
Ángel está vencido, duerme profundamente. «Déjalo». «Curarse es también dormir y dormir es también curarse»; la retórica de JoseLu es cosecha propia. Como una bici elíptica, el chaval parece hueco, reposa y es reposo por entero. «Déjalo dormir», insiste. Pero ella tiene una esquirla clavada en ese rincón de su cabeza que no expulsa los desvelos. Solo sabe amortiguar, acolchar con charlas de cartón.
—Yo me voy para abajo, estoy de los nervios.
—Bajo contigo.
—¿Y qué decías que decía?
—¿Qué?
—Las cosas raras que decía.
—Nosequé del Yagüe, el falangista.
—El molt cagat, grandíssim fill de puta.
—Pues eso, historias de mi madre.
—Por hache o por bé siempre tiene que ser tu madre.
—Bastante tiene la pobre.
El comedor se abre desnudo y por fin prestan atención al destrozo de la cabra. Un escalofrío le enciende nuevas vibraciones y JoseLu, que cazcalea sin atributo dando pasos de dueño, las lee como se leen los glifos de una cultura antigua, grosso modo:
—Es normal sugestionarse. Hace cinco mil años, el dolmen de la Pedra Gentil ya era punto de encuentro de brujas y chamanes. Estamos rodeados de esperits, de bruixes i bruixots.
Ella calla, sabe que el 'momento historia' llegará de un momento a otro.
—Mi madre también era muy supersticiosa. Le tenía mucho cariño a ese jarrón.
Dos adultos invocando a sus madres. Las madres, tarde o temprano. Ella piensa que el de la conjetura de Poincaré dejó todo por cuidar a la suya. Ella piensa que por una madre haces lo que haga falta. Él piensa que no hace falta hacer tanto por una madre porque, al final, ellas ya hacen lo que sea necesario por sí mismas. Ella se limita en contestar:
—Ya, es una pena.
«El prólogo», sospecha, y se agacha para recoger los trozos. Juguetea con un par, encajando las piezas del puzle, «Esto ya no tiene arreglo», piensa, y recuerda al kintsugi, la reparación dorada que luce con orgullo los desperfectos, que sana las cicatrices. «Si las personas fuéramos tal fácil de apañar, si tan solo hiciera falta una pincelada de oro para solucionar los problemas». Y él no se contiene y suelta: «Bueno, hay unas cuantas que sí lo arreglan todo con oro».
—¿Has visto esto? Uy, ¿dónde me suena de haber visto esa imagen?
—¿El qué?
—Hay como una medalla. Estaría dentro del jarrón.
—¿A ver?
Una estrella de doce puntas. Seis y seis. Parece un sol. Y llega la clase de historia: la medalla no es una medalla, formaba parte de un colgante. El colgante está dedicado a Yemọya, una de las deidades más importantes del panteón de la diáspora africana. Es una orishá, un espíritu sagrado de la religión yoruba. En Nigeria le encomiendan ofrendas, representa la fertilidad y está asociada al agua y a la luna. El relato es muy bonito: Orum, el Sol, estaba exhausto de brillar. Tanta luz lo abrasaba todo. Yemọya, que había guardado algunos rayos de sol bajo su falda, propició que Orum pudiera descansar y durante su descanso reinara Oxu, la Luna. Esta pausa refrescaría a la Tierra y facultaría la vida de los seres humanos, al cobijo de las estrellas.
Todo esto lo cuenta él y su voz cimbrea y cambia de color como un camaleón torna del rojo al verde. Parece un juglar, parece un impostor disfrazado de su exmarido. Es curioso cuantas personas habitan dentro de una misma persona, cabila ella, aunque ¿cuál es el precio por el cual un ser humano se convierte en otro y después tiene que retornar a su piel original? Trovando, como un ponente circunvalando una hipótesis, sigue con gestos que no son suyos, que hacía años que no le veía. Y si fue esta persona quien le enamoró, cuya rémora hoy le dilata las pupilas, como un gato alerta, porque nunca sabremos con seguridad quien tenemos a nuestro lado y a quien hemos perdido por el camino.
La narración solemne concede a JoseLu un relumbre único. «Al fin y al cabo, ¿no es la luna una máscara del sol?». Y sigue con cuestiones como «¿La humanidad le debe su vida al astro que la continúa o al sol que la origina y la siega con idéntico ímpetu?». Por supuesto que la misoginia es sal y pimienta en este filete conmovedor. Y ya remata: «Vigilar el mundo es protegerlo, pero claro, también tallarlo. Imaginar es la primera piedra de la creación. Imaginar es elegir y descartar».
De alguna manera, JoseLu parece no pertenecer a esta habitación. Este es el hombre, «Este era». Y recuerda cuál fue la vena que se rompió, la que roba la existencia, «Me secuestras la libertad de elegir, y sin mis elecciones no soy nada, sin los errores que cometí al elegir. El control es el más sagrado de los poderes, el dinero existe para dar forma al poder y el poder existe para dar forma al control». Pero ella calla y escucha. Y él ya va por una parte donde explica que vemos el mundo a partir de miradas ficcionalizadoras, y a veces ni siquiera somos nosotros quien mira, y entonces el problema es que ciertas experiencias del mundo no pueden ser cuantificadas porque atravesamos esas experiencias como una puerta torii, y entonces qué, ¿somos el bisel o somos en el bisel?, y al caminar por el pasillo —que hace de forma literal—, al encuadrarse en la alteridad, somos y dejamos de ser a la vez. Pues muy bien, magnífico parlamento, pero ahí sigue el colgante.
—¿Y dices que es una diosa?
—Algo así.
—La luna es mucho más sugerente que el sol.
—Segons la teva opinió.
Titilan las bombillas y el chaval está otra vez abajo. Fuera, el viento ha subido el volumen, que aúlla por los postigos y los resquicios del encofrado. Ángel camina sin emitir sonido, flotante, y solo mira a ese colgante rubio, místico él y místico el adorno. Un metro setenta de músculos tiernos, una camiseta que le aprieta aún más que antes. Tiene más pelo por los brazos, una lana rala. Su boca no pronuncia pero se enuncia hacia afuera, igual que los hocicos. Babea. Los ojos le brillan amarillos, las orejas se despliegan como alas, más horizontales, y las piernas, de chaval atlético que juega martes y jueves y cada sábado tiene partido, no son iguales que ayer: la gran uña sobresale de la zapatilla, el pedúnculo duro asoma sobre el calcetín, la rodilla retrasa su posición y forma un ángulo de 70 grados respecto a la cadera, ligeramente arqueada hacia atrás. «Este no es nuestro hijo». Y Ángel se abalanza sobre uno de ellos, uno de estos falsos progenitores.



