Al final
Episodio 12.
Viene del episodio 11.
Al final era tan tarde que era temprano. Una luz azul, ese azul supremo previo al alba, baña cada objeto y pinta sus formas fauvistas: la silla de mimbre con el travesaño y la guarnición hecha un cisco; el cuadro italiano, transformado en pintura negra; el charco bermellón, ahora violáceo; los pedacitos del jarrón, filosos e irregulares. Y su piel, menos porosa. Un cráneo seco mirará ese azul intenso desde un rectángulo vertical, la puerta de par en par que hallarán los compañeros, quienes acordonarán la zona, habrá más especialistas y tirarán fotos, redactarán informes que sellarán con tinta virgen. Los nocturnos o noctantes, como les gusta llamarse, cerrarán los ojos frente a una luna preñada de luz. Y los cazadores planificarán batidas para acabar «de una vez por todas» con los cambiantes. Sin embargo, las reglas también cambiarán. La noche aullará y ellos bajarán a la vega y degollarán a cada especialista que mande la civilización. No harán ruido, acaso balidos blandos, tal vez mugidos bajo túnicas de ónice. Se revertirán las tornas, la báscula se inclinará hacia el lado opuesto, el senado del venado, el congreso del auténtico progreso, las cortes de los cortes y las dentelladas, el parlamento del temperamento. Porque ellos solo saben hablar en el idioma de la sangre y aquí hay toda una estirpe de bestias bravas con ganas de beber y nutrirse. Y así sucede.
Ella deja de correr. Recupera el aliento según ve el Nissan y la casa entre la bruma de la aurora. Avanza a paso ligero hacia el interior, con hambre de curiosidad y sed de dudas. La puerta sigue abierta, nadie ha tocado nada. Entra. Con los primeros rayos distingue nuevas heridas, arañazos de cornamenta en el piso, un casquillo de bala, otro; vestigios de un combate real. Cierra la puerta, aunque no quiere estar aquí, aunque no encuentra lo que busca. Bosteza frente a JoseLu, derretido en ese sillón heredado, y se avergüenza del gesto. No hay palabras en su cabeza.
Con el día llegan dos coches. Puertas que golpean, nuevas pisadas, escasas voces y, de nuevo, el toc-toc sobre la casa. De inmediato la rodean formas humanas. La claridad es pesada. «Ojalá fuera de noche». Le cuesta mantener el cuerpo recto.
—¿Me permite?
Un paramédico la deslumbra con un haz concentrado, y sus ojos se empequeñecen a la vez que se le dilatan las pupilas. Otro tipo, mejor vestido y con cara de voz cantante, se aproxima:
—Sentimos la pérdida. Lamentamos profundamente estos desafortunados acontecimientos en los que se ha visto involucrada. Tenga por seguro que aplicaremos nuestra política de contingencias y pondremos todo un operativo especialista dedicado a resolver este evento. —Ella ata las pulsaciones, cierra la boca para no respirar desbocada. Alguien toma fotos y otro alguien redacta frases breves a un aparato grabador. Ella mira por la ventana y añora el bosque, sus humores calcáreos y el dulzor de la turba fresca. Pero en fin, habrá que seguir. Sus ojos se quedan pegados al coche de JoseLu, el bólido cascado.
—El seguro se responsabilizará del vehículo, no tema. Si tiene dos minutos, nos gustaría explicarle nuestro programa ante este tipo de circunstancias excepcionales.
—¿Perdona?
—Nos gustaría repasar con usted la línea de sucesos.
—Qué sucesos.
—Lo que ha pasado aquí esta noche. —Y ella se rinde, no puede seguir el ritmo de este juego.
—Su marido tuvo un accidente debido a la dificultosa visibilidad de la zona, con tan funesto desenlace. —Ella observa cautelar.
—Usted salió ilesa, sobrevivió de milagro por la gracia de Nuestro Señor. Del resto nos ocupamos nosotros.
—¿Puedo volver a casa?
—Claro.
—¿Puedo irme ya?
—Tiene que rellenar unos documentos. —Hace una señal y le traen un buen taco de folios en dos colores. —Aquí tiene.
Intenta leer, pero solo alcanza a distinguir oraciones subordinadas dentro de otras oraciones superiores, lenguaje abigarrado, «métodos existentes y no existentes o existentes en un futuro», contradictorio, arbitrario, «desestimando toda acción posterior o ulterior», malvado. Aturdida, firma con lo que parece el eco de otra firma similar.
—Venga, le acompañamos. Le ayudaremos con los preparativos del sepelio. Recibirá una exequia extraordinaria. Y, si Dios quiere, guardará el alma de su marido hasta que usted pueda acompañarla.
—Ex marido —recita marcando una larga pausa entre ex y marido. Lo demás prefiere no debatirlo.
—Para el caso es lo mismo. —Y quisiera argumentar «No es lo mismo», pero no alberga energías para tanto despliegue.
Siente calor, calor de bestia, tal vez sea fiebre de haberse calado hasta los huesos y sobrevivir a un tiroteo cerrado y una misa abierta. Demasiados verbos juntos. Da unos pasos azarosos por la casa y recupera su bolso, tirando de él como un carterista. «Señora, no puede seguir aquí». Más flash de fotos. «Señora, contamina la escena». La sacan del redil, la pasean por el burladero, la sientan con escrupulosidad pero sin cuidado. La urgencia empuja y ella solo es una fuerza impelida por la inercia centrífuga del mundo. Ella va atrás; el conductor observa atento, y su acompañante más aún. «Usted dirá». Y ella dice la dirección.
Atrás queda el campo y delante está la ciudad. Las avenidas desabrochan sus semáforos y sus farolas todavía titilantes. Aquí siempre hay algo que hacer: vuelta a casa, abrazar a los suyos. Huele a humo.
Vibra la membrana de un sábado recién parido, pitidos lejanos y sirenas ajenas, dueñas de un proceloso mar aún más remoto. Las calles siembran sus peatones, sus perros tirando de correas tirando de sus propietarios, sus aceras agrietadas y pegajosas de chicles, su esperanza quieta, su acertijo solo desentrañado por borrachos y noctámbulos. Sale el acompañante y el conductor espera, perro leal. Empuja el portal con las llaves dentro. Tocan el ascensor. Se abre. Sesenta y seis segundos entre pausas, aperturas, cierres y caminatas. Ángel descerroja la puerta. Y la inexplicable sensación, el sentimiento de gratitud que le cubre como un mantón, la quiebra y arranca a llorar igual que una tormenta de verano.
—¿El adulto al cargo?
Los tres ignoran a este agente extraño. Ángel, confuso, abraza a su madre. David llega después, restregándose las legañas, con el chapoteo de sus chanclas verdes, color Hulk encolerizado, rebotando por un corredor de mochilas y cuadernos. Marga, la madre de la madre, ha salido un momento a comprar «dos cosillas que faltan para la comida». «No tarda». «Ha dicho yaya que vendrías sobre las doce y solo son las nueve y media», canturrea el muy redicho de David, siempre despierto.
—¿Podemos pasar con usted un momento?
—No.
—¿Disculpe?
—Por favor, necesito estar con mi familia.
—Entiendo. —Acompañante hace un ademán que indica desaprobación, llama a conductor y conductor da la vuelta a la plazoleta. —Esta tarde se pondrán en contacto con usted.
—Gracias. —Y no sabe por qué las da, y quisiera no haberlo hecho. Para eso la educaron: para hacer aquello que no desea si es lo que los demás desean.
Entonces ella se percata de la ausencia: no tiene su teléfono, que sigue inerte en aquella masía acordonada, cadavérica.
—Mamá, ¿y el móvil?
—No sé.
—¿Está donde papa?
—Supongo.
«La mama está rara». «Ya».
—¿Y papá?
—Sentaos, tenemos que hablar.
David obedece, Ángel no quiere sentarse. Ella se toma un tiempo en elegir las palabras. Selecciona, descarta y al final arranca tropezando y mezclando presunciones con asunciones. «Papá ha muerto». «Cómo». «Ha sido un accidente». «Cuando». «Anoche». «Dónde». «Por el monte». No tiene más mentiras en la recámara. Tarde o temprano reconstruirá el relato, aunque no será ahora. Un «mantén la calma» se abre paso y ella controla con la seguridad que ha impuesto el sistema. «Las cosas sanas matan, solo que más despacio». La libertad es peligrosa. JoseLu podría objetar, aunque, según dicta la conveniencia, todos prefieran callar y llorar.
—Por qué a la gente buena le pasan cosas malas —farfulla David.
—¿Por qué?
Ella no sabe qué responder, solo abrazar meliflua, constante, ser la roca que sostiene el musgo, el menhir embrujado. Acaricia el pelo limpio de sus pequeños y siente que los objetos flotan, que descansan a un milímetro de sus respectivas bases. Una ducha y una cabezada le daría perspectiva. Los conceptos ducha y cabezada son alquitrán, alucinaciones esporádicas. Tiene llamadas pendientes. Ángel retorna a ese contemplar obseso e incrusta su atención en el colgante que asoma entre camisa y camiseta.
—¿Quién te ha regalado eso?
—Papá.
—¿Qué es?
—La estrella de Yemọya.
—¿Qué significa?
—Que la luna nos protege.
—Qué tontería.
—Quien sabe.
El día apunta vigoroso. Puede que cambien de planes y vayan a casa de Marina para estar tranquilos y avanzar en alguna dirección. Las condolencias se amontonarán, los teléfonos se colapsarán, los silencios se harán de piedra y dolerán las articulaciones. Tomarán café, se crisparán los nervios, volverán a llorar. Aún queda un resquicio de calma, un hiato frente al duelo. Cuantos más recuerdos acumula la memoria, más fácil de replicar, más difícil de detectar. El peso abruma, claro, a cambio de una verdad adicional.
Como imaginando collados y pinares, ella avanza despacio hacia la ventana sur del piso y se queda mirando el paisaje: cemento, asfalto, metal, gris perla, gris ceniza, gris pechuga al hospital. Salvo por un detalle: una cabra mira a la ventana. «Qué tontería». Ahí está, entre dos monovolúmenes muertos, a la sombra de un durillo en flor. Dos ojos amarillos. Ella también añora, o parece añorar. Ella también sabe lo que sigue.



