Laurel
Sesgado, hurtado, disecado
Primero una flor, luego un ramo, después una foto tamaño folio.
Más tarde una frase.
Más flores, un farolillo, un jarrón con otras —bouquet gomoso—, bulbos inmortales.
Una vitrina, la urna dentro, en una especie de cripta.
Más luces, más flores.
El osario, guirnaldas sin pronombre ni exequia.
Y empieza a aparecer ropa: una sudadera, un pantalón vaquero.
Se escarda, se aclara el vidrio y alguien deshoja las últimas margaritas, pétalos láceos sobre la grava.
Zumba el tráfico de la TO-23.
Sisean los piñoneros en paz.
Se cambian jarrones y las pilas a cuatro leds rojos.
Llueve y se empapa la foto.
A partir de entonces habrá dos fotos y un poema.
No hay juicio, así que no avanza, se exculpan culpabilidades.
Un policía de paisano recorre el parque durante semanas, motu proprio.
La científica se suma al partido.
Se amplifica y ordena el jardín, ahora insigne, consagrado.
La prebenda de un parterre rastrillado a mano.
Cosido a navajazos.
Bueno, solo uno, directo a la carótida.
Por diez euros.
O cinco.
Porque era gay.
Porque plantó cara.
Lo mató un yonqui.
Un psicópata con máscara de calavera.
No, de Viernes 13.
Yo sé quién es.
Porque debía dinero.
Porque no llevaba nada encima.
Guapito.
Era un poco raro.
Qué hacen saliendo a esas horas por ahí.
La noche de Halloween.
Qué mala suerte.
Volvía a casa.
Corrió unos metros hasta que le dieron caza.
Yo no vi sangre.
No hay que plantar cara.
Yo le hubiese plantado cara.
La madre sigue yendo a limpiar cada día.
El hermano, algún domingo.
Vuelve a llover.
Más ropa: una camiseta, dos.
Una mañana aparece un colchón, con su funda y su almohada.
Sobre la misma, un mechero y tabaco suelto.
La niebla lo empapa, caen hojas y dibujan sombras ocres sobre el lienzo encrespado.
Al cofre le sale un moho cítrico.
El farol izquierdo se apaga.
Han pasado dos años, han pasado tres años.
Sube y baja la afluencia de velas y estelas florales.
Los pájaros acosan a mosquitos tiernos; lombrices rosas se lucran de la construcción.
El colchón ahora tiene dos cojines, ambos con el rostro del difunto.
El calor los seca, los hiende.
La luz proyecta una testa: un cuerpo blando que se evapora y, por unos segundos, resucita un alma.
Algo que fue un hecho y ahora no se recuerda.
Finalmente hay una silla, caoba, maltratada, donde se sienta a esperar la esperanza.
Una bandera de España.
Ahora está tachada, rota.
Ahora hay dos: un tafetán rumano y otro ucraniano.
Una súplica.
Vandalizan ambos y ya no hay nacionalidades por unos meses.
Hay miedo.
Es un barrio tranquilo.
Aquí pasa de to’.
Ha sido un gitano.
Latino por el acento.
Ajuste de cuentas.
Sabía algo que no tenía que saber.
¿Tenía padre?
Un negro seguro, senegalés de esos.
El padre salió en las noticias.
Yo ya no bajo a barrer la entradita.
Se te quedan mirando.
Cada vez que paso por aquí me da un escalofrío.
Falta luz, va una farola sí y tres no.
A treinta metros, el jergón desgajado por los perros, o quizá eran ratas.
Parece el torso ebúrneo de un gigante, taladrado en combate.
La prensa publica el aniversario: cuatro años y sin culpable.
Eso ya es imposible salvo que lo cuente alguien.
Una desgracia.
Archivos de pocos folios, vecinos «consternados».
Pobre chico.
Pues era joven.
Un anciano dice que le hace compañía y hasta allí va cada mañana a partir almendras.
Colillas de cigarro, un saltamontes, verdolaga y un pasamontañas.
Mayúsculas sobre los barrotes.
Vuelve a llover y la urraca pica la tierra.
Si da pena, pero a ver si ahora por guardar el luto nos vamos a quedar sin parque.
Mira, ya son tres o cuatro metros cuadrados ocupados.
Siempre hay una luz, banda, titilarte, exigua.
Deberían quitarlo, da yuyu.
Deberían poner una cruz —diligencias de ayuntamiento—.
El viento zarandea al pino y el pino zarandea una paloma que díscola arrulla sin más.
Resultante, un niño cae de su triciclo y solloza con desgana.
Aquí todo es plano, craso, contrito.
Un lustro y falsos testimonios.
Pisos colmena desde los que ves caer por la ventana la comida que alguien arroja.
A veces son niños, a veces adultos; un grito de dislocación destructiva.
Carnicerías decoradas con prados de animales; floristerías extradiegéticas.
Con esa cara tan de fin del mundo saca ocho cajas de medicamentos de la farmacia.
Dos columpios y un niño se balancea intentando chocar.
El padre mira absortó el teléfono móvil: su mundo vive dentro de ese videocast.
Este barrio huele a cucarachas, que es un humor húmedo, que es arena meada en el Parque Lineal.
Gazuza de kebabs a medio mascar.
Cirios y crisantemos.
Embudos y polifemos.
La lluvia amontona restos de basura.
Caracoles gozan el festín de las adelfas.
Un basset hurga y el dueño le increpa: vámonos, ahí no se toca.
El nicho acumula deudas, se apolilla el féretro improvisado.
Una linterna, y una bici también.
Esto ya es casi hogar para quien galopa de lado.
Un punto limpio en un parque sucio.
Quién sabe, quién sabe de justicia.
Lorenzo, del latín laurentĭus, gentilicio de los habitantes de Laurentum, primera capital de los latinos y sede de la villa imperial, ciudad costera al suroeste de Roma erigida sobre laureles salvajes, el árbol cuyos ramos coronaban a los vencedores y los honorables. Laureado es aquel triunfante. El culto a San Lorenzo, diácono martirizado en el siglo III, expandió el nombre más allá de Italia durante la Edad Media. El asesinato no fue el día de su onomástica, 10 de agosto, sino un par de meses después, a las puertas del Día de los Difuntos. Lorenzo Pompiliu Cazacu Motoi, entonces con 21 años, fue apuñalado hacia las dos y media de la madrugada. Llegó al cementerio después de las coronas. Sin testigos oculares, se archivó el caso. Descanse en paz.




