Gris
A qué sabe el color gris.
Siempre comía deprisa, masticando poco, y siempre quise comer más despacio, comer menos, digerir mejor. Pero hubo un tiempo en el que no hacía otra cosa que comer deprisa, nervioso, ansioso, culpable, urgente, y repetir y repetir y repetir. Tragar sin masticar, llevar a los molares con violencia, golpear los alimentos contra el paladar, tratarlos como si estuvieran encurtidos en glutamato, como si todo fueran snacks que hay en bolsas que hay que acabarse porque son las últimas que nos quedan en este búnker nuclear que es la vida.
Y leo en una imagen hecha con IA que en el proceso digestivo y el post-entreno también quemas calorías pero que pensar en comer altera la actividad gástrica y genera calorías, algo que va en contra de los preceptos lógicos de la biología nutricional. Pero me lo creo porque me creería cualquier cosa que oliese a sarta-de-chorizo-picante fabricada a partir de fécula de patata, pimentón, sal, especias, dextrina, proteínas vegetales, azúcar, emulgentes E-450, E-451, antioxidantes E-316, conservantes E-252, colorante E-120 y grasa de cerdo; comida para personas con un evidente trastorno alimenticio.
Y cuando ya casi he olvidado el sabor invocado por esa masa rosa picada por una rueda acolmillada, un espumillón extrusado por un esfínter lavado con amoniaco, recuerdo por qué esta soledad. Qué la explica, quién la justifica. Quisiera ser un niño al que abrazan. Un niño, ¿lo abrazan? ¿Se siente sola la palabra soledad? Nunca hubiese imaginado que tendría tantas tareas, que estuviera tan ocupado sin nada que hacer y que pensar en la soledad fuera una de ellas.
Y pasaron diecisiete años de intentos funestos hasta que un buen día, como si viniese a mí La Epifanía, como una nube que aplasta las cosechas con lluvia fría de temporal, entendí. Y simplemente comencé a masticar más despacio, mucho más despacio, y los platos no se agotaban, y la comida se amontonaba pero ya daba igual, había sellado el pacto y firmado los documentos, saboreaba cada bocado y cada vez que tragaba cerraba un capítulo, pasaba una página de la novela. Ya no devoraba, ya no revoloteaba por encima, o de largo, sino que la sinfonía de sabores se abría ante mí con paciencia, yo esperaba y el placer también me esperaba a mí. A partir de entonces también afiné el olfato, pero los sentidos ya no eran los que eran cuando yo era un chaval, así que los manjares exigían más de mí y yo tenía que estar a la altura, y en esa conversación aprendí a disfrutar un poco más de todo y un poco menos también, porque comía la mitad, aunque era la mitad buena, la que cuenta, el resto son calorías sin función, el exceso que el cuerpo no agradece.
Un periodista titulado escribió que los videojuegos violentos no vuelven violentas a las personas. Y tenía razón. Esa persona un verano leyó dos novelas seguidas donde se mencionaba el suicido y, antes de empezar la tercera, apareció colgado de un puente. Una persona asestó 41 puñaladas a otra, dejando a dos criaturas huérfanas, y se declaró no culpable. Y tenía razón. Esa persona se convirtió en una prestigiosa terapeuta familiar. Una persona dijo que podía conducir drogado y borracho y lo hizo durante seis horas seguidas. En la séptima hora fue aplastada por un camión de seis ejes dirigido por un conductor que gritaba a la radio «Putos menas».
La vida es gris y está preñada de humores. Los matices son las historias. Las historias son los matices. El envés carnoso de las cosas no se ve, y a veces ni se sugiere, hay que hurgar como un veterinario, atrapar al escurridizo pez dorado que en realidad es gris, gris delfín, o gris koala, o gris paloma bravía. La vida sabe a gris, a metacrilato, a colcha de cama, a papel de aluminio. Entonces si comes mejor comerás más gris y al final serás alguien experto, baquiano, en distinguir esas gradaciones de no-color y comenzarás a saborear la cerámica del plato, el vidrio de la copa, lo sugerido, y ya no necesitarás alimentarte porque podrás comer ausencias de alimento, y un día querrás masticar un fragmento de tenedor y te mirarán raro, como a un tipo que ha perdido la chaveta, aunque en realidad tú sepas algo que ellos no saben, el gusto de las cosas que no existen, un delicioso manjar donde pervive la eternidad, manteles, servilletas, vajilla y cubertería, imposible de vulnerar, imposible de digerir, imposible de ser otro color dentro de ti. Y por fin tú serás gris, absolutamente gris.




Los matices son las historias. Las historias son los matices.