Estoy
Estoy triste. No se me va la tristeza. Me atraviesa como una lanza. Estar triste es como cruzar la calle sin mirar a los dos lados, es vivir sin periferias, sin postrimería. El accidente es inminente. El incendio se gesta grado a grado. Hay lluvias que lo amagan, otras que lo avivan. Disección aórtica hilo a hilo. Estar enfadado estaba bien, siempre en guardia, siempre atento al atentado. Pero estoy triste, sin retóricas egipcias, sin agenda ni sexualidad, sin andamios intelectuales desde los cuales chillar cuando el temblor agita las ideas.
Ahora las ideas son manchas negras, son el pitido magnético del bucle de tierra, la estática de un transmisor que no transmite, solo ruido ácido, recursivo. No me despego del apego a esta tristeza siempre hambrienta, una que metaboliza moscas de la fruta, que se bebe la brea de los ríos engrudados, que convierte en verdad cada impresión, tatuando ideas peregrinas, que no permite respirar sin aspirar a-. Siempre soy culpable, siempre soy la grima del que pierde, nunca el coraje de quien resiste. Ahí ríe, impasible, acechando una aleta de tiburón, como un augurio de prestidigitador, una respuesta en la mesa de quirófano.
Son las 3 y algo. La madrugada se me echa encima como lobos desgarrando hebras de venado. Una tormenta de verano se instala en mi pecho, ilumina la ruina, conquista el desecho, invade el silencio y las normas del fuego. Una tormenta precisa que agita la muerte como un péndulo. Ahí vuelve la sonrisa de político en cuanto le hablas, cuando le interpelo desde la cacofonía carótida. Rictus impávido el resto del día. El flúor de tungsteno supura, aunque nadie enciende ni apaga. Alguien murió hace tiempo dentro de ese alguien. Alguien ya no está: estás hablando con su hueco, con la caracola que alguna vez encapsuló un océano completo.




Triste, certero.