Están ardiendo
Poema final.
Están ardiendo.
Caen por ese cráter;
desde tu punto de vista son bisontes que tropiezan.
Incisivo, un demonio me muerde la frente —esta frase no la guardarás—:
es tan simple que es volátil. Tan volátil que es sublime.
¡Hay demasiada electricidad!
—Amo la tormenta, sin embargo—.
Demasiados señuelos, demasiadas pistas…
Él estira su camisa hacia abajo, feroz, sin abandonar el juego. Ella mastica pelo.
El terremoto que engulló la ciudad forzó la convivencia entre dos barrios periféricos, disímiles identidades.
Puedo sentirlo.
Esa mujer espera el tren mirando un repositorio con «Los catorce chistes más desternillantes». Él llega arrastrándose, músculos atrofiados, y ella bota del embrujo. Nunca reirá.
Arruga, desabrocha y enhebra.
Dejo de enumerar cuando cejo de enamorar.
Por eso quiero apagar la luz
[no tengo lugar, no tengo luz]
[[no queda luz]]
[[[¿luz?]]].
Era eso, a esto se referían:
galopan a dentelladas los demonios
me llevan al otro lado.
Sí. No.
Millones de gusanos brincan dándose el festín, agujereando la carne blanda.
Vagan los hombres por una especie de páramo,
estepa indescifrable.
Ahora él pinta mis ojos de blanco, mas no es el enemigo.
Da igual. Para mí puede apagarse. Por mí late en barro.
Aglutino multitudes. Acaparo tempestades.
Marchan y vuelve a morder esos espectros
rabiosos de la ira endemoniada de un padre que vaga no-muerto por las sombras de mi consciencia.
Atado a esta camisa de fe,
«aguanta» es el verbo más desnortado;
«sonríe», esa acción ingrata de pastores a punto de la matanza.
No obsta para que pueda reír a carcajadas.
Y ellos, contrariados, miran raro, me inscriben en la culpabilidad,
afuera,
reclamando un diezmo de tristeza siempre sintonizada.
No estaré tan mal.
Entonces, ¿por qué está cueva sin salida,
esta abrasión que ruge
y tremola la piel del agua asustada por los cañonazos de una guerra librada solo en mi cabeza?
Calavera de tránsito, uvas de miel.
¡TRAGAD, TRAGAD! Engullid hasta vomitar las lilas ponzoñosas de mis ilusiones,
saciaros y verted la sangre sobre esta ruina,
esta escombrera de sinsentidos.
Catedral de letanías, cárcel de susurros: el gobierno de lo incierto.
Pero convertimos expectativas en profecías y miedos en realidades tangibles.
¡Lembra la maldición! ¡Extingue las estructuras!
¿Dónde está la belleza?
Irrumpe a veces el haz, eléctrico,
un diamante regalando las divinidades del mundo.
Y las saboreo y doy las gracias.
No son diamantes, es arena resbalando y el sol de una tarde sfumato,
quién sabe si para no despertar jamás.
¿Bostezo?
Suficiente grado de bienestar.
¿Un abrazo?
Bastante con levantarte y acudir al gesto,
mil veces ensayado en la bruma —para que salga como en la corte—.
NO. No quiero vivir aguantando,
so-bre-vi-vien-do
—negación que es afirmación—,
marcando muescas con las uñas en el carey de los anteojos;
el observador definitivo.
Gotea entretanto el pendular,
sin piedad,
un alud inevitable.
«Sal de ahí», grita la última trompeta.
Coro concupiscente,
accidente encontrado. Lástima impositiva.
Que por fin devoren, rasguen y se sacien las presas,
vermes en llamas,
hasta que solo quede hueso,
arquitecto de algo que quiso ser y apenas sostuvo una bandera huérfana de ideologías.
Ondula cenicienta, échate abajo, cállate ya.
Ahora arde, todo arde. O arderá.



