Contra la belleza
Un ensayo
¡Hola! Ha pasado un tiempo. Lo cierto es que no quería ni perderlo ni hacerlo perder. Entretanto, he estado escribiendo. ¡Mucho, de hecho! Tanto que me daba vértigo imaginarle siquiera una salida: ¿venderlo? ¿Esconderlo bajo la cama? ¿Convertirlo en un podcast? Menos mal que no. Llegó junio con sus calores asfixiantes y el arranque del Pride Month me pareció un punto de encuentro idóneo para debatir. No quiero dividirlo, tampoco me desespera generar engagement ni pienso en rentabilizar nada. Así bien, aquí está el nuevo verĭtas. Aquí depongo este escrito estructurado en quince partes. En el corazón de cada palabra habita una promesa; tú eliges si hacerlas realidad. Y si te quedas, un último apunte:
Advertencia: Para el presente texto quise usar la IA. Cuando ya había amontonado unas mil quinientas palabras de ideas en crudo, pregunté a Claude cómo organizar tanta mandanga en un texto completo. No me gustó un carajo la propuesta que ofreció, así que aposté por seguir mi propio instinto y escribir a lo loco. Conclusión: no recurran a la IA, es más divertido equivocarse y aprender por el camino. Si lees unos cuantos correctio es porque treinta mil palabras dan para soltar un puñado. ¡Ah! Y nada en la vida es irrefutable. Por descontado, conviene recalcarlo, las opiniones vertidas en este ensayo son mías y nada más que mías, por más vehementes o enconadas que alcancen a sonar.
Diecisiete años. Mientras perfilo la barba, joven y apuesto, declamo frente al espejo: «En la belleza está la verdad». Llego tarde a la escuela (de Artes y Oficios); hoy tengo examen pero me da igual. En la tele, de fondo, un capítulo de ‘Vaca y Pollo’ me hace escupir con mueca: «Qué dibujos más feos». Lo bello es lo que importa; así me lo han hecho creer, así se lo ha zampado este chaval. Me aclaro el rostro picado de acné, impoluto por lo demás, bronceado y terso como la piel de un tambor. Siento desprecio, desazón y algo de excitación ante lo visible, esa confusión tan de adolescente, una autoindulgencia que no acepta préstamo, admirar y aversar, y repito la consigna: «En la belleza está la verdad».
Ese chaval ni contempla que la disidencia, la genuina, no es tan visible. Ignora que el género no es esencia sino performatividad, en palabras de Judith Butler. Un construccionismo identitario, un pulso entre lo conductual (conducta consciente) y lo comportamental (más inconsciente). Presa todavía de la dismorfia, de ese doliente tsunami de maltratos y reinterpretaciones, mi yo adulto acaba de aprender algo. Y aquí vengo a contarlo, para quien tenga las ganas de leer hasta el final. Así que abandono la tercera persona y la tontería para empezar este ¿ensayo contra la belleza?, nunca contra lo bello. Parafraseando a un viejo conocido, este es un pequeño experimento para esclarecer la naturaleza de algunas cosas. Un viaje que he escrito para pausarme y escuchar a través de mí mismo preguntando: «¿Por qué el mundo nos empuja a figurar en el marco de lo bello?».
I. Velaske, ¿yo soy guapa?

«Belleza» suele ser el apartado que más tráfico genera en los magazines digitales dedicados a lifestyle, cuyo contenedor engloba tendencias esculpidas a golpe de algoritmo. Desde la disruptiva Dazed a clásicas como Elle, Glamour, Vogue y Harper’s Bazaar, pasando por las míticas cabeceras españolas Telva o Clara: en este rincón vertical y liminal se alimenta la falacia para despertar el hambre. Cuando le consulté a una mujer irlandesa por qué, mera curiosidad, dicen los datos que gastan tanto en cosmética, me respondió que lo necesitaba. Puntualizó que «las negras» gastan más, en cualquier caso. Entonces le pregunté si quería verse «como una Stacey». Me dijo que claro, «porque las cosas irán mejor». ¿Mejor que qué? Bello procede de benulus (bueno, hermoso); no hay lugar a dudas.
Al otro lado tenemos al adjetivo «feo». Deriva del latín foedus (repugnante, sucio, abominable), lo que concede desde sus orígenes una connotación moral negativa más allá de lo estético: algo feo es algo malo, indeseable. En griego, el aischros (αἰσχρός) es el infame o vil; en latín, turpis en origen significaba «feo a la vista» o «deforme» y Cicerón lo mutó para hablar de inmoralidad y depravación. Esta semántica se mantiene en países hispanohablantes, donde feo equivale a peligroso o perjudicial («el asunto se pone feo»), y en slang regional incluso a «pirata» (deshonesto); tal es así en Argentina. Una evolución típica no solo de lenguas romances: foul en inglés (sucio/malo) o schlecht en alemán (malo/feo) inciden en esa fusión entre estética y ética. Ugly procede del uggligr, nórdico antiguo, para definir algo temible o espantoso; en ruso, urod (урод) es lo monstruoso o persona extremadamente fea. Laid es feo en francés; affaire laid, un «tema turbio». En ‘Metaphors We Live By’ puedes leer más sobre esto. Si no te apetece, avancemos.
Hace unos días, con la primavera granada de vida, salí a pasear y la mirada se me desvió. Me quedé petrificado ante un exquisito parterre natural, preñado de colores recién estrenados. Cientos de flores abigarradas clamando atención como los pájaros en un nido. Una hermosura inevitable, sin ambición, absoluta dueña de su condición. Olía a trinos y los jaramagos sonreían; una bocanada de tomillo trufaba el ambiente y endrinos caprichosos y brotes de azafrán silvestre coronaban la virtud de la existencia en este planeta, tan azotado por miserias livianas, tan propenso a ignorarlas. Qué gustazo. Racimos de margaritas sobre amapolas hermosísimas, sin el menor síndrome de alta exposición, me recordaron otra vez que la belleza ordena el gobierno de las cosas.
¿Cuándo empezó a preocuparnos tanto, a obsesionarnos con eso, con embellecernos, para «estar a la altura»? Complicado acotar esto, porque empieza antes de que exista siquiera la palabra estética. Pigmentos minerales, collares de conchas, placas perforadas, plumas, huesos, peinados laboriosos y marcas sobre la piel servían para indicar pertenencia, edad, deseo o vínculo ritual. Impelidos por sueños lúcidos, los guerreros soñaban con estos trofeos y remaban durante días para darles alcance. Yo, a la ornamentación prehistórica, la considero tecnología social, igual que un iPhone. Existen registros de grasas usadas para hidratar la piel o tierras rojas para proteger y embellecer el cuerpo desde hace quince mil años. La arqueología deja bien claro que, más allá del afán por decorar y engalanar, adornar es también dotar de una fuerte carga política ante reconocimiento y estatus.
Hallazgos de paletas cosméticas de Naqada, con sus alucinantes formas marinas, refuerzan la tesis. Imagina un espejito xilografiado de eventos históricos capitales para su contemporaneidad. En el Egipto predinástico, los ajuares medían la gramática de un poder emergente: una vasija sin decorar en Hieracómpolis no significa nada; embellecer, por contra, es significar. La Sumeria de época dinástica temprana evolucionó eso que entendemos por lujo: la tumba de Puabi reunía un repertorio espectacular de tocados, collares de lapislázuli, anillos de carneliano, brazaletes de plata y flores de oro. Jerarquía y sacralidad. Menuda eminencia, la señora. Era el equivalente a la diosa Inanna en la tierra, símbolo de deseo, belleza y poder marcial. Hace más de seis mil años de esta movida.
Repasando investigaciones sobre joyería en Oriente llego a la misma conclusión: trueque de artefactos que hablan de memoria, diplomacia y posición. Al colgarte joyas, portas un estandarte de prosperidad. Y lo mismo con la Grecia arcaica y clásica: la noción de kallos cristaliza en Afrodita, Apolo, Ganimedes y Helena, figuras cuya belleza no solo las define, sino que también grava y agrava el curso de sus destinos. Los primeros textos sobre belleza en clave mitológica manifiestan el peligro de ese poder, el costoso reverso de enredar el orden de las emociones. Basura machista, claro. Seducción y violación. ¿Cómo castigar a la puta de Babilonia? Rajándole la cara para agredir su belleza.
Queda claro que lo bello organiza conductas y a partir de aquí se empieza a pensar en conjunto: virtud y armonía, belleza y lealtad. Este criterio cultural relativamente explícito se intensifica en tanto aumenta la autoridad de ciertos órganos sociales, benefactores del poder divino, delimitando una brecha creciente entre excelencia moral y la desventaja de la fealdad. Y yo me cuestiono entonces por qué tengo ganas de llorar de emoción ante unas manos lanudas y arrugadísimas, ante un rostro manchado y superviviente del que cuelgan dos ojillos como canicas. ¿Vive, asimismo, la belleza a través del hábito y se acostumbra nuestro cerebro a lo feo, como a los malos olores? Hay cierta evidencia científica; lo veremos más adelante. Pero más allá del habituamiento o condicionamiento, destaco un pormenor que ya conoce quien lleve décadas conviviendo con el feo del pueblo: la abrumadora beldad se descubre, no impacta como un relámpago restallando ante nuestros ojos.
No pretendo propalar aquí un manifiesto de verdades ocultas; ni una sola de las treinta mil palabras que he amontonado durante esta semana, casi por instinto furioso, revela enigmas o responde a incógnitas que algún tarado como Žižek no haya considerado al menos durante noches de borrachera. La sintaxis del reality show es, en esta era, una de desencanto ante el narcisismo tecnológico de EEUU, la manera en la que se comunican las imágenes. No hay otro lenguaje y esa es nuestra responsabilidad. Tildar de oligarca idiota a Zuckerberg es tropezar con el primer escalón: póstrate ante el rey, pues él se ve a sí mismo como un emperifollado monarca o los emperadores mazados del tebeo americano. Un zar, un gran kan, nunca como un igual creado a partir de tu misma materia.
¿Qué tienen en común —coge aire e intenta recitarlas del tirón— Netflix, Apple, Vanguard, Alphabet, Amazon, Microsoft, Nvidia, Meta, ExxonMobil, Salesforce, Oracle, IBM, News Corp, Accenture, Verizon, Wells Fargo, Broadcom, American Express, Live Nation, Aon, Deloitte, Berkshire Hathaway, Warner, Tesla, JP Morgan, Chevron, Blackrock, Johnson & Johnson, Cisco, Goldman Sachs, Visa y Mastercard, Fidelity, Abbvie, Uber, LinkedIn, PayPal, Walmart, UnitedHealth, AT&T, Costco y Airbnb? Todas son empresas proveedoras de servicios residentes en Estados Unidos.
Si sumamos, grosso modo, la dependencia que manifestamos hacia ellas, es posible que estemos hablando de una extracción de capital del 5–15% de nuestra riqueza mensual. Tú, yo, elle: cada español pagamos renta diaria a esta cofradía. Y quieren más. Quieren más porque saben que todavía nos estamos reservando unos cuantos euros para ir al museo, al teatro o a la ópera y apreciar su encanto, para pasear el perro y regar un par de macetas mientras escuchamos al vecindario, para degustar un queso, descorchar un vino en una terraza y decirle a nuestres amiges que prueben las croquetas de la abuela. Aquí radica lo hermoso. Lo que sigue es una trampa.
Ante semejante cortocircuito, la vida aspiracional torna en neurosis y, por más que administremos el cinismo, es imposible dejar de ser parte de esa maquinaria extractiva que hurta nuestra soberanía emocional y la convierte en consumismo de resignación, en pactos de derrota. ¿Levantarse a las seis para correr, ducharse y acicalarse en una dilatada rutina? Si bien contribuye a la salud, los músculos dan igual aquí. ¿Hay salida? Así, no. A no ser que tomemos una decisión: usar nuestro poder asambleario para constituir nuevas formas de equilibrio entre vida y consumo. Exacto: porque las vidas se consumen.
Desde siempre. Un sinhogar es percibido como algo feo a varios niveles: fracaso social, personal y estructural. Sin embargo, cargamos nuestra mirada de prejuicio y evaluamos que, quizá, no hizo méritos suficientes para mejorar su situación o probablemente la empeoró y su estatus es solo consecuencia. ¿Cuándo nos volvimos tan mezquinos? Considerar que nunca será de nuestra incumbencia que una persona yazga moribunda en la calle y eludir responsabilidad compartida bajo el discurso de la autonomía, libertad de elección, meritocracia y culpa es, ante todo, una triquiñuela revanchista y pedestre.
II. En el origen de las cosas
Una cabeza, una célula, un átomo. La historia de la belleza es también una historia de violencia, un régimen material de premios y expulsiones, una teología secular del rostro correcto y el cuerpo proporcionado, de la superficie sin mácula, del género sin ambigüedad, del gesto legible, de la simetría elevada a moral. Un efecto gravitatorio que absorbe y no piensa ceder. Porque la belleza nunca es inocente, aunque invite a bajar la guardia y confiar. Por ello, en adelante sustituiré multicausalidad por monocausa dominante, caeré en narrativas totalizantes y jugaré con la inversión causal. Y haré esto porque el valor de las palabras es etéreo e inestable y un estadista es tan bueno como las premisas de las que parte, así que a veces hasta los números tampoco significan nada —capitalismo industrial es igual a mayor crecimiento, ¿y?—. ¡Llevamos compartiendo ámbar y diamante desde la Edad de Hielo!
Partiré del obligatorio epigrama: estructuralmente, la condición humana no ha cambiado tanto a lo largo de su historia. Las civilizaciones son más cíclicas de lo que un vistazo a los libros nos hace creer. ¡Aún más! Por supuesto que hay momentos eureka; sin embargo, los progresos se integran de forma modular, reescribiéndose y manteniendo un pulso relativamente circular de ideologías y dinámicas sociales. Cada nueva escuela apenas resignifica viejos significantes, o fija una nomenclatura generacional a sentires y preceptos pasados y futuros. Acomplejar y complejizar no nos hace más avispados ante las grandes preguntas. Por ejemplo, si en todas y cada una de las mitologías conservadas hay relatos sobre cambios de género, ¿de dónde proceden los prejuicios actuales? No es necesario responder, es necesario repensar.
Si atendemos a la narrativa historicista —y la primera escalera metafísica—, el pecado original enraíza en Grecia. ¿Y quién escribía mucho sobre lo que escuchaba en los bares de por aquel entonces? Para Platón, la belleza no era experiencia sino promesa de trascendencia. En el ‘Fedro’ y en su mítico ‘Banquete’, Diotima le explica a Sócrates la ascensión erótica: se empieza amando un cuerpo bello, luego a todos los cuerpos bellos, de ahí a las almas bellas, a las actividades bellas, de ahí a las ciencias bellas y, al final, se alcanza la Belleza en sí, kath’auto meth’autou, pura y eterna. La Belleza, con be mayúscula de burro, partícipe del orden de las ideas, es el resplandor del ser verdadero. Cuantísimos violadores abrazan este credo.
Y qué fácil es caer en la tentación de confundir la experiencia de lo bello con los hechos probados de cualquier forma de superioridad. Claro que sentimos placer ante ciertas formas, proporciones o cuerpos —algo banal y hasta inevitable en términos de identidad y deseo—; deducir de ese placer una ontología implica la politización de la mirada. El gran error de la tradición occidental no fue amar la belleza, sino armarla, dotarla de argumentación. Fue emborrachar su conmoción sensible, de experiencia contingente y situada, y rubricarla como un todo elevado: el bien, la verdad, la virtud, la legitimidad. A partir de aquí, la escalera se retuerce y jerarquiza. Porque no se limita a ordenar formas, artes o proporciones; ahora organiza castigos, prestigios, salarios, credibilidad, derecho, ambición y ciudadanía. Si la belleza es escalera hacia un bien abuhardillado, lo que no es bello queda, por definición, en el sótano del ser. ¡Un lugar sombrío! Lo feo no es solo estéticamente inferior: es ontológicamente sospechoso.
Y esto es una estafa catedralicia. Aristóteles, en su ‘Ética Nicomáquea’, sistematiza esa intuición en la geometría: proporción, simetría, magnitud adecuada. La desproporción, lo asimétrico, por exceso o falta, no son simples configuraciones de la materia, como el resto, son el resto, los errores de composición. Las copias defectuosas. La estética aristotélica es, de fondo, una gramática del permiso: esto está bien formado, esto sobra. Llevamos dos idiotas y acabamos de empezar. Y ojo, porque la peña por aquel entonces se lo tomaba muy en serio. No en vano los legisladores atenienses redactaban los edictos «no con tinta, sino con sangre».
En oposición, la tradición japonesa tiene el wabi-sabi (侘寂) , esa celebración de la imperfección, la impermanencia y la incompletitud como condiciones propias de la experiencia auténtica. El wabi designa soledad y austeridad; el sabi, la pátina del tiempo, la belleza de lo erosionado. Sobrevivir a lo vivido, escribiría Valente. Una taza de té con las grietas reparadas con laca de oro —la técnica del kintsugi— exhibe el daño en vez de ocultarlo. Son las estrías, las venas celestes, varices que imprimen su historia. ¡Una dignísima cicatriz! En Occidente, esa grieta es indicio de objeto estropeado: toca comprar otro nuevo, pulcro. Obsolescencia nerviosa.
Este problema vendrá a llamarse, siglos después, lookismo. Será la penalización de la fealdad en el mercado laboral, o el efecto halo en los tribunales, como leeremos después. Tomar la parte por el todo. Pero en el fondo estamos ante la misma ecuación platónica: la forma correcta como salvoconducto, la forma incorrecta como condena anticipada. El típico determinismo de los precogs aplicado a quien odie maquillarse. La metafísica del ideal, entonces, no muere; cambia el traje y sigue cobrando la nómina. Y digo yo: ¿pudo el mundo pensarse de otro modo? ¿Por qué una cicatriz es sinónimo de vergüenza? La asimetría pudo no permutar en defecto y la forma pudo no volverse mandatoria. Y nos importa porque desmonta una de las coartadas más persistentes del privilegio estético: la idea de que ciertas jerarquías son inevitables.
Que un sistema perceptivo tienda a premiar prototipos no impone convertir esa tendencia en moral cultural. Que un rostro armónico produzca placer no exige que una civilización lo traduzca en salario, absolución, autoridad o ciudadanía plena. El primer error no consistió en mirar hasta hipnotizarnos, como Narciso, consistió en obedecer. Y la pornografía de los ojos echa raíces pronto porque confirma los sesgos de un cerebro más primitivo. Provee placer inmediato y reconocimiento sin fricción: el Instagram del arte, la publicidad más agresiva, el cine de superhéroes… Contenido sin fricción, como la arquitectura de los centros comerciales. Un montón de basura epistémicamente inerte, un espejo diseñado para mostrar ideas preconcebidas. La belleza normalizada es dañina para cualquier forma de buen gusto.
III. Buen gusto el que tengo aquí justo

Uno de los estudios más citados en psicología social, el llevado a cabo por tres mujeres como son Karen Dion, Ellen Berscheid y Elaine Walster, confirmó la vieja asociación entre atractivo e inteligencia y extroversión. ‘What Is Beautiful Is Good’ suena a aforismo. El asunto es que, cuando no sabemos nada de una persona, el simple hecho de percibirla como atractiva basta para atribuirle cualidades deseables. La relación fue altísima —de mil fotos, más de novecientas caían en ese pozo séptico—. Y la concordancia entre hombres y mujeres también lo fue. Un fraude que evidencia que no hay ninguna evidencia, solo sesgos.
En 2020 se hizo famoso el ‘Psychologie des moches et des beaux’, una recopilación para la editorial francesa Marmion donde Peggy Chekroun y Jean-Baptiste Légal sintetizaron evidencias sobre discriminación basada en apariencia. ¡Incluso se acogen a más refugiados de guerra si son guapos! La revista académica Émulations dedicó en 2024 un número completo a esa intersección entre raza, género y ventajas de la belleza, documentando el doble privilegio que acumulan personas blancas y atractivas en Francia. Cito a los vecinos porque siempre me cayeron mal, incluso antes del régimen títere de Vichy. Qué monísimos, los franchutes.
Lo más importante radica no en la evidencia palmaria de sesgo, sino en normalizarlo. La fantasía liberal que campa a sus anchas hoy día sostiene que no existe discriminación si la otra persona no está poniendo todo de su parte por mejorar. ¿Y qué significa «poner de su parte»? En 1991 se publicó un metaanálisis en el cual se revisaron setenta y seis investigaciones sobre el estereotipo del atractivo. ¿Para qué? Para confirmar ese diagnóstico de profecía autocumplida: «Lo bello es bueno». Se asume que la gente guapa será mejor compañere, mejor empleade, mejor ciudadane. Y la narrativa es robusta entre culturas y grupos de edad. No solo gusta más, vale más, y ese valor posee tintes metafóricos.
¿Sabías que las personas de apariencia «por debajo de la media» ganan entre un 5 y un 10% menos que las de «apariencia media»? En el reinado del mercado laboral también se remunera al rostro, según el análisis de Daniel Hamermesh y Jeff Biddle para el American Economic Review. Esas conclusiones son jurásicas, de 1994; me hago cargo. Con esa comezón, Hamermesh repitió cálculos, profundizó en 2011 y se sacó de la manga ‘Beauty Pays’: en consonancia con sus estimaciones, a lo largo de una carrera profesional completa, una persona con aspecto «inferior a la media» pierde el equivalente a 230.000 dólares respecto a alguien «en la media». Y me da en la nariz que un yuppie esbelto puede ganar fácilmente medio millón extra respecto a uno horrendo y verrugoso.
Prueba de rutina. Sale en prime time una activista gritando por los derechos del pueblo palestino. Al momento, cuarenta individuos en Twitter preguntan: «¿Quién es ella?». Es la misma pregunta que harían en Pornhub ante una actriz porno agraciada. En 2014 se constató que, a más belleza, más llamadas para entrevistas laborales. En 2015, una revisión determinó que esa brecha podría ser de hasta el 15% y afecta, uno por uno, a cada pasito del procedimiento laboral, desde el primer careo, la contratación, hasta el ascenso o el despido. ¿Sesgo de caucásicos? Ni hablar. En China replicaron el problema y constataron que dicha brecha se incrementa en trabajos intensivos de trato interpersonal. Ampliaron demografía y variables (raza, género y sector laboral) y concluyeron que la brecha salarial por belleza es la más bestia de todas. ¡O te maquillas, peinas y acicalas o no te querrá nadie! Y ni siquiera estoy hablando de currar de cara al público: el itinerario de fichajes de camareras en los restaurantes es un despiporre absoluto.
Para que quede meridianamente prístino, no hablo de un beauty premium, hablo de ugliness penalty en específico. O así lo replantearon Satoshi Kanazawa y Mary C. Still en su estudio empleando datos longitudinales de la LSE (la Escuela de Economía y Ciencia Política de Londres): demostrando que la penalización sobre la fealdad persiste incluso sobresaliendo en otras variables como salud (historial clínico), inteligencia (coeficiente intelectual) y personalidad (extroversión y primeras impresiones). No adjuntar la foto en el CV sirve de cero patatero. Si tu cara es la firma del contrato, ¿dónde queda la correlación entre esfuerzo y resultado? El efecto permanece cuando esas capacidades se aíslan estadísticamente, así que lo que queda es discriminación.
Y más te vale ser inocente y portarte bien. Porque los malditos la pagan doble: en 1974, el investigador canadiense Michael G. Efran demostró para el Journal of Experimental Research in Personality que, ante hechos idénticos, los sujetos atractivos recibían veredictos más favorables y que los participantes cuestionaban con más frecuencia la culpabilidad de un acusado agraciado. El efecto halo-horn, acuñado por Edward L. Thorndike en alusión a los ángeles y los demonios, operando en todo su esplendor.
Es fácil dudar de estas conclusiones, imagino. Eso mismo pensó un abogado australiano, Rod Hollier, quien recopiló veintisiete estudios realizados en Estados Unidos y Canadá y decidió metaanalizarlos. Comprobó que los delincuentes feos reciben multas y penas entre un 119,25% y un 304,88% más duras que los guaperas, ante el mismo acervo probatorio. Los atractivos pasaban, de media, menos de dos años en prisión; los menos agraciados se chupaban algo más de cuatro años de cárcel. Culpable o no, ya estaban siendo condenados por la cara, como revela otra investigación de Laura Cuartas López y María de la Villa, publicada en 2025 y llevada a cabo con ciento ochenta y dos jóvenes de edades comprendidas entre 14 y 19 años.
El infierno es un lugar feo para los virtuosos porque su virtud se sostiene en la creación de un lugar feo. Démosle la vuelta: no puede existir un paraíso de pecadores porque sería un lugar virtuoso que premia el pecado. ¿Queda claro, entonces, que todo esto son moralinas para expiar la culpa y silogismos para seguir justificando bobadas? ¿Puede haber algo más cruel que la condena eterna, habida cuenta de lo estéril que es extender una condena? Decenas de investigaciones demostraron que estirar la reclusión y postergar la libertad de un preso no mejora su comportamiento ni reduce la sensación de culpa, pero sí condiciona su perspectiva respecto a la moralidad y la bondad. La idea de «prisonización» se desliga de lo criminológico o la reincidencia para abordar una cuestión religiosa. Por eso los dogmas hablan de custodia del cuerpo-alma, nunca de soberanía identitaria del mismo. Una realidad post-prisión puede ser intimidante y confusa, pero brindará una alternativa. Sirva este ejemplo que extrapolo sin vergüenza ninguna hacia el mercado de lo bello: ¿necesitamos vivir siempre bajo estos credos pueriles, al término de ser fetales?
Con sujetos femeninos, esta brecha de severidad se agrava. ¿Qué esperabas en un mundo machista? Quise consultar entonces los datos más cercanos y en la Universidad de Granada di con un estudio interesante. Francisca Expósito, Antonio Herrera, Inmaculada Valor Segura y María del Carmen Herrera Enríquez añadieron al potaje un matiz que invierte el vector: en casos de violencia de género, una acusada físicamente atractiva recibía mayor atribución de responsabilidad criminal que una, por así decirlo, «no atractiva». Las guapas son más vulnerables y también más culpables porque, claro, van provocando. En 2004, un magistrado del Juzgado de lo Penal 22 de Barcelona absolvió a un hombre denunciado por malos tratos porque su víctima, Latifa Daghdagh, «vestía a la moda». Y lo ratificó. En fin, en 1992 ya se recurrió y anuló una condena de violación por unos vaqueros ajustados. Fue en una corte italiana y dio lugar al movimiento Denim Day. La justicia, lo que se dice ciega, no es, como confirmó la psicóloga social Jeniffer Eberdhardt.
Parece que Kant no concretó en su ‘Crítica’ que el prejuicio contamina el juicio. Más recientemente se probó otro experimento con ciento veintiocho participantes. Bajo el sugerente titular ‘When being unattractive is an advantage: effects of face perception on intuitive culpability judgments’, los investigadores Antonio Olivera-La Rosa, Luis D. Ayala y Ricardo M. Tamayo se jactaron de que, en un escenario de juicio intuitivo sobre culpabilidad, los rostros menos feos tienden a ser juzgados como más inocentes. Pon carita de ángel, porque si ya eres feo, estás perdide. Esto se denomina lenidad. Según la RAE, «blandura en exigir el cumplimiento de los deberes o en castigar las faltas». Los propios autores insistieron en que no convenía extrapolar sus conclusiones a sentencias penales reales. La jurisprudencia nos permite hacerlo.
¿Y en las aulas escolares, institutos o universidades? ¿Un alumno atractivo cuenta con margen extra para retrasarse en las entregas? ¿El feo recibe sanciones preventivas? Bueno, he visto, con mis propios ojos, esas formas de perversidad donde el combo belleza + estatus blinda a los estudiantes más ladinos y perezosos, donde la feminidad es el sinónimo artero del deseo y la presión estética, y donde la masculinidad versa en torno a competencia y poder territorial, lo que algunos docentes traducen como «talento». Y recuerda: cuando los hijos callan ante consignas izquierdistas es porque en casa sus padres chillan consignas fascistas.
Muchas veces me han mirado con asco a lo largo del periplo escolar, pero jamás olvidaré la primera vez que sentí el guantazo iniciático, el rechazo radical. Vino por parte de un cargo de autoridad, un profesor recriminando que iba mal vestido, mal peinado y con la mochila rota. Cursaba segundo de primaria y las tres cosas eran responsabilidad de unos tutores negligentes. Aprendí que la corporalidad y sus complementos son branding: el pijo del aula traía unas zapatillas y una cartera que menuda envidia. Los 4-coma-5 y «Necesita mejorar» se disolvían en un «Bien, sigue así», hechizo que luego se prolongaría con un Audi A5 rojo carmín y un adosado de periferia que le arrebatarían por impago hipotecario y aquella genuflexión bancaria que fue la burbuja inmobiliaria espoleada por los créditos basura. Porque el capital da y el capital quita si así lo considera; porque la banca siempre gana.
Ojalá haya remontado y sea jefecillo de algún departamento en la consultora de turno. Pasaron los años y varios profesores me recordaban con afecto, al parecer: «Qué, ¿ya eres escritor? Algo tenías, espero que lo aprovecharas»; pregunté por él y de él no se sabían ni el nombre. Cada cual, a su manera, aprende que colegio y oficina no son espacios neutros donde la belleza se expresa de forma incidental; son laboratorios de obediencia visual, fábricas de subjetividad. La belleza escribe la primera frase de tu genealogía: «Se parece a la madre», «Qué labios más finos para ser un chico». La belleza acompaña cuando «te queda genial esa blusa» y cancela la cita cuando te saltas un baile de graduación por un grano. La belleza es un leviatán inmarcesible que lee el kairós (momento oportuno) para clavar sus colmillos y drenarte las ganas o inyectarte la euforia, perentoria, de hacer algo porque te ves genial. Te ayuda a racionalizar lo irracional.
Aquí lo resume bastante bien Anna Akana, considerada una mujer guapa, mencionando un estudio de la Metropolitan State University of Denver, llevado a cabo con más de 6.700 alumnos y analizando más de 168.000 calificaciones: en entornos presenciales, las alumnas guapas promedian 0,005 puntos más en la escala de 0–4 respecto a las alumnas «promedio»; las menos atractivas reciben 0,141 puntos menos que las promedio. En alumnos masculinos resulta no haber correlación. Donde el efecto del bono-belleza o pretty privilege sí desaparece es en las clases online, vaya casualidad. ¿Por qué será? Hay por ahí una tesis donde se comparan tesinas de grado dirigidas por directores o revisores externos (que no ven al estudiante). Resultado: sesgos activados entre género y apariencia cuando se conoce al alumno cara a cara. Cuando nadie te ve, puedes ser o no ser. Nah, apenas eres un número.
¿Qué habrá sido de las alumnas feas? Imposible responder: hasta la más guapa es fea si desafía. Durante un mes recopilé insultos a escritoras cuando optaban por ignorar las abstracciones patriarcales. Los cinco más comunes son: fea (29), puta (27), feminazi (22), amargada (12) y monstruo (10). Hablo de agravios clónicos leídos y escuchados en redes hacia personalidades como Sol Fantín, Gabriela Cabezón, Autora Venturini, Gabriela Wiener, Dolores Reyes o Mónica Ojeda. Recopilarlos fue como rebotar reflejos ante un espejo infinito. ¿Es una cuestión de psicosis social, de paranoia por el descontrol, de fuerzas entrópicas? ¿Es sistemáticamente peligroso ser feo, o es feo ser peligroso para el sistema? Esto me lleva al siguiente encabezado.
IV. Ese sesgo anterior al lenguaje
Tenemos un problema. Al parecer, la imperfección definió nuestra perfección. La biología es el primer policía estético. Lo siento por los constructivistas, porque aprueban que el sesgo precede a la socialización; y por los deterministas biológicos, porque su existencia temprana no implica que su expresión social sea inevitable ni justa. Lo que sigue no es una elegía de la fealdad —acaso un elogio hacia el feísmo— ni una invitación pueril a invertir el canon para coronar lo feo como nuevo ideal. Eso sería cambiar de comisario estético. Lo que intento ilustrar es algo, a mi criterio, más fértil: a través de lo desagradable he aprendido a percibir de una manera que lo agradable nunca me permitía.
Pero analicemos la vaina desde el comienzo. El sesgo empieza, además, antes de que podamos defendernos, antes de la moda, la publicidad, antes del lenguaje. Antes incluso de saber que tenemos cara. No hay, por tanto, prejuicio, sino un software que codifica el hardware, listo para ser capturado por la cultura, ampliado por la economía y legitimado por el derecho. Esta es la pornografía de los ojos. Y la pornografía no está ahí para informar, sino para estilizar, fetichizar y anestesiar. Lo bello, reducido a su función de espejo normativo, es pornografía visual: estimula sin nutrir, reconforta sin interpelar, confirma sin expandir. La teoría del procesamiento estético de Rolf Reber y otros propone que el placer surge de la facilidad con que el sistema cognitivo digiere un estímulo; lo bello es lo más sencillo de engullir y lo más jodido de excretar.
Y empieza, según se estima, a escasos días de vida. Los experimentos de Judith Langlois y su equipo en la Universidad de Texas —publicados en Developmental Psychology en 1987, replicados y ampliados en 1990, 1994 y 1995— demostraron que bebés de entre dos y seis meses miran significativamente más tiempo los rostros que los adultos clasifican como atractivos. A los doce meses, estas criaturas manifiestan un tono afectivo positivo mayor, apartan menos la vista y se implican durante más rato en lo lúdico con aquellos extraños que portan máscaras atractivas, frente a quienes portan máscaras feas. Incluso juegan más tiempo con muñecos de aspecto atractivo. Desconozco si ampliaron el perímetro usando muñecos feos con bebés feos. Estamos, en cualquier caso, ante un mecanismo cognitivo primitivo, no una elaboración cultural tardía.
Es más, esta preferencia no es siquiera específica de nuestra especie. Otro análisis publicado en PLoS ONE por Hoss, Ramsey y Langlois demostró que bebés de tres a cuatro meses prefieren caras de tigre atractivas sobre aquellas que no lo son. ¿Tigger es feo? ¿Y Hobbes? Este mecanismo de procesamiento general opera sobre la estructura de la información visual; tanto da sujeto y objeto. ¿Estamos equipados con un detector de prototipos que clasifica por sí mismo las desviaciones de la norma como «menos preferibles»? Eso parece.
Frente a los niños más lindos, los semblantes infantiles no atractivos elicitan más afecto negativo y más reacciones de disgusto en adultos, incluso cuando el adulto es consciente de que se trata de un maldito bebé. Irónico que fuera un etólogo, Konrad Lorenz, quien acuñara el término «kinderschema» para hablar de belleza en rasgos de bebés y correlación de beneficio biológico: cuanto más guapos, mayores estímulos y vínculos emocionales que incentivan el comportamiento del cuidado parental. La razón sabe que esto es injusto; la amígdala no. ¿Y si mezclamos perros y niños? ¿Amerita la adopción de mascotas cuanto más bonitas son? Los estudios sobre predilección inquietan por su claridad: frente a los viejos, los cachorros reciben más atención, afecto, cuidado y menos agresión. Al fin y al cabo, también los hacemos con personas mayores. A menor neotenia, más abandono y eutanasia; a mayor «good-looking» o «cuteness», más permanencia e incluso más oxitocina. Seguiré investigando cuando se me hayan pasado las malas pulgas.
Sin embargo, todo esto responde a un prototipo estadístico: la cara matemáticamente promediada es percibida como la más atractiva. Fin. Esto sugiere que el sistema cognitivo está prefiriendo lo representativo, nada más. Se confirma tanto el sesgo de procesamiento de información como que la problemática es estructural, en tanto más difícil de erradicar y más instalada en el hardware, antes de que el software social tenga oportunidad de intervenir. En otras palabras, los bebés no aprenden a preferir lo bello; lo traemos instalado de serie. ¿Y qué pasa con las personas ciegas? ¿Por qué nadie hurga en la percepción de lo bello entre cerebros de invidentes y otras personas con discapacidad de origen visual? Si a nivel neurológico no hay juicios morales, ¿es por ello que cuesta dejar de mirar, estupefactos, ante el horror, hacia aquello contemplado que nos susurra mal gusto? Ya llegaremos.
Un extra de ciencia: conforme a otro estudio de Niehoff, Linden y Seifert (2015), la respuesta cerebral a la belleza ocurre en milisegundos y recluta regiones reservadas para la supervivencia. Cuando se ve un rostro atractivo, el núcleo accumbens, la amígdala (centro de procesamiento emocional) y la corteza orbitofrontal medial (asociada a la recompensa) se activan casi en paralelo y de inmediato. La sensación positiva generada es una emanación evaluativa de otros atributos de la persona vinculados a lo social. Esto es el efecto halo en un sustrato neurológico: el cerebro generaliza la respuesta retributiva inicial para ahorrar recursos cognitivos. Y remunerar con dopamina antes de que hayamos formado siquiera una opinión consciente es, alto y claro, una mierda. ¡La fealdad activa los mismos mecanismos de alerta neurológica que la amenaza! Salvo cuando, sorpresa sorpresa, se produce habituamiento. Y yo prefiero el gusto adquirido al «buen gusto», si me preguntan.
Añade a esto la investigación de Aditya Gulati et al. (2024): meterle un filtro de belleza a la foto de alguien hace que los observadores le atribuyan mayor inteligencia y confiabilidad. Misma persona y expresión, tan solo modificando la apariencia superficial. Lo preracional campando a sus anchas. Ese mecanismo neurológico es viejo, probablemente evolutivo, vinculado a sistemas de detección de salud y viabilidad genética en contextos de índole adaptativa. Pero aquí comienza el problema. Lo que la civilización ha hecho con ello, tomando el atajo heurístico —una inferencia rápida y barata sobre la calidad de un organismo— hasta convertirlo en la organización superficial de las cosas es, repito, una mierda. En el tiempo de las imágenes, sospechábamos que vivir ahogados de estímulos podría no salirnos gratis, no que tarde o temprano pagaríamos la cuenta y a cuánto ascendería la dolorosa.
Lo decía Nathalie Olah en su ensayo ‘Mal gusto: la política de lo feo’: si la estética es la variable principal que organiza nuestro mapa de pequeñas decisiones, esas que menos racionalizamos, estamos cayendo en una trampa aspiracional de estatus con la cual las élites de la apariencia dominan nuestro pensamiento. Transmutar biología en política también es prehistórico. Pero sabiéndolo, aprendo a quedarme y no huir masajeado por el prejuicio. En la resistencia que opone el objeto natural o naturalizado encuentro una forma de conocimiento que la belleza, en su generosidad engañosa, en su hospitalidad narcótica, casi nunca ofrece. Lo bello invita, lo feo exige. Y yo, que soy torpe en sociedad pero aprendo cuando se me exige, me siento hondamente agradecido por esa exigencia.
De hecho, rememorando el primer recuerdo con el que abría este ensayo me invadió un sentimiento trucho. La nostalgia también es una forma de belleza, de idealización indulgente. Y, como apunta Svetlana Boym, nos incapacita a la predicción. Conviene distinguir entre nostalgias restaurativas y reflexivas, aunque casi nunca sabemos de dónde viene el aire. Andreas Huyssen, sobre el apetito por ruinas y cultura retro, remarca además lo peligroso de caer en esa invención falsaria, mercantilizada, de un pasado aspiracional que jamás existió. Porque ayuda: los hijos del átomo que murieron en las guerras, de haber sobrevivido, recordarían con cariño los tiempos de carestía. En algunos documentales sobre el Holocausto que he revisado, los sobrevivientes pasan más tiempo hablando con camaradería de las carambolas para salir adelante que de los horrores por los que casi pierden la cordura.
¿Por qué? La nostalgia es fruto de un cerebro complejo que implica procesamiento autorreferencial, memoria autobiográfica, mecanismos de recompensa y regulación emocional. Si seguimos vivos es porque algo hizo bien el yo del pasado. El flujo hormonal interviene en la captación de recuerdos y es capaz de elevar la tolerancia al dolor. Más allá de la amígdala, intervienen el precúneo, hipocampo, ACC y circuito estriatal/VTA-SN.
Constantine Sedikides y Krystine Batcho profundizan en esto. En tiempos pretéritos, la nostalgia era un disparate, una enfermedad que invoca un yo cadavérico. Hoy día se vindica, en ese patrón de asociación de redes neuronales, de relectura y reevaluación, a veces evasión sistemática del presente que rigidiza la identidad, a veces refugio para bloquear el duelo o blindarse ante las críticas. Nunca recordamos, sino que recordamos un recuerdo, re-cordis, una ficción constante que, en palabras de Fred Davis para la sociología de la nostalgia, acota y concede barreras culturales. La nostalgia es esa entallada chupa de cuero que da calor, quieras llevarla o no.
V. La madre que parió a Cristo
Dice un aforismo ruso que «El futuro es seguro, solo el pasado es impredecible». Por eso me gustaría iniciar este epígrafe cagándome en Dios. Porque Dios no existe, acaso el hombre, entendido con apestoso masculino neutro. Me explico: la tradición cristiana, en vez de romper con la herencia clásica, la dotó de una gramática del estigma. El sufrimiento de los cuerpos santos como vehículos de la gracia y todo ese rollo, ¿te suena? Mejor nacer agraciado que agraviado, ¿no? La frase griega usada para María, madre de Dios, es kecharitomene, o «llena de gracia». Y la Gracia es el Favor, es ser la persona favorecida (elegida) en el azar del mundo. Dejemos a Platón en la cuneta; vamos con ese gigachad llamado Jesús de Nazaret.
Cristo, que colma su anatomía con el pecado ajeno y lo transporta hacia la redención, es el elegido, humillado y firmemente sujeto a la cruz, eterno benevolente que hasta concedió el perdón atravesado por clavos de entre 12 y 18 centímetros de longitud. Qué escatología, por favor. Cristo sufre la tortura con serenidad formal ante el caos de esta Babilonia que es la tierra. Cada estigma es un recuerdo de la culpa ajena, que él acepta.
El lenguaje cristiano, además, desarrolla una poderosa economía de la pureza. El cuerpo cerrado, limpio y bien delimitado, se presenta como signo del orden. Aquello que desborda esas fronteras —la sangre, los fluidos, la putrefacción, la sexualidad excesiva, esa mezcolanza con lo animal— amenaza con devolver al sujeto a una materialidad no gobernada. ¡Pero si así venimos al mundo, así nos sacan por el coño! O por cesárea, claro. En su puñado de siglos de influencia, descendencia y decadencia sin decencia, la mitología cristiana sostuvo una sutil imaginería donde la luminosidad y la integridad corporal te empujan hacia lo divino. Las pajas mancillan el cuerpo; violar niños no —una investigación, actualizada, va camino de testimoniar a medio millón de víctimas—. Tal vez transcriben pureza, por algún imperativo vampírico.
En el medievo, la fealdad desplazó al feo de categoría: bufones, súcubos deformes y traidores bestializados poblaban las ilustraciones como prueba de la corrupción del alma. Guillermo de Auvernia replicará a Tomás de Aquino para vincular deformidad física a ídem moral. La mujer medieval tampoco se salva. Será Umberto Eco quien reconstruirá esta genealogía a partir de mártires lacerados, monstruos híbridos y torturadores: «La imagen del diablo es bella si representa bien su fealdad», decía Buenaventura de Bagnoregio. Caroline Walker Bynum fue más allá: en los cuerpos llagados, hinchados o abiertos por obra milagrosa hay vidas de dolor, juicio, pecado y alguna que otra tortura innecesaria. Jérôme Baschet también leería la iconografía medieval bajo esta relectura: ¿y si los glotones devorados, los lujuriosos penetrados por demonios fálicos y los ávaros aplastados por pesos imposibles eran, en realidad, caricaturas vengativas y no amenazas de pecado?
Michael Camille profundizó en el «arte marginal» de los márgenes, los monjes borrachos y caballos que montan a caballeros; Mikhail Bakhtin estudiaría en ‘La cultura popular en la Edad Media y en el Renacimiento’ a Rabelais bajo esa piel que habita lo grotesco. Rabelais era un francés del siglo XVI que acuñó a Pantagruel y Gargantúa como protagonistas satíricos de novelas ídem. Cervantes hizo algo similar con Rinconete y Cortadillo. El Polichinela de la comedia del arte italiana también nos sirve para hablar de estas figuras simbólicas que siempre han existido, con la pertinente distancia irónica. Bajtin, al repensar el cuerpo, detecta en lo carnavalesco una potencia subversiva, descifra en la deformación algo que rebasa las reglas. La anatomía abierta, mezclada, incompleta, temporal, atravesada por el comer, el excretar, el reír, el envejecer, el morir, es una anatomía de vida cotidiana. Algo que debería interesarnos si buscamos «mirar con nuevos ojos el universo».
Trabajos más recientes como los de Irina Metzler y Wendy J. Turner sobre discapacidad medieval matizarán que, en los cuadros, locos, jorobados e idiotas son de carne y hueso y solo sirvieron de chivos expiatorios a una sociedad despiadada y mezquina a la cual le venía de perlas sacudirse las pajas de los ojos ajenos. Por supuesto, nunca faltan chistes en el arte y hay momentos en que el contexto cómico, el exceso o la materialidad grotesca suspenden la disciplina de la correcta corporalidad. ¡Relajemos las tetas! Y gracias al cachondeo aprenderemos de paso a clasificar al rarito y al esquizo del pueblo, ese que siempre saluda aunque no te conozca. Esta suspensión era la excepcionalidad y lo sigue siendo: libertad de expresión para ejercer vulneración.
Aquí se juega algo que Julia Kristeva nombrará mucho tiempo después como abyección: la necesidad de expulsar cualquier afecto que recuerda que somos carne, vulnerabilidad, materia abierta. El problema es que esta expulsión afecta también a cuerpos enteros. Y la monstruosidad medieval es un caso ejemplar, porque no es solo la criatura fantástica, es una primitiva tecnología de intimidación y delimitación. Sirve para definir, por contraste, qué cuenta como humano legible y qué queda fuera. Los bestiarios, las crónicas de prodigios, las figuras híbridas en capiteles y manuscritos instruyen a mirar esa desviación como un mensaje de alerta. A partir del siglo XVI, empujando dichos límites, adquirirán función alegórica y carnavalesca. Y, por tanto, fantasmagórica.
Ya volveremos a esta parte porque rima con demasiadas cosas. Quedémonos de momento con que, centuria tras centuria, la belleza deja de ser experiencia eventual y se convierte progresivamente en máquina de lectura social, primero metafísica, después teológica y finalmente teleológica, cortesana y política. Un físico que comparece ya interpretado es un físico vulnerable a la moral, a la sospecha, a la exclusión, al salario, al veredicto y al algoritmo. Igual sucede con la fealdad, claro: ese feo como «ya no bello», abordado por Hegel y Rosenkranz, también irá modulando narrativa, virando de síntoma histórico a forma de modernidad y hasta índice de autoconciencia artística. Ahora lo weird es normal, ahora lo aberrante es bello. Ahora, la verdad es que lo feo es, perdón por la palabra, la putísima verdad.
Con el Renacimiento y la temprana modernidad, el cuerpo proporcionado reapareció no solo como ideal artístico, sino como capital simbólico de clase. Una curiosa anatomía del poder. La cultura cortesana consolidó el prestigio de un cuerpo visible, legible y administrable. El feo era alguien rústico, menos apto para la escena del poder, para la administración social. No era falso: la apariencia física influye en el éxito no por declararse un criterio legítimo, sino precisamente porque opera con más fuerza cuanto menos se reconoce. La belleza pasó a ser indivisible de la excelencia. Y la deformidad, la vejez, la cicatriz o la tosquedad corporal se cargan entonces con otra penalización: ya no solo insinúan pecado o maldad, sugieren adicionalmente ineptitud para la vida pública.
La Ilustración suele presentarse como ese gran momento de emancipación del juicio, también en sensibilidad formal. ¿Afinaron el gusto, lo secularizaron, se libraron del dogma y abordaron el asunto con crítica, sensibilidad y discusión pública? Poca cosa. El debate se volvió más sofisticado, se afrancesó, y demarcaron nuevas taxonomías. No simplificó la conversación, au contraire. En su afán por clasificar el mundo, apenas optó por cambiar las flores del jarrón. Lo argumento: el idealista Immanuel Kant, en sus ‘Observaciones sobre el sentimiento de lo bello y lo sublime’, distribuyó temperamentos y atributos de género basándose en categorías estéticas. Lo bello quedó asociado a lo delicado y amable; lo sublime, a movidas terribles y elevadas. Esta pretensión de universalidad subjetiva del criterio blindó el privilegio estético.
Porque lo bello es, en Kant y en gran parte de la tradición posterior, un reparto afectivo. Piensa en alemanes, portugueses, británicos, franceses y belgas repartiéndose África; pues igual. Se asociará belleza a lo amable, lo delicado, lo proporcionado, lo apacible. Lo sublime quedará vinculado a lo oscuro, lo vasto, lo grave, lo terrible. Y esta partición no tarda en contaminar otros órdenes: caracteres, geografías, géneros. Así, el pensamiento ilustrado distribuirá posiciones. Y ya sabes lo que dicen: quien parte y reparte se lleva la mejor parte. Cuando decimos «esto es bello», de alguna forma decimos «me gusta»; hablamos como si hubiera en nuestra experiencia una pulsión comunicable, algo a compartir. La sensibilidad nunca se siente ideológica, sino natural. El refugio del privilegio. ¿Cómo plantear siquiera alternativas?
Kant se sacudirá la tormenta que deshace la escala humana en ‘Crítica del juicio’, ese océano que no cabe en la mirada. Lo bello genera wohlgefallen, complacencia libre, una satisfacción a la que es imposible oponer resistencia. La razón se descubre desbordada por lo sensible, así que lo moral siempre estará sujeto a un encuentro hostil con la naturaleza. La dignidad lo cura todo, menos la tontería, parece ser. Porque Kant se queda a medias dejando al sujeto sin espacio para el abismo que no se resuelve, para la herida que no cicatriza, para lo que Wilfred Bion llamaría «experiencias sin forma» —elementos beta que no metabolizan en pensamientos, quedándose ahí, indigestos, como cuerpos extraños en el aparato psíquico—. Y no toda experiencia estética valiosa coincide con el placer fácil de lo proporcionado. Mucho sapere aude y poco aude intellegere.
Lo que quiero rescatar aquí, más que un triunfo de la razón, es la turbia idea de que transitar el sendero pasa obligatoriamente por la incomodidad. No hay sublime sin momento de quiebre ni expansión sin un impacto previo. Lo bello no pide, hace su ademán grácil y entra por la puerta de la hospitalidad, mientras que lo sublime te golpea en la cara y después abre algo que lo bello rara vez logra tocar. La conciencia descubre que aquello que la supera en lo sensible no puede superar su capacidad racional, su libertad moral. Con(tra) la naturaleza hostil, el sujeto siempre sale derrotado del encuentro. Hasta que vuelve a entrar por la puerta de la dignidad.
El Siglo de las Luces era feísta y dio a luz a nuestros mejores literatos, inabarcables, inagotables. Allí lo feo era verdad. Pero es que los románticos infectaron lo poco que aún quedaba incorruptible, el paciente cero de una debacle estética que aún hoy perdura. Ya ahondaré, porque leído así parece una tontería supina. Por la carretera del idealismo inventamos patrias y banderas en una trampa mental que terminará en somatizar la épica y exudar una síntesis de populismo y fascismo. Y aunque la Ilustración volvió la belleza más laica y crítica, al mismo tiempo funcionó como pantonera socialmente muy eficaz. Por la cara A, matizó el juicio cultivado; por la B, refinó la violencia. Porque el privilegio estético rara vez se presenta ya como dogma: se ejemplifica como fotogenia, «buena imagen» y sentido común. Brutalidad elegante. Y a partir de aquí ya nadie necesitará hablar de superioridad; ahora se asume. Basta con decir, con serenidad administrativa, «esto tiene mejor forma».
La ciencia de las apariencias no es una forma de hablar, eh. El maquinarias de Johann Kaspar Lavater Parera insinuó leer la virtud en la cara. Uf, lo que me está costando reprimir un «Lávater la cara, guarro». Algo que repetiría el criminólogo italiano Cesare Lombroso en el siglo XIX, intentando demostrar correlaciones entre delincuencia y fisonomías específicas. Lo que viene siendo un gilipollas, un conectoma bochornoso. ¿Y la morfopsicología? Surgió del quiromante francés Louis Corman en el siglo XX, vinculando morfología facial a temperamento. Puro mian xiang. Ernst Kretzschmer asoció constitución a personalidad y las agrupó en cuatro categorías: leptosómico, pícnico, atlético y displástico. Buenos nombres para enemigos de ‘Dark Souls’. ¡Y de esta farsa no hace ni una centuria! No en vano, todavía miramos la foto de nuestro DNI y decimos «parezco un etarra», porque las fichas policiales, disparadas bajo luz fría sobre pared blanca como el fondo de un fotomatón, nos atolondran igual que los faros antiniebla a las liebres que intentan cruzar el camino.
Este expediente penal anticipado habla, en realidad, de incertidumbre, duda y miedo, nunca de maldad. La nariz aguileña no es un fenotipo, por ejemplo, pero sí es un estereotipo racializado o una etnificación de rasgo facial. Cuando alguien asocia este rasgo a musulmanes, también está constatando un prejuicio, y esto nada tiene que ver con poblaciones o grupos percibidos, sino con cómo tu cerebro codifica asociaciones de mierda. Pero no nos adelantemos. Aun con todo, en los márgenes asoman resistencias. ¿Resistencias islamistas? Sí, Peter, y lo celebro mesando mi «barba de terrorista».
La pedagogía del prejuicio subyace en cada relato imperial enmarcado en grandes salones, en cada grabado, en las telas de los teatros y los clichés de feria, en las descripciones novelescas —¿cómo van esas turgentes y ebúrneas mamellas, perro verde?—, en tantísima y vaguísima economía cultural que vuelve el rostro una sinopsis. Cuando más adelante el cine haga de la cicatriz una abreviatura del mal o de la mandíbula agresiva una promesa de guasca y navajazo, no veremos sino la turboaceleración de un aprendizaje ya arcaico. El siglo XIX fue el gran taller del perfeccionamiento a escala masiva de las ideas basura. Como el capitalismo.
VI. Modernízate
Los primeros modernos eran tan cobardes y mojigatos que, con tal de garantizarse las habichuelas, limitaron su contribución artística a perpetuar el tufo clásico de la cultura cortesana. Y así refinaron la división entre físicos exhibibles y físicos silenciados: los primeros, listos para representar a la sociedad y ser objeto de idealización, culto o aspiración; los segundos, editados y enmendados, o caricaturizados y confinados a zonas subalternas, lejos del ojo social. En esta etapa prorrumpe todo el rollo de leer el cuerpo como texto: tratados sobre proporción, manuales de urbanismo, repertorios de gestos, tipologías morales, prescripciones de compostura, blablablá. Un sedimento bien compacto que rubrica la pedagogía de la superficie: o aprendes a estar en el mundo con corrección, o haz al menos tu mejor imitación. Ni se te ocurra escapar del canon o te sacaremos a rastras de nuestra salita de (bien)estar.
De ese pozo salimos, según Gilles Lipovetsky en ‘El imperio de lo efímero’, cuando la aristocracia occidental empezó a experimentar con la novedad por la novedad en lugar de reproducir modelos heredados. El economista Thorstein Veblen lo definió con su teoría del ‘consumo conspicuo‘: si vistes con gran elaboración y maquillaje intrincado, exhibes tiempo y recursos de clase alta. Mejor aparentar que no tener para rentar. Georg Simmel hablaba de la moda como un juego en el cual primero imitas y después te descuelgas diferenciándote. ‘Système de la mode’ de Roland Barthes y sus posteriores relectores profundizarían en esta gramática del poder simbólico de lo que vistes en consonancia con el contexto y el lugar: ropa escrita y preescrita en tanto quieras parecer sobrio, llamativo, masculino, femenino… Demasiado binomio, aunque plantea algunas ideas majas.
Michel Pastoureau y Dominique Simonnet, en su ‘Breve historia de los colores’, rememoran cómo vestía el hombre promedio de aquellos días —guarda una escueta relación con su representación en el audiovisual, por cierto—. Te vestías con lo que tenías pero, si podías, te venías más arriba que un pavo real. Hasta que se empinaron los escalones sociales y alguien declamó «¡Menos es más!». Lacónicos, por no decir insufribles. La pobreza de recursos nunca fue sinónimo de pobreza de ideas; eso es depauperar los propios logros humanos. El psicoanalista J. C. Flügel bautizó la «Gran Renuncia Masculina» a esa derrota del ornamento a favor del gris, reasignando la exuberancia a la mujer. ¿Antes? Coronas de flores para todes; ahora, traje oscuro para él, fantasía textil para ella. Y punto.
Una lástima. Ahora podría estar ahuecándome una noble peluca de bucles dorados, una falda con lunares, taconazos de aguja y rímel a chuché. A cambio, lo más revolucionario que calzo es una malla verde eléctrico horterísima que me hace muslos gordos… magna pérdida, magra compensación. Y aquí reside una de las grandes robadas históricas del privilegio estético, en esa capacidad plástica para confundirlo con virtud. Lo bien dispuesto también parece bien educado; lo armonioso, más confiable; lo sereno, más racional. Hemos abigarrado tanto estas genuflexiones que hasta un «¿Vas a terapia? Deberías» se ha transformado en símbolo de estatus y buena predisposición al mundo, una segunda naturaleza del mérito. Y pregunto: ¿estamos deseando ser mejores o simplemente parecerlo?
Tiremos del primer hilo. ¿De dónde veníamos? Del ajuar de Tutankamón, hacia 1330 a.C.; tendrías que verlo. O los textiles preincaicos de las necrópolis peruanas, henchidos de color. O, para rematar, de alfombras halladas durante la Ruta de la Seda bajo la dinastía Han. El bordado siempre ha sido segunda piel. Viste cuerpos y los ritualiza, fija relatos. El tapiz de Bayeux (ca. 1077), por ejemplo, fue una crónica perfecta del poder europeo, narrando la conquista normanda antes de que ningún director de cine pensara en encuadres flipados. O la opulencia de las capas pluviales, como el Opus Anglicanum del siglo XIII, bordado inglés en seda y oro para vestiduras litúrgicas exportadas al Vaticano. ¡Otra vez los curas! Y lo que nos queda, porque luego llega Catalina de Aragón en plena Edad Moderna y, con todo su coño moreno, apuesta por un todo-al-negro hispano-morisco, mientras María Estuardo rehace tapices y paños de Estado en clave de propaganda para su peña, hilando escudos, emblemas y alegorías matrimoniales en plena guerra de religiones. Aquí, quien no corre a caballo, vuela a paloma.
El tiempo promovió una interesante confluencia de estéticas: no siempre el más poderoso era el mejor vestido. Sí en calidad de tejidos y exclusividad de colores, no en ideas. Sí en afán o proyección aspiracional —«¡Qué bella la señora con esa pamela! Jamás tendré una igual»—, nunca en esa facultad nuestra, la de los pobres, para crear arte con trapos. Las épocas invirtieron las reglas. A simple vista, Mark Zuckerberg viste como cualquier chaval de barrio: vaqueros y camiseta plana, lino en el día más coqueto y unas bambas que equivalen a tres meses de alquiler. Esas prendas en apariencia inanes son, además de carísimas —sudaderas de 3500 euros, polos de 4350 euros—, idiotez oversize para imitar a la Gen Z. Te dice «soy de los vuestros». Ni en cien vidas podría dejar de ser un cretino. El audiovisual más servicial invirtió de nuevo esta idea tan recreativa: robarle al patrón un buen vestido es una venganza fútil; sabes que nunca te lo pondrás porque al consumar el hurto perderás autonomía y quizá alguna mano. Eso te pasa por jugar a ser quien no estás destinado a ser.
¿Quién les diría a las pobres criaturas del siglo XVIII que los caprichos de reina terminarían por volverse norma? Los dechados escolares imponían disciplina a las niñas con punto de cruz y moral calvinista. En otras costas, colchas como la de Ann West (1820) o sacos bordados por esclavas afroamericanas serían los diarios textiles de miles de vidas descosidas, retratos de un viaje sin negativo. Estas gemas, que enrolladas evocan columnas trajanas, archivan una transferencia cultural que el papel no registra.
Tras los primeros enfrentamientos serios contra la mecanización de telares —mis cicatrices me lo recuerdan: creed en las huelgas pacíficas; si no funcionan, creed en las huelgas violentas—, máquinas para fabricar paños y medias, la industrialización espoleó la rauda producción de vestimenta para el frente. Napoleón aprieta y la aguja se desplaza del altar y la corte al frente y el hospital: veteranos de la Primera Guerra Mundial bordan, como terapia ocupacional y fuente de ingresos, un mantel para San Pablo, mientras en el gueto de Łódź (1940‑1944) los nazis organizan talleres de costura esclava bajo el lema de «exterminio mediante el trabajo». Creatividad y crueldad no les faltaban, desde luego. Ya sabes, pensar en azul de Prusia es pensar en campos de concentración (de plomo).
En paralelo, mujeres chilenas, sudafricanas o indonesias transformaban arpilleras, tapices y escrituras secretas como el nüshu en memoria de comunidad y denuncia política, tal y como recoge Clare Hunter en ‘Hilos de vida’ (Capitán Swing, 2025). José Manuel, no estás invitado a esta fiesta. Hay una obra, ‘The Dinner Party’ (Judy Chicago, 1974‑1979), que resume este anudar generación tras generación. Es una instalación con treinta y nueve cubiertos y manteles bordados que rehilan la genealogía de mil mujeres. El problema es que apenas cosemos una parte del mapa cuando ya estamos descosiendo por la otra.
Tras largos periodos de sembrar y cosechar, en el humo y los espejos de Hume encontraría Lockey su reflejo y una generación de espabilados como Adam Smith, cuyos talentos para el negocio inspirarían a maleantes como Jean-Baptiste Say. Y del sector terciario a la segunda economía más contaminante: del bordado industrial saltamos a la descentralización, al fast fashion, a ríos que cambian de color según la tendencia de la temporada, a una única empresa apoderándose de los parámetros de los colores (Danaher Corporation), a biomas enteros extinguiéndose y pueblos enfermando y muriendo de epidemias fatales, o gente que viste plástico y otros disruptores endocrinos a través de un abaratamiento conceptual —una prenda, un uso; así no compras, te suscribes—. Una parte susurra: «Qué buen culo me haría ese pantalón»; otra sabe que la única moda sostenible es la que yace al fondo del armario. De heredar la ropa a heredar deudas. Triste historia que reviste el trapunto de anécdota: la belleza de lo artesanal quedará restringida al recinto del pespunte y la confección amateur. La tela, sin saberlo, seguirá soportando esa tensión de filamentos entre poder e identidad, mercado y cuerpo.
Y retén esta imagen, porque la moda jamás de los jamases se circunscribe a patrón, corte y confección. Es el sistema de identificación y desviación definitivo. ¿Estilismo? No, elitismo, y militar. Modelos famélicas, antaño atoradas de Xanax y Prozac, ahora con Mounjaro y Wegovy, son las perchas de las que cuelga el cuerpo apaleado. La moda es una brocheta de producción, distribución, compra, uso, descarte y recuerdo de que cada prenda lanza una idea: se mira pero no se toca. El marqués de Halifax, Georg Simmel, se pasó media vida hablando de las apariencias para no ser «pobre», de cómo la ropa nos recuerda que no somos iguales —y, por tanto, cuál es el sitio al cual pertenecemos, aunque no nos pertenezca—. Su ‘Advice to a Daughter’, de 1688, es una obra clave en el lenguaje del decoro y protocolo. El ‘The English Gentlewoman’ de Richard Brathwaite ya adelantaba en 1631 alguna de estas cuestiones. Curioso que ambas obras provengan de ingleses provectos, vestidos por los pies, esa locución tan varonil en contraposición a lo femenino, las que empiezan «por la cabeza».
De sotana o traje talar, más le valdría sacudir la caspa y poner alguna lavadora. Desde la Baja Edad Media, el poder civil dictó leyes suntuarias y clérigos y moralistas redactaron los manuales de la conducta. Entender la apariencia exige entender las primeras ordenanzas de Carlomagno, los sínodos de Aquisgrán (816) de Luis el Piadoso o los estatutos de Génova de 1157. Aquí se limita quién puede llevar seda, oro o ciertos colores, con la coartada de frenar el lujo pero fijando fronteras, primero entre maridos y esposas, y segundo entre esposas pijas y menesterosas. ¿Qué faltaba? Pues dejar listo, negro sobre blanco, cómo ha de vestir, moverse, reír o callar la «buena esposa», antes de que se le vaya la flapa —enlazo a este estudio a partir del libro ‘Oh behave!’—. Por supuesto, muchos de estos panfletos los escribirán féminas, como la popular Florence Hartley.
Ya en el siglo XVIII, la vestimenta se codifica con el mismo rigor que cualquier otra propiedad: la mujer, de vestido largo; el hombre, pantalón y chaqueta. Si ella se ponía rabiosa, pues no se le compra más ropa. Y, sin independencia económica, ya me contarás. El siglo XIX perfecciona la disciplina: corsé, faldas voluminosas, peinados torticoleros y maquillaje asfixiante. ¿Para gustar? Qué va, para establecer modelos y modales de autoridad y poder, como siempre.
Los paniers del XVIII eran bastidores de mimbre, metal o ballena que hacían imposible echar a correr. Y que dieran gracias, porque las jaulas crinolinas sustituían los seis o siete kilos de enaguas del pasado. Ardían que daba gusto y muchas mujeres fallecieron incendiadas. Eso no era todo: los stays y los corsés victorianos que vinieron después aplastaban tanto que aflautaban la voz y, entre algodón y buckram e incluso acero equipado desde las seis de la mañana hasta las seis de la tarde, algunas de estas damas, sin fuerza para gritos histéricos, se desmallaban. Imagino que a ellos les gustaba cuando callaban porque estaban como ausentes.
Las costuras reventaron con el rational dress, un movimiento que promulgaba «salud» y ropa más funcional. Algunas prácticas se abandonan y el abuso se trasladó al rubor imperialista, aprovechando la expansión misionera para hacer lo propio sobre cuerpos indígenas. Ojalá contar con el conocimiento para escribir un libro entero sobre estética, protocolo y comprensión de la beldad a través de los ojos de una sociedad menos enferma, pero mi tribu es la que es.
Una investigación yanki reveló que el 83% de las infracciones sobre conducta y vestimenta recaía sobre alumnas (265 de 316); ellas violan los códigos, ellos las violan a ellas, supongo. Otro informe gubernamental coincidió con esa criminalización desproporcionada a chicas, estudiantes negros y LGBTQI+. La poli del gusto odia los shorts, tirantes finos y leggings en cuanto salen de Pornhub. Shauna Pomerantz y Rebecca Raby analizaron más de veinte años de uniformes y encontraron correlación directa entre chavalas «irresponsables, desviadas, necesitadas de ayuda» y lo que se ponían. En Australia también, claro. La ropa es un caladero de preceptos binaristas que normalizan la misoginia, homofobia, transfobia y el racismo. En Reino Unido hay casos a mansalva. En Canadá se atragantan con los tangas. Tan niñas y tan putas, dirá algún profesor de filosofía. El sexismo y la objetificación están documentados con tal solvencia que no hace falta documentarlos más, tan solo erradicarlos.
¿Y los chicos? ¿Qué pasa con esos gallardos mancebos? Pasa el dandismo. Aunque sospecho que el dandy moderno lo inventaron los primeros anarquistas, fue un niño de bien, George Bryan Brummell, quien se erigió árbitro de la elegancia londinense bajo la regencia de Jorge IV. Frente al barroquismo aristocrático, Brummell impuso la sobriedad cromática, camisa de lino, corbata apretada y un autocontrol agreste y estéril. Esto les pone cachondos a los intelectuales de la época: Balzac (‘Traité de la vie élégante’, 1830) y Barbey d’Aurevilly (‘Du dandysme et de George Brummell’, 1845) mitifican la figura y la elevan a categoría metafísica.
¿No es la vida una obra de arte? Eso decía Baudelaire en ‘Le Peintre de la vie moderne’ (1863). Eso vivía otro francés como Rimbaud. Y eso son todos los puteros: gastar el sueldo antes de traerlo a casa, reivindicando una trampa de libertad clasista y reaccionaria disfrazándola de subversión. Complejos de inferioridad, también, como veremos más adelante, con el fin de distanciarse de un nuevo dandismo negro y marronista que explotó en Harlem y México, dejando a muchos ingleses barrigones temblando ante una sastrería exagerada de corte estrecho, color vivaz y buenos hombros.
De la Silent Protest Parade de 1917 a los zoot suits de los cuarenta y la iconografía de Langston Hughes, James Baldwin o Malcolm X, desembocando en esas estrellas del rap y la NBA impecables como gavilanes, la peña negra volteó patas arriba el dandy con flow. Y claro, ¿cómo hacer frente a esta vanguardia? Con rabietas inglesas como la Peacock Revolution: chaqueta militar y pantalón de pana a tachuelas, que luego adoptaría el glam a su manera, la muerte de los tweeds a favor de los jeans, las camisas indias, más abiertas, las túnicas, el sitar y el porrito de después. Hay un libro que profundiza en esto desde el lado de la perfumería y el «saber estar». Quede claro que esta insumisión no pudo no estar guay, porque vino acompañada de una mirada punk que aún hoy reflota a veces y que el hipsterismo asesina siempre que puede. En esa tensión superficial conviven los latinos calientes de bigote lápiz y el hipertrofiado de tu barrio que ayer se tatuó un ‘KArMA’ en la frente.
Vestir es, al fin y al cabo, la ceremonia más bella y común de nuestra existencia —yo soy más del despelote—. Condenados a vivir «en pecado», desde que dejamos de ir desnudes nos dejamos la cabeza pensando cómo protegernos del frío y el calor, para después pensar qué ocultar o realzar, qué exhibir y cohibir. La camiseta de un club o un vestido de novia pueden ser elementos de comunidad o alienantes; una simple falda puede ser un gesto empoderador y democratizador o, según Pierre Bourdieu en ‘La distinción’ (1979), la certificación de que hemos comprendido las reglas y aprendido a vivir de acuerdo con ellas. Por eso es fácil leer un destrozado chándal ravero como un puñetazo estético, imparable, redefiniendo lo bello y feo desde coordenadas exógenas, lejos del marco común. Bordieu legó un lenguaje: habitus para el sistema de formas de moverse, elegir ropa y sentir el cuerpo; hexis para la «mitología política hecha cuerpo». Y así cerramos esta chapa mesopotámica.
VII. Y mírate, y mírate
Desconozco qué proceso neuronal me empuja a creer que el rostro de un gato es inmediatamente «bello». ¿Combinación de simetría, ojos exagerados, contraste de pelaje, flexibilidad loca y musculatura tensa? Lo que sí sé es que el maquillaje se comporta imitando y flexibilizando, lo cual invalida un primer postulado sobre «perseguir lo feo». Delineado, rímel, contorno, blush y highlight son intentos de trasladar al rostro humano rasgos poderosos de, maldita ironía, un animal domesticado. Este paradigma de belleza cargada de feromonas, este archipiélago de signos —vigilancia, elegancia tersa, ambigüedad entre lo tierno y lo predatorio— sigue funcionando desde los primeros registros, hace 8500 años, cuando hombres y mujeres de toda ralea usan kohl y sombras verdes de malaquita para protegerse y gustarse más.
La muerte del feudalismo resucitó la creatividad. Siglos y siglos de mejillas empolvadas y encendidas eran una constante en rostros a los que les daba poco el sol. Cuando la sociedad no pudiente quiso hacer lo propio, tras las revoluciones europeas, el maquillaje llamativo, igual que la ropa suelta, ya era cosa de prostitutas y exhibicionistas, porque cualquiera sabe que la gente del teatro es una recua de gays desde el siglo catapún. ¡Vivan las túnicas tunecinas! Entonces las doncellas respetables optaron por recetas caseras de aspecto más natural, compatible con el ideal de la modestia. Una carrera de gato y ratón, de dame eso y quítate aquello. El mejor ejemplo siempre lo encuentro en las pelucas de les dives LGBTQI+.
Del Ganímedes shakesperiano al vodevil francés (vaux-de-vire), de la princesa Seraphina a cualquier pobre vedette de Villacoños explotada en la España del destape, cuando pienso en pintura por la cara pienso en gente bregando contra el estigma. La historia del pintalabios es alucinante, icono cuasisatánico. No en vano, la corriente del maquillaje sobrio de «recién levantada» vive en tensión constante con la purpurina y las sombras violetas. Una pena que hasta la disidencia de género tropiece con el neoliberalismo, donde la compra de cosméticos goza del aplauso del canon patriarcal porque, en fin, no estarán testados con animales, pero los despachos sí que están atestados de animales acosadores y una férrea dominación masculina: el fascista Eugène Schueller, los hermanos Lauder, sionistas y también fachos, o los Reimann alemanes, quienes directamente financiaron el Tercer Reich. ¿Y en 2026? Que se lo digan a las idols k-pop al servicio de sus representantes y a las magnatarias de TikTok a merced de sus maridos.
Podemos creer en el relato: Glossier pasó a ser embajadora en la WNBA con campañas como Body Hero y protagonistas como Sue Bird o Brionna Jones para, explícitamente, «cambiar cómo se ve la belleza en el deporte». Shiseido fichó a Naomi Osaka como embajadora global de Anessa y así hablar de «rendimiento y piel perfecta». La jugadora olímpica de rugby Ilona Maher encadena acuerdos con L’Oréal, Paula’s Choice o Secret y protagoniza campañas de Maybelline donde su barra de labios Super Stay Matte Ink se prueba «en placajes reales». Serena Williams lanzó su marca Wyn Beauty para quien corre entre entrenamientos y alfombra roja. Y la piloto Katherine Legge y e.l.f. Cosmetics son la última de una larga dinastía de cómo usar a heroínas generacionales para llenar la caja. La presión estética siempre está ahí, claro. Nunca olvidaré a André Agassi jugando una final de Roland Garros con un postizo sujeto con horquillas, aterrorizado ante la posibilidad de ver volar su peluquín entre bola y bola. Si el poder así lo desea, nadie se librará de ser atleta y valla publicitaria. Lo llaman cuidado facial porque no pueden llamarlo exterminio de identidad.
En esta guisa, maquillarse puede saber a poco. Igual por eso cada vez más gente se tatúa la cara. Me flipa ver a gente con smoky makeup hecho con tizones, o a gótiques culones y psicodéliques resistiéndose a desaparecer. Aunque más me flipa que una industria «tangencial» ahora amontone casi tres mil millones de dólares anuales, con crecimiento en torno al 10% interanual. La micropigmentación o maquillaje permanente para tatuar patillas y cejas, contorneado de abdominales, eyeliner eterno o énfasis en el arco de Cupido siguen los mismos preceptos del primer tatau samoano o el tatao tahitiano. Es decir, siempre fue una pelea estética entre lo que tenemos y lo que nos aumentamos. La prótesis puede verterse en forma de espiral maorí, tribal con pinchos o esvásticas mongolas alrededor del antebrazo. También es una forma de permutar cuerpos blancos en simulacros huecos, cuerpos que son templos y templos que tienen fechas y nombres con el lettering más horrendo que puedas imaginar.
Y no olvidemos las fantasías de pertenecer a una comunidad ancestral, ganas de tener raíces. ¿Hay algo peor que la irrelevancia, el ostracismo, en este movimiento perpetuo de inputs, donde la piedra de token (perdón) es, literalmente, que demasiadas veces percibimos nuestro valor a través de la valoración externa, a través de la alteridad de nosotros mismos viéndonos como en un third person shooter? El tatuaje en general se ha disparado en términos cualitativos porque era su turno. El Psychology, Public Policy, and Law calcula que entre el 11,7% y el 31,5% de la población en países occidentales tiene al menos un tatuaje, subestimación si me fijo en las alas de murciélago del Duki y el ciempiés raro de Cecilio G.
Las razones son varias y van más allá del grupo etario 18–44 años, donde se da el mayor rango de penetración. Traperos y otra gente amante del dinero han integrado la estética carcelaria y el cuerpo cubierto de esta segunda piel como notas a pie de página en una novela de Foster Wallace. Y me parece bien, porque ha roto con los tabúes asociados; en consecuencia, ha disparado el récord de beneficios entre empresas de borrado con láser.
¿Estoy haciendo apología del no pintarse? ¿Soy un deconstruido con uñas negras y unas trencitas rosas en la barba? En absoluto: que cada une haga lo que bien le salga de la totera; y si incomoda, mejor. Es solo que conviene no olvidar esto: cada prenda, cada gesto, cada tinte y cada cicatriz de bisturí son las frases de un haiku escritas en el cuerpo, y nuestro cuerpo jamás dejará de ser leído como un libro abierto de par en par. Hay violencia, también fuga. Los mismos instrumentos que disciplinan —corsé, rituales de deferencia, implantes— permiten adicionalmente experimentar, desviarse, draguerse, dandise o tatuarse hasta el fundido a negro. La máscara protege y oculta. Bajo el mercado, pinzas, pintalabios, aguja o tiara de peinado son distintas formas de una idéntica operación: imprimir y coartar, privar y sujetar las alas de la mariposa al corcho de la obligatoriedad autoimpuesta. Lo que me arrastra al siguiente punto.
VIII. ¿Por qué herimos al cuerpo en pos de la belleza?

¿En qué instante asumimos que la cirugía que primero atendía secuelas de guerras sería peaje obligatorio para ganar agencia y entidad propia? La taxonomía del looksmaxxing es otra secuela del incelismo y representa el polo opuesto al dandy: el cuerpo humano puede optimizarse como un protagonista de videojuego, llevado al máximo nivel, al prototipo estadístico, y activar como un cartel de neón la corteza orbitofrontal en el observador. Siempre sumando: el softmaxxing propone rutinas de skincare y mewing; el hardmaxxing, cirugía de párpados, rellenos mandibulares y rinoplastia programada desde los catorce años; el bone smashing directamente es pseudociencia del trauma óseo que reconoce no tener base pero asegura que la anatomía es arcilla y nosotros nuestros propios dioses escultores. Algunos hardmaxxers se rajan los lagrimales con un cúter para tener ojos más felinos, «ojos de cazador». Y sus costuras, frente al subversivo reverso del kintsugi, apenas son alegorías de rostros clonificados, algoritmizados y alienados por el mercado digital.
Que sí, que las primeras rinoplastias reconstructivas descritas por Sushruta en India datan de hace más de dos mil años. Que en los Andes prehispánicos, los cirujanos incas ya curaban a pacientes trepanándolos hacia el 500 a. C., con una tasa de supervivencia y curación propia de la neurocirugía moderna. Cortes en cruz y a funcionar. Pero todavía hablamos de devolver funcionalidad a soldados mutilados, no de cirugía cosmética desligada del trauma o la malformación. El primer implante mamario con silicona es de apenas 1962; la liposucción, de los setenta; láseres, en los ochenta; bótox y rellenos, en los 2000; arreglo de culo brasileño, 2011. En su taxativa nomenclatura, lo bello es un gusano con gula insaciable que pide y pide más belleza; lo feo celebra el accidente, puede permitirse ser sin formulaciones cuantitativas.
Un apunte para machos maniáticos de la belleza: en sesenta y cinco países se criminaliza cualquier actividad gay y las identidades trans están condenadas con pena de muerte en doce y cárcel en veinte países más. Las estimaciones profesionales, extrapoladas de investigación metodológica a generaciones más jóvenes, sitúan la población trans mundial en 500 millones, la cual representa el 14% de la población LGBTQI+ —y esta, a su vez, supone la novena parte de la humanidad—. Esto supera la población de la Unión Europea en su conjunto. Tras siglos de tortura y sumisión, de terapia de conversión, criminalización y hasta asesinato, miles de médicos y reguladores no han podido sino tragarse el sapo de la evidencia. Me importa un comino la prevalencia real: ¿sabes cuántas de esas personas sufren disforia (DSM-5, CIE-11) y necesitan asistencia para las CRS (cirugías de reasignación de sexo) o CAG (cirugías de afirmación de género)? Pues prioricemos.
Hoy une estudiante de instituto te explica cualquier cosa que necesites saber y nunca te atreviste a preguntar sobre blefaroplastia, bichectomía, lifting de muslos, genioplastia, contorno mandibular, otoplastia, lipoescultura de alta definición, abdominoplastia, braquioplastia, lipofilling facial o rejuvenecimiento vaginal. Y hablamos de cirugía. Todavía queda el arsenal no invasivo: toxina botulínica, rellenos de ácido hialurónico, resurfacing láser, peelings químicos agresivos, radiofrecuencia, PRP y uso de células madre. Este mercado mueve más de 80.000 millones de dólares y espera crecer a doble dígito durante otro par de décadas. ¿Platonismo estético? ¿Evitar los teoremas de Lombroso? ¿Es el cuerpo un plan de negocios, una build a la que subirle las estadísticas para saltar del rango B- al A+ en ese catálogo de scroll infinito que es ser personaje jugable dentro de un muestrario? ¿Por fin vivimos en la Arcadia donde cualquier desviación es operable? ¿De verdad queremos esto?
Gesto, postura, movimiento y voz, fingidos; vestido, adaptado a la tendencia; el físico, maquillado, peinado y cincelado a golpe de gimnasio, quirófano y psiquiatría. ¿Dónde estás tú, qué queda de ti, tras la herida que automatiza y no cicatriza? Si ninguna cintura es real, ¿qué es real? Si cada optimización mejora lo anterior, ¿cuándo sabrás dónde parar? ¿Y si solo nos estamos defendiendo de una sombra porque no podemos atrapar al culpable? ¿Qué pasará cuando nadie sea feo? ¿Detonará la paradoja de la abundancia como un explosivo en el maletero de un avión?
Me voy a saltar los cuellos de las mujeres ndebele en Sudáfrica, a los mursi de Etiopía y sus platos cerámicos en el labio, igual que me salto el doloroso proceso de los pies de loto (chǎnzú) de las bailarinas chinas y quizá algún que otro prepucio partido en dos. No quiero caer en etnocentrismos snob y tengo poca idea de la verdad cultural ante estas acciones en concreto. Además, tengo a mano algo mucho más universal. La historia de la belleza se transcribe en la historia del cuerpo. Y la historia del cuerpo, en la del deseo. ¿Y dónde se transcribe la historia del deseo? En la de la pornografía. Desde el porno podemos transmutar el sujeto en objeto, el afiche en fetiche —del italiano feticcio, hechizo o sortilegio— y, muy especialmente, hablar de cómo los miedos y pudores de ciertas clases crean los engendros que devoran sus propias pesadillas sexuales. Bienvenidos al corazón de este ensayo. Léeme despacio porque escribo deprisa.
Hablemos, entonces, de pollas pastillas muy gordas y muy negras. Y para ello elegiré cuatro cartas de toda la baraja, como cuatro arcanos mayores. La primera se llama teoría del Gran Reemplazo. Así, en mayúsculas. Esta fantasía conspiranoica dice que el hombre blanco será desplazado por el hombre negro a través de un BNWO (Black New World Order). Obviamente, recordar el motto «Una mujer no está completa hasta que un negro no se la meta» sería ponerse más falocentrista de lo necesario. Salvo que estemos hablando, en específico, de esa mirada falocéntrica. En la pornografía de BBC e interracial, los hombres negros son hiperdominantes frente a mujeres pequeñas y sumisas. El giro de este genocidio blanco deviene por cierto placer culpable: el cornudo, por un lado, pierde a su pareja, que le pertenecía por derecho, y su linaje, que era clave para el futuro de la nación; por otro, siente cierto placer viendo cómo sodomizan a la señora de sus iras, a la cual él ya no puede satisfacer. El gran triunfo demográfico estalla en un nefando orgasmo de culpa y frustración. Y nunca subestimemos el extraño placer que desvela escuchar a ese Pepito Grillo que nos regaña por algo. Se denomina sensacionalismo y explica el éxito de no pocas novelas viciosas, ensayos criticones y hojarasca de autoayuda.
La segunda carta se llama emasculación y conecta con la primera igual que la Luna al Sol: justo cuando llaman a filas a los grandes hombres del país descubren que, ay diosito, ahora son maricones. La feminización forzada, esa hipnosis sissy que está fomentando el diabólico progresismo comunista, crea homosexuales, que tampoco están tan mal porque sirven para saciar apetitos etruscos —juguetes sexuales cuando te aburres de la parienta, para más señas—; en el peor de los casos, pare transformers. Porno de tipos vestidos de maid limpiando la cocina mientras la esposa revienta la cama en el piso de arriba con, vaya por Cristo, un negro zumbón. Esto desemboca en el pánico trans: la verdadera pugna de poder, esa frontera entre hombre y mujer, queda diluida por una confusión que asesina la virilidad. La fallida educación sexual se convierte en un caballo de Troya y ante esto gritarán que una polla como una olla y ni hablar de venéreas, profilácticos y terapias de conversión. Hay un lobby y ese cortijo quiere que tu hijo sea su putita.
La tercera carta es el incelismo. Me niego a llamar cultura algo que es el miedo de los más cobardes, a esa panda de pajeros soñando con la trampa darwinista que predicaban sus abuelos, esclavistas o piratas, apasionados por la falaz pero sugestiva historia de la tribu yanomami: el macho fuerte mata al débil y perpetúa una especie alfa. ¡Qué somos, apes o apex! Al frente, los hechos arqueológicos que evidencian lo contrario: convivir tal cual convivimos hoy día. En el estercolero incel, acrónimo de célibe involuntario, es decir, hombre que no puede acceder a las hembras que le corresponden como quien merece un techo digno, se espolean fobias de extinción porque ya nadie tiene sexo —para lo que Dios nos creó— y opta por satisfacer deseos livianos. Ellas mismas se devalúan optando por penes más grandes y así concluyen que solo la cirugía agresiva o la agresión pueden subsanar un mercado sexual manipulado por feminazis que se han olvidado del determinismo biológico. Así que han de ser expuestas y castigadas. Una generación de chads hipermusculados, millonarios y alfas raciales con flotas de Lambos es la prueba empírica de que, si quieres jugar en esta competición, tienes que hacer trampas. ¡Malditos masones! Otra vez, lookismo o rabia. Otra vez, porno interracial, cornudos y atrofia mental para dar sustrato intelectual a una Gran Revancha contra las mujeres, los migrantes y aquellos hombres que les traicionen.
Concibo la cuarta carta con la ambigüedad de Géminis, la doble inversión. La «familia nuclear» —padre proveedor, madre en casa, niños cishet— es la única célula de sociedad legítima. Toda una pájara judeocristiana de culpa y miedo ante un modelo suburbano que lleva décadas haciéndose pedazos por agentes mucho más listos —sus análogos, igual de misóginos y racistas, desde las élites— que no tienen el menor problema en espolear que los divorcios, el amor queer o sin hijos y los hogares monoparentales traerán el caos. Son un caladero de votos idóneo. ¿Cómo explicar tanto dolor? Los rojos, no contentos con destruir familias y patrias mediante pornografía, abrirán la puerta a la pedofilia y el crimen; entrarán en hogares desarmados, seducirán a las hijas, raptarán a las cónyuges incestuosas, arrasarán con todo lo sano y bueno de este mundo.
Y aquí entra en juego la dualidad de la tradwife: o mujer sumisa o mujer rival. Hornea pan de masa supermadre, educa a los críos y cuida tu cuerpo para ser dama en la casa y puta en la cama. Y recuerda que la auténtica liberación femenina es renunciar al trabajo asalariado, a la autonomía y al infierno de la perversión sexual. ¿Crees que exagero al asociar una «fantasía agorafóbica» de valores fatuos inoculados en 1950 a una generación traumatizada con nada más y nada menos que bondage, cristianismo y tecnofagia? Eso es que no has leído este memorando de seguridad nacional y la estrategia para ir a por las personas «antiamericanas», «anticristianas» y «anticapitalistas» y así frenar de raíz el «extremismo violento antitecnológico».
Ahí las tienes. Expuestos sobre la mesa, estos son los cuatro pilares que retroalimentan la xenofobia que nunca acaba, el miedo transfóbico, el odio a la mujer y ese sirope por encima, un lacito presentado para el flagelo de «por mi culpa, mi gran culpa» en versión tres pajas al día. Algo que también explica el movimiento NoFap, otra fumada de la manosfera —de man, no de la mano con la que se hacen las no-pajas— y así demostrar que estás por encima de la tentación, que reseteas tu cerebro para ser la mejor versión de ti mismo. Soledad masculina y anhelo de ritual colectivo, crisis de identidad y falta de guías, algoritmos empachados de vicio y cultura de la hiperproductividad… Las ausencias dan paso a las evidencias. O eso firman las primeras espadas del republicanismo: Friedrich Hayek, Leo Strauss, Sam Francis, Samuel Huntington, Russell Kirk, Milton Friedman, Ben Wattenberg, Charles Krauthammer, Irving Kristol, Pat Buchanan, Newt Gingrich… por suerte, casi ninguno rebuzna ya.
Tampoco olvidemos una larguísima tradición de servilismo bajo consignas de superioridad racial. Reino Unido prohibió la trata de esclavos en 1807, pero el sur de Estados Unidos la mantuvo como motor económico hasta que la Guerra Civil (1861‑1865) hizo añicos los grilletes a escala federal. La servidumbre, sin embargo, se mantuvo, pervirtiendo el marco jurídico: las plantaciones se pintan de haciendas señoriales con jornaleros «libres». Habrá que votar en asambleas e instaurar comités para pelear derechos: tuvieron que llegar otras señoras, como Emma Paterson o Helena Shearer, quienes sembraron las semillas del sindicalismo real y abandonaron esa idea de que una mujer que sirve en casa ajena ya está cobrando la nómina en especie, en techo y comida. Prefiero darles las gracias a ellas que a Elizabeth Arden, Charlotte Tilbury, Helena Rubinstein y el nacimiento de la base líquida. «Porque tú no te maquillas», escucho al final del pasillo. Verdad es, y leo a Biz Sherbert con la ceja alzada y la pestaña de una clínica capilar siempre abierta en mi navegador, por si la suerte llama a la puerta. Aunque, a este ritmo, la calvicie apunta a ser el banderín turístico de quienes se resisten a obedecer, lo que me reposiciona en dejar de anhelar y chapar el navegador.
Ilustraré eso que llaman paridad con una anécdota que reitera currantas en llamas y no como alegoría prometeica: en 1911, los Shirtwaist Kings de Nueva York, poderosos empresarios textiles, bloquearon las puertas de su fábrica y encerraron a todas las trabajadoras para evitar descansos y «fugas»; 146 mujeres, una tercera parte de la plantilla, fallecieron en el incendio posterior. Pagaron 75 dólares por vida perdida; los dueños cobraron el doble por el seguro y acabaron absueltos. Hay quien echó la culpa a la laca. Al año siguiente, las sufragistas empezaron una campaña de sabotaje, cuidando de no herir a nadie. Emmeline Pankhurst decía: «No debía morir ni un gato ni un canario». De 300 acciones, efectivamente, no mataron a nadie, si bien se estiman tres o cuatro cadáveres accidentales en dos años de acción.
Qué bello país, qué magníficamente lubricado de petróleo y egomanía. Uno donde está lascivamente documentado que el grueso del consumo de porno se concentra en la chavalada norteamericana. El Year in Review de Pornhub, año tras año, dice que la media se sitúa en un hombre de 18 a 24 años (27% del total) que se toca antes incluso de haber visto a una mujer desnuda. Nadie está libre de pecado: se repite en cada país (Francia, Reino Unido) y siempre bajo el mismo vector de consumo casi diario y foco en Ebony en EEUU (porno de «piel oscura») o Hentai/MILF en la mayoría de Europa (porno de mamás y dibujitos).
Y cuando sube la edad, suben los fetiches. Esta es la quinta carta: ‘cuck’ es el insulto más común para ofender en la anglopedia digital. El marido engañado por el toro y encima calzando los cuernos. El cornudo ya está reflejado en obras como ‘The Owl and the Nightingale’ (ca. 1250), aunque no será hasta nuestros días que etiquete un subgénero de porno de humillación masculina: cuckold interracial. Cuck será hacia 2008 la palabra de moda en 4chan y correrá desnuda por Reddit y Gamergate como faltada abreviada para la derecha «cuckservative», fomentando una alt‑right que quiere acabar a punta de pistola con el hombre blanco emasculado, incapaz de controlar a su mujer ni a un país podrido de inmigrantes, negros y judíos que lo penetran todo, literal y metafóricamente.
El archivo traumático de EEUU —esclavitud, sectas de ultraderecha, violaciones y linchamientos supuestamente justificados por el mito del negro violador— se torna en un abismo de reparaciones eróticas ante una raza más dotada, más resistente y más deseable. Un pánico que empuja la mayor política antiinmigración de este siglo, ese Project 2025 de casi 900 páginas coordinado, curiosamente, por la Fundación Herencia y más de cien organizaciones conservadoras que pusieron a Trump en su segunda presidencia. Delirios de grandeza.
Y si escribo de tamaño, racismo y cirugía, se impone un alto en el camino para hablar de culos. La primera gluteoplastia fue un experimento. El cirujano brasileño Ivo Pitanguy propuso en 1964 una serie de técnicas para corregir la ptosis (caída) del glúteo. Bajo esta teoría ganaría masa la lógica del Brazilian Butt Lift (BBL), una combinación de liposucción e injerto, extrayendo grasa del abdomen, espalda y muslos mediante cánulas, purificándola y reinyectándola en el culamen. En 2005 se registraron apenas unos 500 BBL; en 2015 se estimaron más de 400.000 procedimientos de buttocks. Más de un millón en 2022. Asegurados o no, el valor de los traseros no ha hecho sino expandirse: hoy es la segunda operación más común del planeta, aunque va conectada a otras. Más grande, más interesante. Supongo que la obsesión por el sexo anal también añade picante a esta receta.
Hay asteriscos, claro. Peligros, quiero decir: es una de las cirugías con mayor mortalidad, aunque sigue estando en torno al 1:10.000. La paradoja biopolítica está servida: un estándar corporal promovido como empoderador obliga a intervenir de forma agresiva un cuerpo sano. Así que anatemas e institutos estéticos no tardaron en gritar «¡leg day!» que, más que un día, en muchas chicas suponen los cinco días laborales de la semana. Del aeróbic de los 80 a la activación por la fuerza: hip thrust con barra, sentadilla profunda, peso muerto rumano, zancadas, bulgarian split squat y step-ups, todos ellos justificados con EMG y estudios comparativos de hipertrofia. Rankings en tablas de gimnasios prometen un resultado Kardashian sin pasar por el quirófano. Si quieres, puedes.
Y quien no lo consiga siempre puede acudir a la trampa textil, al shapewear elástico, a la lycra moldeadora de cintura. En 2020 era más fácil encontrar un dinosaurio que un culo sin scrunch butt, honeycomb leggings o cualesquiera de esas mallas de estructura panal y costura fruncida entre las nalgas para crear efecto «ojete cósmico». Kim Kardashian fundó SKIMS —tras alguna que otra demanda y acusaciones de apropiación cultural por su anterior marca, Kimono— y empezó a vender bodys con acolchados ocultos para simular un BBL por 90 dólares. La empresa hoy vale más de 5.000 millones de dólares y cuenta con más de cincuenta patentes. Y como estrías y celulitis tenemos todes, en un mercado de 20.000 millones, donde aproximadamente el 54% de la población femenina de EEUU se ha retocado, el ticket medio por paciente supera los 200 dólares al año.
En la pizarra tengo documentado el punto de no retorno: 12 de noviembre de 2014. La revista Paper publicó ‘Break the Internet’, el megaculo fotografiado por Jean‑Paul Goude. Por aquel entonces no existía Grok ni ChatGPT, pero sí Photoshop, así que la trampa se hizo sola. Al día siguiente, el 1% del tráfico de navegación de todo EEUU se redirigió a esta revista marginal. Llegaron los memes, las imitaciones —incluso en casa, con réplica de Kendall Jenner— y una hegemonía que infectó finalmente a los ángeles de Victoria’s Secret bajo un nuevo estándar: cintura mínima, nalgas y tetazas hiperbólicas, labios aumentados y pestañas como abanicos. La gentrificación del booty, asociado a mujeres latinas y negras de caderas anchas, escurrió el bulto del blanqueamiento con un blackfishing: Kim y sus hermanas se metieron bronceador por un tubo, optaron por trenzas fulani y vendieron la idea de la racialización de quita y pon.
El culo Kardashian hoy funciona como interfaz: elegimos criar el cuerpo bajo una formulación 3D, de planta, alzado y perfil, igual que un modelado en CAD, bajo la promesa de romper internet mientras nos rompemos el culo haciendo doscientas sentadillas. La transferencia autóloga de grasa sirvió a nuevos mercados: reconstrucción mamaria, aumento y rejuvenecimiento facial, también de manos, corrección de cicatrices, aumento peneano —se inyecta grasa en el pene para ganar circunferencia, con aumentos de grosor de hasta un 30%—, ginecología regenerativa y sequedad vulvovaginal y un larguísimo etcétera. El tejido graso contiene entre 300 y 500 veces más células madre mesenquimales (ADSCs/MSC) que la médula ósea. Esta veta nadie se la vio venir y ha servido para cosechar y plantear medicina regenerativa cardíaca, regeneración de cartílago, neurología periférica y ha puesto de moda el mercado del nanofat. Es decir, grasa emulsionada para producir bioestimulación en las áreas del cuerpo que te interesen. Del culo a la boca, curiosa cadena de suministro.
IX. Cómo te gusta lo que te encanta

Volvamos a la cabeza. O saquémoslo del culo, dado el caso. ¿Por qué hay gente a la que le gustan «cosas feas»? Gracias al cielo, los gustos son como los culos; cada cual tiene el suyo. Hay, no obstante, explicaciones que podemos agrupar por segmentos o factores de preferencia. Aviso, tendré que ponerme un poco nerd. Para abrir boca, sirva esta imagen: imagina un gran cajón y, dentro, dos cajas más pequeñas, como esos cestos clasificadores de bragas y calcetines. Desde aquí repartiremos. El grande es el «sistema de valoración» de un cerebro humano; la caja dos son los mecanismos sociales de influencia e imitación que se moldean a lo largo del desarrollo; la caja tres se llamará plasticidad asociada a la habituación y exposición repetida. Las tres están llenas de agujeros. Y la tercera es la más profunda: si metes la mano, te cabe hasta el codo.
Mira si es pésima la metáfora que más que cajas son botellas con tubos, un alambique destilador, como en ese experimento de química donde el profe pide repartir fluidos. Pero da un poco igual. Las cajas las podemos localizar en la corteza orbitofrontal (COF) y las regiones prefrontales ventromediales. Aquí se asigna valor subjetivo a opciones muy distintas entre sí: comida, obras de arte, interacciones sociales… ¿Y qué pasa cuando esa atracción es más superficial, más «estética»? Lo que contaba en otro epígrafe: se activan la COF medial y zonas de recompensa como el estriado ventral y el núcleo accumbens. Si algo nos parece bello, con independencia del dominio (visual, musical, moral o incluso matemático), es ahí donde hay que mirar. Esta convergencia arroja la sospecha de que experiencia y preferencia no son la misma cosa. Aunque sí reutilizan circuitos evolucionados comunes para valorar la relevancia biológica ante estímulos (alimentos, parejas, señas sociales) que son, de facto, más importantes para nuestra subsistencia. No hay un «módulo estético» específico, en cualquier caso.
¿Entonces? Sigamos. Aunque las áreas sensoriales occipitales o temporales codifiquen propiedades físicas (forma, simetría o complejidad), eso no basta para generar placer. La atribución de valor hedónico depende de redes frontolímbicas. ¿Cuáles? Pues, entre ellas, la corteza prefrontal medial, ínsula y cíngulo anterior. Por ejemplo, la subregión denominada A1 se activa de forma consistente cuando admiramos pinturas o facciones que asumimos «bellas». Varios estudios franceses describen patrones similares. ¿Y lo feo? La fealdad visual recluta patrones más distribuidos, que incluyen tanto áreas visuales como estructuras vinculadas al displacer. ¿Requiere entonces más energía? No exactamente: la sesera no pide más vatios para entender y procesar lo feo del mundo pero, en lo tocante al gusto, entiende la poética visual como un estado emergente de redes valorativas que codifican utilidad, placer anticipado y relevancia social. Lo feo es algo más profundo, más educado.
La cosa se pone interesante cuando ahondamos otro poco. Antes del «criterio propio», las primeras preferencias se modulan según la información social sobre lo que otras personas valoran como deseable o bello. Cuando tu opinión diverge de la del grupo, mal asunto: se activa la corteza medial posterior y regiones de detección de conflicto como la corteza cingulada dorsal, la cual, junto al estriado ventral, está implicada en el aprendizaje por refuerzo. Esta combinación, interpretada como señal de «error social», favorece la actualización del juicio para alinearlo con la norma del grupo. Y esto es peligroso: si nuestro cerebro corrige el mal gusto a latigazos, ¿no deberíamos tomar distancia para cultivar el criterio propio? Es más complicado.
Refuerzo y aprendizaje. Si la discrepancia entre juicio propio y general actúa como un error de predicción que modifica el valor subjetivo atribuido al estímulo, ese feedback de mentalización predice la magnitud de la conformidad. El coco, otra vez, haciendo de las suyas, tomando atajos. Creamos expectativas. Aunque también podemos persuadir al cerebro. Por un lado tenemos la imitación, algo esencial en el desarrollo, en la cual interviene esa red frontoparietal (lóbulos parietales inferiores, corteza premotora, etc). Gracias a la imitación convertimos acciones ajenas en programas motores propios. Copiamos para flexibilizar, no para constreñir. Por otro, y aquí está el mojete, al imitar interiorizamos las claves estéticas de sensibilidad y rechazo, de guapo y feo, que después serán representadas en redes de valoración. Las cajas pequeñas llenan la grande. Y viceversa. La influencia social se estratifica por pertenencia, estatus y mil mierdas más.
Imitar también trae problemas. ¿Ejemplo? Una baja diversidad. Si apruebas copiando, es atajo por plagio. ¿Qué aprendes? Nada. Si votas a los nazis porque tu padre es nazi, eres dos veces ignorante. Pues eso aprende el cerebro, sobre tu propia identidad corporal, cuando te haces las cejas igual que tu influencer favorita. Por suerte, en paralelo existen otros mecanismos que aumentan la probabilidad de que algo nos guste: el efecto de mera exposición. E influye en miles de decisiones, desde la elección por una palabra en vez de otra hasta la preferencia ante una dicotomía de elección forzada. Si a tu padre le flipan The Beatles y tú admiras a tu padre, es probable que admires a The Beatles. ¿Por qué? Por varias razones, y una podría denominarse «contaminación cruzada».
Me explico. Existe una curva de frecuencia‑afecto que es resultado de dos procesos simultáneos: la habituación al estímulo, capaz de minimizar la respuesta de alerta y la amenaza asociada a la novedad e incrementar el afecto; y la saciación o aburrimiento, cuya exposición excesiva puede conducir al tedio, a la aversión o a una relación obsesivo-compulsiva, si bien aquí ya intervienen otros factores. Y no pienso abrir el melón de las neurodivergencias y gradientes tan extensos como el TOC, salvo apuntar que, si has escuchado mil veces seguidas la misma canción, es posible que la respuesta se deba al trauma, a mecanismos compensatorios y vínculos de dependencia. Como fuera, esta dinámica explica el patrón en forma de U invertida que se da habitualmente en la preferencia por algunas canciones: pocas repeticiones aumentan el agrado, sobreexponerse erosiona el gusto.
¡Tenemos buenas noticias! Familiarizarse con algo reduce esa activación de la corteza orbitofrontal lateral ante dichos estímulos. Acostumbrarse a lo feo hará que dejemos de etiquetarlo «feo». ¿En qué se convierte? Y la repetición no solo educa el criterio subjetivo, también mejora la fluidez perceptiva, esa velocidad y precisión de categorización que, dicho a lo bruto, hace nuestro consumo cultural más heterogéneo. Y sin que perdamos la mirada clínica e incisiva sobre aquello que ya nos gusta. Aplícalo a la interpretación de los cuerpos y piensa: ¿por qué te gusta lo que te gusta? ¿Quieres ser mejor persona o quieres ser cochambre prejuzgadora? Hacer las cosas más fáciles al principio es difícil. A la larga, compensa. A nadie le extrañaría que exponerse a lo raro disminuya la «aprehensión» ante lo raro. En esas andamos.
Amo la pluralidad, la aclamo. Mientras a la mayoría puede parecerle horrible la voz de una cantante, a ti quizá te encanta porque creciste escuchando ópera asiática. Una clase entera puede pensar que, vaya, esos cuadros de viejos son aberraciones, mientras a ti te producen una atracción casi sinestésica que te cuesta explicar, pero no olvidas el día que fuiste a un museo de pintura flamenca y te lo pasaste genial. ¿Deberíamos exponernos a una bañera llena de heces para apreciar la calidad de sus matices? No funciona así. La «homeostasis estética» es delicada: el cerebro busca un nivel óptimo de estimulación entre lo familiar y lo novedoso. Lo poco agrada y lo mucho empacha, recuerda el refranero. Estos márgenes, sin embargo, se pueden estirar y forzar un poquito.
La preferencia parece ser inconsciente, lo que apunta a sesgos sistemáticos a favor de lo familiar. El alemán Gustav Fechner fue el primero en advertir este efecto, documentado después por Edward B. Titchener. Motivado por las últimas investigaciones chinas, encontré que al final nos movemos por «prototipos internalizados», por asunciones que terminamos verbalizando como «Qué bonito» cuando simplemente vemos alguna grafía de cierta prototipicidad vinculada a nuestras preferencias. Da igual el contenido semántico, incluso da igual si no entendemos nada de lo que vemos. No gobernamos sobre nuestro juicio tanto como podríamos creer.
Pero, ¿te cuento un secreto? Otra forma de entrenar y ensanchar nuestra ventana de tolerancia es, ojo a esto, dialogar sobre ello. El pensamiento humano es dialógico, y la ventana de consciencia es tan breve que, dilatarla, exige volver sobre nuestros gustos para reafirmarlos en voz alta. La comprensión del mundo responde a un revoltijo de intersubjetividad y consenso. Debatir altera el color del semáforo: de un piloto automático ambarino a un verde brillante y agudo.
Precisamente por esto, ¿por qué no facultamos el riesgo en vez de caer en la monotonía? Dicen que solo un selecto grupo de personas sigue exponiéndose a descubrimientos pasada cierta edad y que las demás bracean en aguas poco profundas hasta morir. Tal vez no sepan que las preferencias por prototipos se atenúan a largo plazo y que, cuanta más novedad busca, más se habitúa el cerebro a códigos informales o innovadores y los transforma en formales. Un trabajo clásico de Holbrook y Schindler (1989) se usa para reforzar esa teoría de que las canciones que sonaban en la adolescencia y primera adultez quedan fijadas como «núcleo duro». Es matizable, pero no falso: la música escuchada en años de formación emocional queda privilegiada frente a repertorios posteriores. Esta sobrerrepresentación también se da en cómics, cine, series y demás artefactos culturales. Carl Driesener lo llamó «el poder de la nostalgia».
El magnífico recopilatorio internacional ‘Bandas sonoras de nuestras vidas’ siguió durante quince años el comportamiento de más de 40.000 usuarios y a lo largo de casi 550 millones de reproducciones y concretó que, primero, los adolescentes exploran bastante, si bien siguen con fidelidad las modas populares; segundo, que el tránsito a la adultez implica un tránsito hacia la especialización dentro de territorios musicales concretos; tercero, que hacia la mediana edad, los cuarenta principales, el espectro se estrecha y lo que te identifica te arraiga, mientras que la novedad te distancia. La memoria autobiográfica y el envejecimiento cerebral nos ponen la zancadilla, aunque una minoría se lanza a la franja que más cubre, a las aguas internacionales llenas de tiburones donde el gusto es casi un experimento controlado. Y todo depende de un pequeño factor: el nivel de «sofisticación» que hayamos cultivado previamente. Hay algo de mito, por tanto, pero esta barrera estadística apenas responde a una falta de estímulo. Si te lo curras y alimentas tu curiosidad, despertarás tu hambre por nuevos alimentos.
La neuroestética del desarrollo señala que la exposición temprana a determinados estilos musicales, arquitectónicos o visuales deja huellas duraderas en el cableado funcional de las redes de valoración y recompensa. El concepto vibra, resuena, se imprime, trasciende y muta en nuevas vías preferenciales. Es un regalo de la plasticidad cerebral. La formación artística intensiva o exposición a ciertos estilos modifica las asociaciones entre señales sensoriales y placer, multiplicando algo más que la valoración: las sensaciones que nos produce vivir. Puede haber una «trayectoria del gusto», pero ese camino no está cimentado ni tallado en piedra. Sí, va ligado a ventanas críticas del desarrollo y, en adición, a los sesgos de imitación social, pero nunca es rígido.
Inevitablemente, esto me conduce a lo feo: la habilidad para apreciar lo feo es afecto adquirido. O pones de tu parte o me dejas tirado. La xenofobia opera bajo estas mismas coordenadas. También la transfobia, la homofobia y casi cualquier forma de discriminación a nivel básico: no son miedos, son perezas habituacionales. El arte imita la vida. ¿Quieres vivir siendo gentuza? La frontera entre lo feo y lo bello es plástica y, por tanto, susceptible de aprendizaje. ¿No quieres aprender? Pues ya no sé. La ignorancia es un cálido refugio, supongo. Me he dejado los cuernos cotejando que «demasiada familiaridad» aburre, que el estímulo pobre evoca saturación cognitiva y que el rebañeo primero escuece por disonancia y después ilustra por relevancia, lo que han venido a bautizar como «belleza eudaimónica», estímulos displacenteros atractivos tras activar intensamente sistemas de significado. No es por traer de vuelta el lema de Einstein sobre la estupidez humana, pero igual…
El quid final se llama integración. Acoplar influencia, habituación y valoración. El cerebro ya lo ejecuta por ti, no cuesta tanto. Si no quieres, algunas cajas estarán llenas, con los calcetines desparramados y nunca encontrarás los de tu color favorito porque están apretujados al fondo. Otras cajas estarán vacías. Yo he empezado a vestir con pares disímiles, un insulto al protocolo. Si me regañan, aludiré a una enfermedad neurodegenerativa. Soy autista en proceso de evaluación; puedo permitirme algunos chistes.
X. Farmeando aura

Inauguramos el décimo capítulo y concluimos: el criterio no es una facultad privada del alma, es una tecnología social de clasificación. ¿Hasta dónde podemos llegar con ello? Pierre Bourdieu dibujó su puente entre estética y clase. Lo que una época llamará «buen gusto» será resultado de una distribución desigual entre capital cultural, económico y social que dará forma al habitus (disposiciones en el hábitat social) de toda una generación. Es por eso que, si estás conforme con esas coordenadas, te parecerá que esa sensibilidad es algo ubicuo y natural, pero opaco e incluso humillante para quien llegue tarde a él. Una violencia suave y persistente que se torna en física cuando desplaza a quienes necesitan acceder a ese «buen gusto» y, sencillamente, no pueden. La belleza es privilegio y capital erótico —citando a Bataille— porque regula tanto el deseo como la credibilidad que emiten los cuerpos.
Y si la Antigüedad dio a la belleza legitimidad metafísica —por ponernos simplistas—, si el cristianismo y la temprana modernidad la moralizaron y la convirtieron en una pedagogía del cuerpo legible, el siglo XIX hizo algo todavía más decisivo para la tesis de este ensayo: popularizar el reparto de lo humano a través de la narración visual. La novela, el folletín, el gótico, la caricatura, la ilustración científica, la pintura académica y los espectáculos de rarezas convierten la apariencia en una tecnología narrativa de extraordinaria eficacia. El rostro, además de contemplarse e interpretarse, ahora cuenta historias antes de que su portador abra la boca. La cicatriz resume un destino, la asimetría anticipa una culpa. La deformidad anuncia un exceso torticero, un trauma o una amenaza. El lector aprende a leer e intuye giros antes incluso de aprender a sospechar de esa lectura. Y eso no es narrativa, son masajes.
Cuando el papel escasea, el prejuicio estético torna en alfabetización emocional. Basta pensar en la economía del penny dreadful, una literatura despreciada por ser consumo barato de la chusma y que sirvió de padre del fanzine y la subcultura pulp. En ella, la legibilidad rápida del carácter era prerrequisito y, la marca corporal, un buen atajo para potenciar el gesto del villano en dos frases, como en una viñeta de tebeo. Una garantía de que el lector iba por buen camino en sus pesquisas mientras, en las calles, la gente tapaba sus miserias, recurriendo a prótesis de madera y ojos de cristal para convocar el recuerdo de cierta normalidad. Una taquigrafía visual que se radicaliza con el gótico. El engendro, el espectro, el doble o la criatura compuesta no solo producen miedo, sino que organizan ese inquietante reparto que enseña a asociar desviación corporal con desorden de categoría. Lo monstruoso fascina, pero también disciplina porque señala la frontera y nos dice hasta dónde llega lo aceptable y dónde empieza el territorio de la anomalía.
Y quién le diría al francés Joseph Niépce que aquella larga exposición para preservar su ‘Punto de vista desde la ventana en Le Gras’, foto tomada en 1826 tras dos días de inusitada paciencia, sería el último clavo en esta tumba. Y, de la pirotecnia de la fotografía, al cine, la publicidad y la televisión: nunca antes había sido tan fácil fijar, reproducir, distribuir y jerarquizar rostros a gran escala. El cuerpo bello ya no es una promesa filosófica, es algo tangencial, infraestructura visible del capitalismo moderno. La fotografía democratizará la representación y servirá de espacio para el tráfico de imágenes y registro del primer porno digital. Una nueva economía de lo comparativo estaba a punto de petarlo. Lo visible es archivable, se clasifica, coteja y reproduce. La cartelería publicitaria, el star system naciente y las primeras revistas ilustradas terraformaron la belleza en evidencia impresa e industrial.
En los albores de la mercantilización y reproductibilidad se presentó Walter Benjamin para hablar del aura. No la que se farmea, la que se emite: cada obra posee una autenticidad y singularidad no replicable que se enraíza en la tradición y el ritual. Lo mismo aplica para cada cuerpo, y las técnicas de replicación lo destruyen al sustituir lo único por lo masivo. Además, la reproductibilidad técnica redistribuye ese magnetismo: la estrella de cine, el careto publicitario y el cuerpo fotogénico adquieren una nueva forma de aura industrial. Un ideal fundamental para el capitalismo estético contemporáneo: cuanto más accesible se antoja la imagen, más distancia produce respecto a los cuerpos ordinarios. Para cuando empieces a notar que cierto sérum facial te hace efecto, el mercado se habrá desplazado hacia una nueva tendencia.
Después vendrá el estrellato con su ideal moralizador de la fisonomía en movimiento. Hollywood no solo fabrica estrellas, fabrica gramáticas al servicio de unos pocos agentes. El maquillaje expresionista, herencia del teatro, dará pie a un naturalismo de encuadres y composición de planos que evocan cercanía, heroísmo, romanticismo, confiabilidad… Los primerísimos primeros planos resignificarán los objetos hasta amputarles su condición de parte-de para ser píldoras únicas de significación. Fuera del foco quedará lo no deseable y nacerá la celebrity como pedagogía exportable del ideal.
A través del casting y la filmación posterior se determinará qué cuerpos merecen atención, qué rostros han de iluminarse y cuáles no. El villano permanecerá en la sombra, a oscuras. Análisis empíricos demostrarán años después que el espectador ya sabía quién era el villano antes siquiera de recitar una sola frase, en parte por presentarlos con cicatrices faciales, alopecia visible, alteraciones dermatológicas, mandíbulas amenazantes y otras desfiguraciones o configuraciones alejadas del prototipo heroico. El mal, codificado en la superficie. Y no porque el séptimo arte descubriera una verdad biológica, sino porque disfruta de esos atajos de lectura rápida. El cine no solo refleja sesgos: los entrena. Tras la pausa publicitaria, las maldiciones autocumplidas.
En 2021 leí sobre esa inexplicable obsesión por los villanos demacrados en la franquicia de James Bond. Me autocito de mi ensayo ‘Por qué ríe el villano’: tras el estreno de ‘Sin tiempo para morir’ y su Safin, el malvado mascarado, se publicó ‘Skinema’, un tratado basado en la publicación académica The Face of Evil, cuyo estudio demostró que el 61% de los villanos del audiovisual presenta algún tipo de afección en la piel. A su lado, el guapo de turno luce su arañazo sexi y suelta «Tendrías que ver al otro».
Analizando los más icónicos villanos y héroes según el American Film Institute (AFI), más de la mitad de los malos tenían cicatrices, alopecia, verrugas, rinofima o cuerpos esqueléticos. ¿Los héroes? El 0%. Un rostro cicatrizado cubriendo un alma cicatrizada. Incluyendo vitíligo o arrugas prominentes, el British Journal of Dermatology elevó esa cifra al 76,5%. No pocos de los villanos más infames son entidades desfiguradas. La mirada burlona de Freddy Krueger, acompañada de una risa ronca y una rúbrica de quemaduras, igual que Darth Vader; la risión soberbia de Lord Voldemort, irreconocible en su forma final. Y así, hasta el mismísimo Satanás, velludo, cornamentado y plagado de pústulas y colmillos.
Un cuerpo demasiado grande o demasiado delgado, pálido y desgarbado o simple víctima de la asimetría, cumple con los rasgos de un antagonista. Y estas abreviaturas morales también están presentes en la animación infantil. Donde el héroe es suave, redondeado y armonioso, el villano se angulariza, se exagera, afila y oscurece. Quasimodo, así no hay modo, confórmate con sonreír. La caricatura del cuerpo se instala desde tan pronto que cuesta reconocer la potestad política de este ejercicio. Uno que se traslada a las aulas. ¡Cuánto daño ha hecho Disney! El rostro atractivo vira de la virtud a la salud, la higiene, la modernidad, el éxito y la buena vida. El enunciado es claro: consumes lo que te hace bien. El verdadero monstruo que sale del cine y se pasea por la calle, entra en las oficinas, los tribunales y se instala en el espejo de tu cuarto de baño es ese, el que criaron al calor de los focos. Te enseña quién merece ser visto de cerca porque, de noche, todos los gatos son pardos y «con dos copas, todas las tías están buenas».
Ya profundizaremos en la medicina cosmética, la ortodoncia, la dermatología estética y toda una serie de disciplinas que, desde principios del siglo XX, colaboran con la normalización de una tipología concreta de facciones que no buscan curar sino corregir. Un ideal administrable ante una desviación susceptible de intervención. ¿Dientes amarillos? Eso es de quinquis, qué asco; apunta: luz LED fría, rotuladores blanqueadores y dormir con una buena férula. El cuerpo deja de ser destino: son las alforjas cuyo peso cargas y son mutables en tanto germine y crezca en tu deseo esa broma infinita de que «las necesidades son ilimitadas». No tienes por qué sufrir tanta aberración en tus carnes; hay alternativa. Por eso ahora quiero hablar de engendros.
Y si el siglo XIX producirá, en las postrimerías del romanticismo tardío y el decadentismo, una enorme fascinación por lo extraño y lo maldito, el siglo XX será hogar de contraestéticas como el expresionismo y parte de la vanguardia que se abrocha junto al surrealismo, el grotesco moderno, el cine de monstruos, las poéticas de la deformación y buena parte del arte de posguerra.
Y así viramos de circos como el de Carl Kludsky, cuya troupe ostentó récords de 700 animales salvajes y exóticos, a la menagerie de siameses, andróginos, pigmeos y hombres-lobo. A alguien debió de parecerle una idea maravillosa replicar la fórmula con personas. Esta fascinación no quebrará el régimen, lo sofisticará. ¿Y? Paga la entrada y calla, consume un espectáculo de rarezas. ¡Bienvenides al freak show! El monstruo entró en escena etiquetado como un león de melena blanca. Objeto de curiosidad, personas con hemihipertrofia, problemas de salud mental, gigantismo, enanismo, ambigüedad sexual (mujer barbuda), rasgos raciales exotizados o discapacidades visibles serán mercancía visual durante un periodo de trauma y posguerra. Tras la Primera Guerra Mundial, las tendencias dieciochescas en torno a la herida y el cuerpo roto lamieron la costra, la subjetividad deformada por la violencia.
Asombro deshumanizador que monetiza dicho asombro. ¿Se puede ser más cruel? Por descontado. Los esperpentos fueron una constante durante el siglo XX, habitualmente construidos y reinterpretados para servir de termómetro social y medir tolerancia racial y compasión limítrofe. Por eso, con sus desaciertos, me encantó cómo ‘¡La novia!’ (Maggie Gyllenhaal, 2026) reescribía el mito del monstruo clásico de Universal para saltar de una lectura gay a una relectura de clase absolutamente aguda. Porque de eso va la monstruosidad, de una forma de injuria. Marcar la piel, cortar el rostro, quemarlo, fueron durante siglos formas de dominación o castigo. Solo hace falta dejarse caer por una biblioteca pública y ojear esos pasquines donde se caricaturiza a ciertos cargos políticos o figuras de poder: porque siempre hay que apuntar hacia arriba, aunque a veces el escupitajo vuelva a tu cara.
Campañas como ‘I Am Not Your Villain’ y alguna que otra ONG como el FEI (Face Equality International) pusieron de manifiesto la evidencia: las heridas visibles son también muestras de desconfianza —propia y ajena— y van asociadas a problemas de autoestima y salud mental. Las cicatrices son feas, marcas de una vergüenza que ocultar, algo que conecta con la tradición estética: más guapo, más confiable. A la mirada heterogénea tampoco ayudan las hegemonías y los monopolios artísticos: de los diez principales estudios de animación del planeta, más de la mitad proceden de EEUU. A saber: Pixar, Disney, DreamWorks, Illumination, Sony Pictures, Blue Sky y Laika. Les niñes aprenderán a identificar al malo antes de que el guion lo confirme.
Claro, todo es mercantilizable mientras haya una sola persona dispuesta a pagar. «Nuestro anticapitalismo nos permite seguir consumiendo con total impunidad», que diría Mark Fisher a propósito de la interpasividad y la sumisión semiconsciente. Y esto no es otra cosa que fetichismo de la mercancía, acuñado por el abuelo Karl Marx, aplicado a seres humanos. El loco nihilista y el antagonista representado como antisistema seducirán a los idiotas: un Joker por aquí, un Tyler Durden por allá, un Walter White por acullá. «Soy yo literal», razonará el erudito de turno. Recomiendo encarecidamente la lectura de ‘Monstruos del mercado’, de David McNally, para profundizar en estas cuestiones sobre violencia colonial y capitalismo ilustrado. Como fuera, la literatura decimonónica no inventó la asociación entre belleza y virtud, ni entre fealdad y peligro; lo que hizo fue volverla íntimamente argumental. Se instaló en el hábito de lectura de millones de personas y transmutó el problema filosófico o teológico en convención de fábula ligera.
Como esos chicos trans que pasan el día haciéndose la pinza en la camisa para despegársela de las curvas, yo pasé varios veranos manchegos vistiendo ropa larga, holgada y oscura que ocultara toda forma de desprecio. Mi cuerpo pedía respeto y yo le imponía reglas nuevas. Mi brazo gritaba de dolor y yo le mandaba callar porque no soy ningún marica. Como discapacitado que soy —sobreviví a una negligencia laboral que implicó injertos de piel, decenas de grapas y clavos para recomponer un brazo que «daba asco»—, pasé años pensando si recurrir a tatuajes para reclamar cierta autonomía sobre mi cuerpo. Hasta que entendí que también estaría ocultando el hecho de que no había nada que ocultar.
Y esto me lleva inevitablemente al siguiente epígrafe: lo queer. Soy consciente del error de bulto en el que incurro al abordar la cuestión queer en un ensayo sobre la fealdad. Permítanme intentarlo. Bueno, de hecho, antes un meandro que erosiona y también perdona, un alto a la orilla de este emplazamiento que son mis filias.
XI. Arte y abyección
John Waters es mi padre. No biológico, ¡pero casi! Este abyecto, persona non grata cuya financiación de sus proyectos costó décadas y ahora es el invitado de honor en todas las fiestas, este genio, amigues, ha hecho más por la belleza bizarra que la palabra bizarra por pervivir en el castellano. Me interesa además cómo Waters imbrica lo feo con lo sucio y lo sucio con lo feo, en un círculo de ingenio poco usual en norteamericanos. La villana Úrsula, no conforme con malvada, también tenía que ser gorda a ojos de Disney. Quiera la hemeroteca recordarnos que su mayor inspiración fue la drag Divine, actor fetiche de John Waters y quien, asumo, tomó su nombre de la heroica protagonista de ‘Santa María de las Flores’ (Jean Genet, 1943).
Su primerísimo ‘Mondo Trasho’ (1969) debía el nombre a ‘Mondo Cane’ (1962) —también estaba por ahí ‘Mondo Bizarro’ en 1966, además del autoconsciente disco de los Ramones— y aquella obsesión de italianos y alemanes por la cinematografía de casquería y caníbales. Considerado el director más feo por ‘Vivir desesperadamente’, Waters explora el arte basura, ya sea como el concepto de «arte a partir de objetos encontrados» o como arte maldito creado desde errores y sobras de materia prima sin tratar o tratada de manera accidental. Y en la basura se hallan tesoros. Piensa en glitch art, en collage o la transcripción de écriture automatique postulada por Pierre Janet: hay un murmullo gutural que ruge y borbotea bajo ese coro del ruido blanco que es vivir dominado por los autoritarismos estéticos.
¿Un ejemplo? La escena en ‘Možnosti dialogu’ (‘Dimensiones del diálogo’, 1982) de Jan Švankmajer, donde dos cabezas hechas de materia orgánica —una de fruta y verdura, otra de metal y cacharros mecánicos— se devoran mutuamente, trituran e incorporan la una a la otra, hasta vomitar una síntesis de ambas que ya es otra cosa. A partir del mismo tropo, este diálogo se repite una y otra vez con distintos componentes y resultados. Asumo que ‘Titane’ tendrá influencia de esto, aunque también encuentro rimas en ‘Tetsuo’ y mucho cine del todavía malinterpretado Shinya Tsukamoto. La conclusión es que aquella es una de las imágenes más exactas que puedo convocar sobre qué significa el diálogo real, ese encuentro que no es coexistencia pacífica sino contaminación y transformación mutua. Y no puedo evitar que mi cabeza la emparente, semántica y alegóricamente, con una lectura estructural de la belleza.
Švankmajer, quien se incorporó al Grupo Surrealista Checo en 1970 y era un consumado escultor a partir de trastos viejos y rotos, jamás atendió a los surrealismos de corbata y relojes derretidos. Yo pagaría una pasta por compartir unos días en su taller. En su mirada escéptica y politizada, cada objeto ordinario carga con una pesada memoria social. Sus animaciones stop-motion con carne, arcilla y objetos domésticos deformados evocan ese uncanny —lo unheimlich freudiano, lo inquietantemente familiar— que en realidad es reconocimiento indeseado: admites algo que no querías admitir. Bendito sea el arte que enseña a mirar. El giallo más sucio, el underground alemán, el nuevo extremismo francés y un largo etcétera: tendencias que apelan a aproximar el núcleo artístico hacia los extremos. Es normal porque, contra lo que pudiera pensarse —insensibilizarnos por empacho—, esta creación artística habitualmente apela a sensibilizar desde los extremos.
Leer la beldad en lo feo también es pintar como Maria Dulębianka o Nasta Rojc. Luego estaba Francis Bacon, que pintaba gritos. Al fondo de esas bocas abiertas, sus rostros se desdoblan en posiciones simultáneas, asumiendo que la identidad es una imagen borrosa que nunca llega a fijarse. Belleza multicapa; la persistencia de la existencia. O Zdzisław Beksiński, cuyo abrazo a paisajes de huesos, cielos sulfurosos y figuras encapuchadas en páramos sin horizonte ilustran una melancolía ante algo que no existe. ¡Mentira! Existe al conjurarlo. Vida sin nostalgia y triunfo agónico pero subversivo ante un futuro impredecible. El muy polaco ni una vez firmó sus obras y afirmaba que su pintura era música visual, porque debía producir resonancia antes que comprensión, algo emparentado con la tradición budista zen del kōan: la pregunta que no halla respuesta desbloquea algo en quien la habita durante el tiempo suficiente. No es necesario rememorar a John Cage para recordar que en el corazón del silencio cohabita la música más bella, todavía por tocar, interpretar o registrar.
Mientras estudiaba artes, ¡algo estudié!, ante mí se presentó uno de esos pilares ineludibles, el fotógrafo Joel-Peter Witkin. Su obra, poblada de cadáveres yuxtapuestos, hermafroditas, personas con deformidades físicas, cuerpos mutilados y reconfigurados en retablos, mezcla lo sacro y lo profano con una indiferencia litúrgica. Witkin trata lo abyecto con la misma seriedad con que Van Eyck pintó a la Virgen. ¿Por qué? Porque Witkin se niega a aceptar la jerarquía de los cuerpos: le devuelve a la belleza su primacía como categoría de valor, y sus sujetos, realumbrados, existen en una historia alternativa. Poseen dignidad, no como excepción al canon sino partiendo de la premisa de que no hay canon ni arquetipos en la Idea Digna. He puesto las mayúsculas porque me apetecía, sí. El cuerpo envejecido, el dañado, el cuerpo que no encaja en ningún formato de consumo, ese es el que da forma a su aparato visual de, me permito la redundancia, exclusión visual.
Hans Bellmer y sus Poupées también me vienen a la cabeza: muñecas articuladas, reconfiguradas y fotografiadas con la frialdad estética de un archivo de antecedentes penales. ¡Cómo vende un true crime! Sin embargo, aquí son anagramas: Bellmer problematiza esa relación entre cuerpo femenino como material disponible para la fantasía masculina, y lo emancipa —aunque tampoco necesita validación de señoros, sea artista o artero—. El cuerpo humano perfecto es turbador porque es irregular a la realidad. Si a ti te excita eso, vives atrapade en la ficcionalización de una ficción.
Quiero creer que en pleno 2026 hemos dejado atrás décadas de folletín visual en clave de true crime, una narrativa viciante que aún coletea y no teme mostrar con crudeza la tortura escenificada y vísceras en primer plano, tan dependiente de un constante shock value. Este género, a su vez, partía de la bastardización de la novelización de hechos probados, el llamado periodismo literario. Desde la mirada voyeurística, más o menos policial, en aras de a saber qué verdad, retozaremos en esa dramaturgia y estilización arty ante algo tan ignominioso como es documentar un truculento asesinato. Una vez más, pornografía de los hechos, que es pornografía de la información, que es pornografía de la imagen mental. Antisociales guarros y salvajes, asesinos en serie que padecen manías autolesivas: el canon edifica el tópico. ¡Qué bendición que existan series como ‘The Fall’! En suma, la fealdad nunca es excluyente si responde a necesidades de narrador gandul. Si se puede encapsular como espectáculo, ironía, escándalo o morbo, se prestará a una tolerancia tramposa. Pero que no salga de la jaula.
Y esto me lleva al audiovisual en plural, tan bien copado, plagado de ejemplos. Recuerdo el momento exacto de una noche aburrida, haciendo zapping por HBO, cuando me topé con ‘The Shivering Truth’ (Adult Swim, 2018–2020). El piloto, The Nurple Rainbow, es una obra maestra en sí mismo —más adelante, como Pasolini, se pondrá pesadísimo con las filias sexuales, aunque sin olvidar la comedia—. En él, el autor Vernon Chatman plantea una tesis que modula hacia otro lugar sin meta y sigue por esa improvisación-río que recuerda a los estados alterados de conciencia. Y lo monta con arcilla en sketches que operan igual que sueños lúcidos forzados: pese a las pistas, no hay asidero real. ¿Qué significa qué? Chatman quiere que el aparato interpretativo entre en colapso.
Tirando del hilo anterior descubrí ‘Wonder Showzen’ (MTV2, 2005–2006), también de Chatman y John Lee, un programa de televisión infantil que utiliza recursos visuales y lenguaje prepúber para introducir contenido que ningún adulto querría presentar a un menor: trabajo alienado, violencia sistémica, racismo, muerte… aquello a lo que habrá de hacer frente en algún instante de su vida, a través de lenguaje de confianza y rudimentos que desenmascaran la brutalidad de este mundo tan a veces inhabitable que llamamos vida. Y si tengo que pensar en estos términos, ‘South Park’ es la Capilla Sixtina del mal gusto. Esos recortables, tan deliberadamente toscos —tras el piloto ya ni se hacen con papel—, dominan una respetabilidad defensiva a la que una película de Disney no puede ni aspirar. La fealdad pragmática de esta cutrez de Matt Stone y Trey Parker desactiva el mecanismo de las audiencias asociadas a calidad, porque su gozosísima calidad reside en su potestad política y su manera de mirarnos a la cara.
Y si hay un territorio donde me encuentro cómodo serrando barrotes o descalzándome, es en los videojuegos feos. Por citar uno, los juegos de Jack King-Spooner —‘Dujanah’, ‘Sluggish Morss’ y otros— albergan esa cualidad de empujar hacia afuera, la resistencia ante ese pequeño pánico del diseñador que es no explicar cuáles son las reglas y decidir que te las apañes como buenamente puedas. Mason Lindroth va por la vida con las mismas vibras. ‘Hylics’ es ya un clásico y ‘Hylics 2’ va más lejos aún en esta exploración de lo que la estética videolúdica puede manifestar cuando se libera de las imputaciones para ser agradable. Arcilla, puntillismo de cómic, pixel art y pinturas abstractas se pisotean y configuran un mundo hermético con sus propias leyes perceptivas: si aprendes a hablar su idioma, bienvenide. Es obvio que ‘Psychopomp’ y las texturas de ‘Cruelty Squad’ o ‘Bird Museum’ no parten de los mismos preceptos estéticos, ni los juegos de Edmund McMillen se pueden emparentar con ‘BÅÅBÖSÅÅNGJÅÅR’ o ‘Mouthwashing’. En la variedad (de fealdad) está el gusto.
Viendo pelis como ‘Tale of Tales’ de Yuri Norstein o jugando al ‘The Cat Lady’ de Remigiusz Michalski me pregunto si existe algo más bello, sin ápice de ironía. Me recuerda un poco a lo que el filósofo Nishida Kitarō llamó basho (場所), el «lugar de la nada absoluta», ese raro espacio que se constituye por sustracción de determinaciones. Es decir, si no pones algo de ti, ¿cómo esperas completar la experiencia artística? Más que a un binomio emisor-receptor se apela a la translocución. En la belleza normalizada no hay basho porque todo está ya determinado, con significado asignado y computado. Pero la vida no es así. La vida está carente de significados y a duras penas nos agarramos a la maraña de nudos que son los significantes para salir a flote y sobrevivir en su aleatoria perversidad. Piensa en ese milisegundo entre buscar y hallar la palabra para subrayar algo que sientes.
The Residents hacían música igual que se afilan cuchillos y preparaban maquetas igual que se cargan escopetas. Y me chiflan, igual que me flipa el Zappa más desquiciado, o Magma (originador del zeuhl) y gente clave del Rock in Opposition como Roger Trigaux, Henry Cow, Hermeto Pascoal o toda esa escena de improvisación venida de Sun Ra y John Zorn. Si esto me hace parecer alguien que convierte sus obsesiones personales en argumento filosófico, estoy en paz con la acusación. The Residents producen música que no quiere ser escuchada de la manera en que el pop nació para ser escuchado: llenando espacios. Su concepto del Mole Show, sus óperas de collage, sus intervenciones en el American Composers Series donde reinterpretaban a George Gershwin y James Brown como quien tira platos contra las paredes, esas cabezas en forma de globo ocular, el anonimato como postura ontológica, todo esto construye una verdad artística: no vas a domeñarlos según tus reglas. Eso sí es un «¡Viva la vida!» y no el que cantaba Coldplay.
Porque esa separación entre placer auditivo y valor estético me parece capital. En la estética hedonista, cuya cronología va de Epicuro a cierta variante del empirismo anglosajón, pasando por buena parte de lo que entendemos por consumo cultural contemporáneo, se asume que el valor estético es inseparable del placer que produce la obra. The Residents demuestran que nanai, que naranjas de la China: una obra puede no producir placer y producir conocimiento, transformación, implosión perceptiva, incluso formas de alegría —la de Spinoza, el conatus ante esa capacidad de afectar y ser afectado—. El arte es algo vivo.
Pero no toda expresión artística está viva. Y ni falta que hace. Pensemos en el pensamiento budista Mahayana, el «Gran Vehículo», donde la bodhi (despertar) no se describe como un estado de placer sino como uno de claridad. ¡Volvemos a la iluminación religiosa! Es solo que aquí, en vez de placentera, es, de hecho, profundamente incómoda. Porque la revelación es lo contrario a la ilusión. En el sentido de Stendhal («une promesse de bonheur»), la belleza es una apertura hacia algo que todavía no ha ocurrido. Tanto da la predisposición, lo que venga será la vida misma, una brecha emergente que debes administrar a pelo, sin esa tecnología de poder que fabrica obediencia. Así se curte la sensibilidad, así expulsarás al demonio del capitalismo de tu cabeza. Y aquí no hay vida ni muerte, hay una permanencia que escapa de esa urgentísima necesidad por cuantificarlo todo, venderlo, sacarle rédito, recuperar retorno, reinvertir, crecer, expandirse, explotar y arrasar con cada centímetro de riqueza ajena. Ante esto, una gargantilla del siglo V antes de Cristo irradia valor y belleza en silencio. Deliciosa ironía: atrapada, desde su vitrina escapa al control del poder.
Hoy día, lo que entendemos por abyección es distinto de lo que acuñó Julia Kristeva en ‘Poderes de la perversión’ (1980). Su concepto, repetimos, designa aquello que el sujeto expulsa de sí con el fin de constituirse en conformidad de la coherencia general. Es decir, fluidos corporales, muerte y descomposición, aquello que nos recuerda que somos materia predispuesta a la corrupción y que en el sucio Medievo estaba tan mal visto. En vez de hacer referencia a algo repugnante, su mirada se clava en esa frontera del yo, lo que pone en crisis la distinción entre interior y exterior, entre propio e impropio. El arte que opera bajo las coordenadas de lo abyecto no quiere provocar arcadas, quiere disparar interrogantes sobre el mecanismo por el que esas fronteras se construyen y preservan. Una manera no violenta de señalar lo violento que la cultura ha codificado como digno de expulsar. Y esto da pie a mi siguiente epígrafe, ahora sí: lo queer.
XII. God save the queer

Hace unos años asistí a una exposición de arte queer. Allí aprendí sobre el proverbial origen del sodomita, aquel que, en clave jurídica y religiosa, se portaba feo —aquel que «fornicaba contra natura»—. También conocí el acrónimo alemán FLINTA (Frauen, Lesben, Intersex, Nicht-binär, Trans, Agender) y cómo estas identidades son aisladas en una lectura de «fealdad social», entendida como etiqueta arrojada sobre cuerpos que desobedecen los códigos del género y el deseo. El día a día exige legibilidad, obediencia cisnormativa y una cierta tranquilidad visual que eluda toda sospecha. Lo abyecto es un arma poética por su potencial didáctico, desobediencia y por su capacidad de desviar esa paz estética. ¡Orgullo!
Antes que categoría médica, «desviado» fue un clúster estadístico. La culpa la tuvo Adolphe Quetelet, el inventor del IMC (índice de masa corporal). Él definió el homme moyen en 1835 —el hombre promedio como ideal de referencia— aplicando la curva de distribución gaussiana a los atributos humanos. ¿Te acuerdas de Aristóteles, la geometría perpendicular al plano y la gramática de lo bello? Pues ahí tenéis a Quetelet resituando y apostándolo todo a las ciencias sociales. Y sugiriendo cortar lo que sobra. Francis Galton continuó su contribución con la «distribución normal» y la radicalizó hacia un nuevo y divertido concepto: eugenesia. En Alemania, Carl Westphal sospecha que la gente con «sensaciones sexuales contrarias» posee su propia naturaleza, algo que Foucault culmina. Émile Durkheim se saca de la manga la anomia. Pero el texto fundacional que desplaza la culpa del libertino pecador de comportamiento a perversión se llama ‘Psychopathia Sexualis’ (Krafft-Ebing, 1886). Después de siete u ocho décadas de guisar a fuego lento este aquelarre alquímico, Georges Canguilhem plantea en 1943 su ‘Lo normal y lo patológico’ y todo queda claro como el agua.
Y a falta de más Ramón y Cajal, España se empapó de los discursos psiquiátricos alemán y francés. La Ley de Vagos y Maleantes de 1933 (reformada en 1954) y después la Ley de Peligrosidad y Rehabilitación Social de 1970 utilizan exactamente el mismo vocabulario: bajo el franquismo, «desviado» es simultáneamente diagnóstico médico, categoría penal y estigma social. No fue hasta el 17 de mayo de 1990 cuando una Asamblea General de la OMS eliminó la homosexualidad de su lista de enfermedades. Despatologizó (CIE-11) la transexualidad el 18 de junio de 2018.
En fin, pregunta de las que entran al examen: ¿qué tenían en común los citados, además de patillas suaves? Exacto, señoridad. Es interesante revisar ‘El pensamiento heterosexual’ de Monique Wittig, donde relee el lesbianismo no en clave de sexualidad sino de rechazo a la categoría «mujer» tal como la produce el pensamiento hetero. O a Sara Ahmed en ‘Fenomenología queer’, donde estar «orientado» significa sentirse en casa y, por tanto, lo queer subvierte y reordena estas relaciones —razón por la cual los «desviados» no encajan en el hogar—. O a Audre Lorde y Angela Davis para saber por qué el feminismo interseccional, la cuestión de raza y clase, es inseparable de lo demás.
Aún hoy, la androginia, la transición, el desbordamiento drag o la performance queer se fulminan con lecturas económicas y blanquea y se ampara en el castigo de distintas formas de violencia que van desde la ridiculización hasta la tortura médica, redadas, palizas o asesinatos. La deriva conservadora que vive la Estados Unidos de Trump ha dado lugar a verdaderas historias de terror. El cuerpo trans es sometido a examen permanente y hablan de «hacerles hincar la rodilla», «luchar o morir» y demás retórica belicista. Spoiler: no es retórica, quieren guerra. Por eso las personas se ahogan, porque el cuerpo prioriza funciones básicas y respirar es más urgente que pedir auxilio: un amplio estudio constató que los jóvenes LGBTQI+ en Estados Unidos enfrentan las tasas de suicidio más altas en sus respectivas edades por culpa de esas políticas restrictivas. Y la disidencia corporal no enseña que la superficie es campo de batalla, es un lugar de soberanía y verdad.
El asesinato en Ciudad de México de Paola Buenrostro dio pie a la tipificación del transfeminicidio. Karla Valentina Camarena, en Guanajuato, también fue víctima de esta forma de odio y brutalidad, que ha repuntado en los últimos años, con casi 800 casos registrados según la UNAM, solo en México, con incidencia especialmente alta sobre mujeres trans. 2022 fue «el año más violento», con tiroteos en Oslo, Bratislava, Colorado Springs. 2026 no ha ido a menos. Y la cuestión no orbita en torno a la fealdad sino a que quien no se ajuste a la codificación normativa debe estar fuera. Fuera significa pum-pum. Y eso produce una ira perversa que conecta con mi teoría sobre la belleza como herramienta política para ejercer control y, por ende, violencia sistémica.
Es de locos que estemos volviendo a la cultura ballroom, nacida en Nueva York en los años 60 y creada en mayor medida por personas afroamericanas y latinas queer y trans, a las casas de resistencia contra el racismo y la transfobia, a los espacios seguros porque ahí fuera el mundo es peligroso. Al menos se han recuperado las pasarelas de moda y el voguing (competiciones de baile), demostrando que estas personas, además de bellísimas, son camp, esa sensibilidad particular que brilla en lo drag —ese «amor a lo exagerado», como lo describía Susan Sontag— absolutamente irrompible. La comunidad hijra es una población transgénero reconocida en el subcontinente indio, con una crónica que se remonta a más de dos mil años. Los fa’afafine de Samoa y otras islas del Pacífico, las kathoey tailandesas, denominadas vulgarmente ladyboys, los sekrata de Madagascar, los muxes mexicanos y esas personas trans de Colombia que se ocultan y refugian en plantaciones de café saben de qué va esto.
La cultura drag ha padecido durante décadas, tachada de fea, ridícula, excesiva, inferior, caricaturesca. Un juicio adoctrinador ante una batalla cultural que descompone los ideales de belleza como naturalidad y revela su artificio. El maquillaje hiperbólico, la peluca imposible, el gesto camp, la feminidad sobreactuada o la mezcla deliberada de glamour con ropa sucia o rota exponen que toda belleza normativa nada en una teatralización permanente. Por eso el orden reacciona llamándolo grotesco. Así se forjan tabúes donde apenas debería haber fetiches. A mucha gente lo filth le da miedo. ¿Por qué? Hay una tesis doctoral sobre The Boulet Brothers’ Dragula que lo desmonta: la monstruosidad no solo subvierte los ideales de belleza, también lo drag. Y lo hace a través de la higienización del deseo, asimilando el fracaso y la inmundicia como parte de lo natural.
La tesis sobre ‘RuPaul’s Drag Race’ como marca homonormativa subraya que la mercantilización mainstream del drag puede estandarizar y desradicalizar culturas más insurgentes. El mercado tolera la desviación mientras sea producto. Lo drag genera procesos de subjetivación y comunidad más allá del espectáculo. Pero es que la presión social opera a múltiples longitudes. Tal es el afán por la validación que tampoco me ha costado ver a la pimkie de turno presumiendo de tener un amigo trans o una hermana drag, como quien presume de un complemento enganchado al bolso. O artistas que integran estéticas trans y fluid gender como quien pasa por una etapa rapera. Y puedo entender que Fever Ray asuma las coordenadas del black metal, pero me cuesta entender por qué Janelle Monáe o Doja Cat le roban a SOPHIE y Arca lo poco que les pertenece por derecho propio.
El disciplinamiento del cuerpo es una navaja que imprime cicatrices. Y el de la mente, el intolerante a una feminidad no dócil o masculinidad plagada de estereotipos machistas, es aún más peligroso. Porque borran la especificidad de cada une de nosotres, imponen un modelo de estar en el mundo que no guarda relación con el código civil, sino con el comportamental, con unas directrices de conducta cada vez más ambiguas con los derechos humanos, y más alineadas que nunca con esos valores corporativos que implican obedecer y no hacer preguntas. Y hay que cuidar la singularización, porque es lo único que le queda a mucha gente: dialectos, doctrinas, geometrías. Y sin esto no existe transgresión. Y si la hay, es que es incorrecta, porque la corrección va invariablemente atada a un marco administrativo concreto, mientras que lo incorrecto es ajeno a ese reglamento.
El autista era el rarito de clase hasta hace cuatro días. Y el rarito era prescindible entre las elecciones deportivas y académicas, salvo que destacara con valor tangible sobre la media. Hemos perpetuado durante eones ese binomio de loco-cuerdo o funciona-no funciona. Aun así, poquísimo a poquísimo, empezamos a vislumbrar cierta luz dentro del cosmos de las neurodivergencias. ¡Se estima que afectan a una cuarta parte de la población mundial! En el mercado de la carne, en cambio, seguimos viendo lo corpotípico como la adecuada forma de existir. Lo corpodivergente todavía propone entre una enconada defensa —«¡Si quieres puedes, ponte a correr!»— o un ataque frontal: «¿Entonces no quieres, puto gordo?».
Es más, mucho más. Es «esa nariz torcida te la arreglas con tres-mil-ka», es «ponte pelo y se acabó el trauma», o «yo me hice los labios, la mejor decisión de mi vida». Cada persona es dueña de su cuerpo, posee autoridad sobre cada centímetro de su piel y elige qué desea proyectar, ocultar, sexualizar, trabajar, replantear, extirpar o incluso, en último término, erradicar. Defensor como soy de esas libertades, jamás se me ocurriría poner aquí un pero. El pero son, evidentemente, las fuerzas del capital y cómo el sistema vuelve una y otra vez a manipular esa agencia, esa capacidad de elegir, esa expectativa y ese anhelo sobre ser siempre otra cosa que rara vez ha sido por imperativo natural. Libertad no es autonomía, igual que autonomía no es ausencia de dependencia.
Una bandera de AliExpress y vendrá el capital a resignificar las interpretaciones de lo feo, fiscalizarlas y hacer caja con ellas. Una pulsera de Etsy y esto proporcionará cama y techo seguro para aquellas personas que se asustan cuando ven a cualquier neurodivergente por la calle y no le quitan ojo hasta que cruzan miradas —rara vez—, ríen o directamente se apartan, despreciando que les autistas, tourettes o les síndrome de Down son una bola difícil de tragar y no tienen por qué soportarla en su eugenésica e idealizada ciudad —sí, hablo de Suecia o Dinamarca, donde hay «mucha gente guapa» y mucho cribado prenatal—. Sin coerción explícita, faltaría más. No poseo análisis que lo respalden y aun así sospecho que amar lo feo eleva la conmiseración. Empatizar es el primer paso para entender a les demás.
XIII. Escapar del escaparate
¿Recuerdas cuando dije que la foto era el último clavo? Iluso de mí, todavía no habían inventado los ‘Me gusta’. Verano de 2007, la dibujante de cómics Leah Pearlman le dice a su amiga: «¿Por qué no creáis un botón con una especie de bomba?». La primera era diseñadora en News Feed de Facebook. La segunda, ingeniera. La bomba recibió un nombre en clave, ‘Props’. Todavía quedaba darle morfología: ¿una estrella, el símbolo + o quizá un medidor de awesomidad? Si bien el ‘Like’ nació en FriendFeed, entre exempleados de Google, no tardaría en ser absorbido por Facebook, donde explotó la bomba y modificó el comportamiento de nuestra especie. Así acabó adaptándose el pulgar hacia arriba en febrero de 2009, el «me gusta» que arrasó con todo y caló en cada red social existente, bien en forma de corazón —Vimeo lo venía usando desde 2005— o cualquier otra mierda para adictos a la psicometría.
A más «me gusta», más precisión y acierto en las suposiciones sobre orientación sexual, afiliación religiosa, inclinaciones políticas o filias culturales. El algoritmo sabe más de nosotros que nuestros padres, nuestras parejas, de los apetitos que seríamos capaces de confesar en voz alta a nosotres mismes. Semejante desnudez solo puede conducir a un protocolo de supervivencia: autoexposición. Así, al menos, eliges cuánto y cómo. ¿A dónde quiero llegar con esto? A que en las redes sociales, quien más se deja ver es quien más vivo aparenta estar. Julia Lescano lo verbalizaba en su ensayo ‘Vida escaparate’: «¿Vivir para ser visto o ser visto para vivir?». Estar conectado no es suficiente, hay que comprar el aro de luz LED de las narices y enfocarse, enmarcarse, existir a través de una traducción especular medida en clics sobre un icono cardiaco.
Yo, igual que tú, estoy obsesionado con la belleza. ¿Cómo si no podría haber redactado treinta y tres mil palabras sobre esta cuestión? No soy sino un novio despechado, o quizá la medusa atemorizada por los espejos de la sociedad. Dice el mito que en pleno templo de Atenea, Poseidón la sedujo y, ante la negativa, violó a Medusa. Ella quiso huir pero Atenea juró darle caza. Con ayuda de Perseo, envenenado de juramentos, acabó encontrándola y la mató mientras dormía. La decapitó como a una bestia y después usó la testa para vencer a sus enemigos. Sin embargo, igual que ilustraba Hanna Lynn, Medusa nunca fue una abominación de escamas y mirada pétrea, de lengua tentacular, garras de reptil y colmillos de jabalí; aquellas eran las gorgonas de la isla. La verdadera isla, Serifos, fue el lugar donde Dánae, madre de Perseo, vivía secuestrada por el rey local. Dánae también fue violada por el mismísimo Zeus y corría una suerte idéntica a la amada de Perseo, Andrómeda: él tenía mucho por quien luchar.
¿Qué nos enseña este mito? Que hay que matar a los líderes. Pero se nos olvida, estamos distraídos, letárgicos ante una cosmovisión espectral. Nos exponemos sin tregua, confusos. Nos aislamos, en esa necesidad de sublimar una honda sensación de soledad y vacío. Un aislamiento que acrecienta el desamparo. Cada «me gusta» confirma que valemos para alguien; lo dice esa vibración y ese número pintado de una longitud de onda que acelera el ritmo cardíaco y te prepara neurofisiológicamente para la acción. Pero no hay acción, hay frustración. Subimos entonces la marcha y, a través de la mirada ajena, existimos y somos relevantes durante un instante. Un tap de escaso coste para la otra persona, tan vital como un rezo para nuestra deidad interior. Llueve el haz de clics como una salva de promesas, sin rastro de subjetividad: debes creer y borrar los matices, las flaquezas. Salvo que puedas sacarles rédito. Monetizar el dolor también está permitido: atracones de comida, gangbang en directo, retos que impliquen torturar a tu novia en ropa interior desde un gélido balcón. La audiencia disfruta del bodegón moderno, de la descomposición vanitas vanitatum y la destrucción en tiempo real de la belleza. El espectáculo digital debe continuar. Y no hay dinero que perder.
Hace una década se nos prometió que llegaríamos a millones de personas. Alcance teórico, claro. El refinado de algoritmos evidenció el objetivo: sacarle a una generación entera hasta la última gota de sangre. Imagina un rebaño de ovejas que se despeña una tras otra, cayendo al abismo y fracturándose cada hueso al chocar contra el acantilado. Imagínalo bien porque ese fue el destino de bastantes artistas y creativos. Emily Baker-White reveló en enero de 2023 la existencia del «botón de calentamiento» de TikTok, ese perverso trile oculto en las tripas de la programación para convencer a los creativos de que produzcan contenido bajo reglamentos y microtendencias específicas. La estrategia también demostró ser muy útil para espiar los intereses de la gente. Todo era una gran pantomima. Tras el confinamiento se disipó la promesa.
Douglas Kellner profundizó en esta política: cualquiera podía participar en la conversación, ser un player. Emiliana Armano y Marco Briziarelli compilaron en ‘El espectáculo 2.0’ parte de la deriva: hacemos un chiste modulando el gesto como en un show de stand up, parlamentamos ideas con la autoconciencia de republicarlas en redes y desarrollarlas como si nos pagaran por ir a una TED Talk. Somos víctimas de nuestro propio mito de la caverna: somos las sombras chinescas. La personalización del algoritmo nos ha algoritmizado y nuestra vida social, laboral y hasta nuestra intimidad ya no puede prescindir de esa idea imperialista de vivir dependiendo de una entidad digital ulterior. El cuerpo como latifundio, sociabilidad tasada como mercancía. Subsumidos a esta cuantificación capital, ¿qué somos sin las estadísticas?
Pues depende: cuando fui consciente de la farsa de la horizontalidad e interactividad ubicua, opté por distanciarme de lo virtual y focalizarme en lo analógico. Tampoco hay que rayarse tanto. Se puede crear sin publicar, circulando solo entre colegas; se puede construir sin exponerse a la maquinaria del espectáculo. Es entonces cuando el poder pasa a tus manos, cuando en vez de leer jerarquías lees apetitos saciados, cuando dejas de pensar en lucro y piensas en el placer de aprender y celebrar la vida. El capital simbólico que nos llevamos a la tumba radica ahí, en las experiencias compartidas con gente real. La gente que se acordará de ti cuando ya no estés. Y elles no son ni Jeff Bezos ni Elon Musk, ni su séquito de palmeros.
El teórico del diseño Tomás Maldonado ya advirtió sobre la eficiencia técnica a expensas de la profundidad humana: nuestros cuerpos ahora son pulidos y pulidos hasta una pulcritud extraña, un paroxismo indistinguible del filtro de hace una década. El modo belleza estuvo divertido, someter el cuerpo a traumatismos mediante martillos y titanio quirúrgico, ya tal. Guy Debord y su sociedad del espectáculo también hablaba de Twitch, Instagram y TikTok: respirar postureando, mediatizados por una existencia teatralizada, una experiencia defocalizada, intermediada, extirpa cada gramo de lo que alguna vez fuimos. ¿Alguien recuerda la «droga Barbie»? ¿La skincare con esperma de salmón? No soy originalista, ni un flipado de la bioética —ambos escenarios socavan algo que yo no puedo comprender—; soy, en todo caso, feísta distante.
No puedo caer, sin embargo, en tildar toda dramaturgia social de malvada. Decía Erving Goffman en ‘La presentación de la vida cotidiana’ (1956) que la convivencia en sí misma es vivir aparentando. El masking a nivel básico es necesario para la intercomunicación. Entrar al patio de la sociedad implica ese juego de sospechas: qué podemos esperar y qué se espera de nosotros. No voy a ser yo quien repita la chapa de las tribus urbanas, los vestuarios, las inflexiones de tono y la gestualidad para proyectar cierta avatarización, pero me gustaría recalcar que el disfraz también alberga la cortesía de la coordinación intersubjetiva, la bondad de hacerse entender por el otro. El problema radica en la hiperextensión: que bajo la mascarada todo sea charada, performar amor sin sentirlo, amistad sin compromiso y apariencia como pose estética, nunca por esa digerida, aunque a veces visceral, convicción que nos empuja a pensar y actuar. Sin vínculos estamos muertos.
Frente a una hiperexposición que le drena la batería en minutos, que fatiga sus sentidos, mi propio hijo defiende internet como espacio de sociabilidad porque ahí elige cuándo detenerse y cortar la comunicación, cuándo mostrarse offline. Asimismo, me reconoce que los resortes psíquicos difieren, que el calado de lo virtual es menor, menos traumático pero más tramposo, por estar siempre sujeto a una subjetividad y una reinterpretación, que puede conducir a confundir realidad y ficción, en palabras del profesor de filosofía Jorge Linares Salgado.
Esta pasividad activa también produce sus propios efectos rebote, como el social detox cuya intención varía según la intensidad. Una lástima que hasta la autenticidad sea un nicho mercantilizado y dejen de llegarte reels sobre una rutina mañanera en seis fases para cuidarte la cara y recibas un reel del making-of y la presunta «humanidad» tras esa escenografía. Volvemos, en cierto modo, al debate de los años 60 sobre la documentalidad: el ojo siempre está politizado porque, allá donde enclave su mirada, decidirá por hiperstición qué entra en el marco y qué queda fuera. Incluso sin editar nada, hasta tumbar una cámara en una silla y ponerla a grabar dota al artefacto tecnológico de cierta escenificabilidad.
Se sabe que la algoritmia social amplifica lo conflictivo, el desquicie emocional y lo tóxico para generar mayor interacción y rentabilidad. Frances Haugen se jugó la credibilidad en 2021 con ‘The Facebook Papers’ para demostrarlo. Otro puñado de académicos lo contrastó. Nature analizó 500 millones de mensajes durante tres décadas y advirtió esa correlación entre redes sociales y toxicidad. Y se sabe que una larga exposición a esta fiebre parasocial destruye nuestra perspectiva real del mundo ídem. Se denomina distorsión de la realidad percibida y afecta a uno de cada tres jóvenes, mayor grupo demográfico en mostrar síntomas depresivos, ansiedad y, en casos extremos, ideación suicida.
Donald Horton y Richard Wohl acuñaron en 1956 esta idea de relaciones unilaterales con el apogeo del consumo televisivo. Luego el sociólogo George Gerbner lo denominó «síndrome del mundo perverso». Ya había mucho trabajo previo con respecto a la radio o incluso a ese clavar la cabeza en una novela de caballerías y salir de ella medio trastornado (¡hola, Alonso Quijano!). Es solo que el poder persuasivo de Twitter, cuyo magnetismo nos empuja a relaciones parasociales, es mucho mayor que el de la radio o la televisión.
Como recalca Shoshana Zuboff en ‘La era del capitalismo de la vigilancia‘, este «reclama unilateralmente para sí la experiencia humana, entendiéndola como una materia prima gratuita que puede traducir en datos de comportamiento». No somos clientes, somos las sobras, el excedente que ya alimentó al demiurgo turbocapitalista. Su instrumentarismo nos priva de pensar en el futuro porque empezamos a vivir automatizados, de modo que no podremos mirar a las distopías y hablar del cyborg, sino del autómata. Lo saben todo sobre nosotros, han modelado nuestra mirada y la han retroalimentado con el arma nuclear del siglo XXI: los algoritmos de personalización basados en aprendizaje profundo y redes neuronales.
Hablemos de crápulas. Los holandeses inventaron el capitalismo al cobrar impuesto por las dársenas al atracar los barcos en sus puertos. En el sistema de havengeld y stapelrecht, Ámsterdam no asumía propiedad ni responsabilidad jurídica ni de los barcos ni de su carga. ¿Qué hacía? Extraer rentas limpias del acceso a la infraestructura. El barco apoquinaba por atracar; lo que comerciara era problema suyo. ¿Qué fomentó esto? El pillaje con fletes más turbios como, por ejemplo, mujeres esclavas. En pleno siglo XVI, con el aumento de la oferta, la Marina Mercante llenaba las Speelhuis, casas de juego, baile y folleteo. Y como en los Países Bajos esta actividad era y es legal, el puterío de barrios rojos creció por La Haya, Alkmaar, Leeuwarden, Haarlem, Deventer, Doetinchem, Nijmegen, Groningen y Eindhoven.
Podemos aplicar una lógica similar sobre la verhuurder (operadora de ventanas o escaparates): en vez de propietaria del cuerpo o del acto, la bordeelmoeder (madre del burdel) solo es propietaria del espacio —la ventana más el cuarto— y cobra por turno de acceso. La proxeneta alquila este espacio a la prostituta, a menudo por día o fracción, trabaja de forma independiente, recluta a sus propios clientes y negocia precio y servicios. Cada cual se hace cargo de lo que pasa ahí dentro. Así, la trabajadora sexual pasa a ser contratista, como el capitán que paga el atraque. Un sistema de unidad fiscal extractable similar a las maisons closes parisinas o la Southwark stew londinense.
Tras siglos de cachondeo, las ordenanzas policiales de 1897–1902 prohibieron a las mujeres reclutar desde los portales. En 1911, Holanda se cargó los burdeles. ¿Y qué sucedió con tan pretérito oficio? Las autoridades locales lo toleraron siempre y cuando no se abordara a los clientes en los quicios, solo tras las cortinas de las ventanas. Así empezó la «window prostitution» o prostitución de escaparate. Las trabajadoras, antaño ruidosas y exhibicionistas, pasaron a ser como barras de pan tras la vitrina o juguetes de expositor. La mujer respetable siempre estuvo en la ventana. Esta reclusión reforzó mi siguiente disertación.
Hablemos ahora de muñecas sexuales. Decía Orlando Patterson que la esclavitud no versa sobre la anulación de la libertad; es la muerte social del otro, la práctica cotidiana de negarle el estatuto de sujeto con intereses propios. La persona esclavizada es alguien con conciencia, que padece. Una muñeca no, ¿verdad? Bueno, un estudio de 2024 mostró que la deshumanización mecanicista de mujeres — tratarlas como objetos — reduce la percepción de sufrimiento de las víctimas de violencia doméstica y minimiza la culpabilidad atribuida al agresor. Se sospecha incluso que el acceso sexual a demanda sobre una muñeca con aspecto infantil revienta por los aires la percepción del derecho sexual. El consentimiento es la clave. Por ejemplo, un estudio australiano reveló que el 15,1 % de los encuestados reconocía sentir atracción sexual por niños y adolescentes y que, si nadie se enterase, admitirían tener contacto sexual con menores de catorce. Me ahorraré el chiste pero no la extrapolación: ¿convivimos con 1300 millones de pedófilos en potencia? Y el doble de puteros.
¿Se debería legislar sobre las muñecas sexuales? En tanto proyectamos cualidades biológicas a un objeto, por más que sea una cosa cosificada, ante nosotres adquirirá propiedades humanas. ¿Es el hombre que abusa de su juguete un abusador sexual porque ejerce dominación sin margen? Nadie rechista, él es dueño absoluto. En este sentido, las sex dolls no son tan distintas de las esclavas angoleñas que desembarcaban del puerto de Ámsterdam.
Aquí hablamos de isomorfismo estructural, algo muy poco estudiado: la forma relacional de la dominación absoluta ante un juguete o una víctima real es idéntica. Si las sex dolls se alimentan con IA y simulan resistencia o consentimiento, emiten señales de dolor o ajustan su comportamiento según el historial del usuario, podrían también ser entrenadas conductualmente ante la anulación del «no». Xdollhub factura millones vendiendo muñecas de aspecto aniñado que rara vez pasan de los 1,55 metros de altura. La serie ‘Cyberfusion’ es la serie más exitosa de Exdoll. Esta metonimia material no es accidental. El conato de violación tampoco es baladí. Poco me parece el movimiento 4B de Corea del Sur (sin pareja, sin citas, sin sexo y sin hijos) ante la deriva machista que tenemos encima.
No puedo evitar pensarlo: si elevan la tecnología a la categoría de adversario, volvámonos luditas. Invirtamos en ludismo real, el de los mecanoclastas que se jugaron la piel en sindicatos federados y confederados. Burgueses y coquetos, recordemos que sin acción no hay creación. Y para crear hay que romper: la transformación implica destrucción (por descarte), pero nunca ausencia de orden. Imaginemos una jerarquía tumultuosa de Ordnung, ese término alemán y anarquista para definir orden, disciplina y voluntad, donde descubrimos que el poder real jamás viene impuesto por un organismo o cabeza superior, como diría cierto loco de cómic. Pero claro, la máscara de Guy Fawkes es un éxito de ventas y yo solo quiero dejar de comer y cagar con el móvil en las manos; quiero hablar con mi gente, abrazarlos y seguir viviendo. Por eso ahora toca ahondar en el martilleo de las máquinas. Un eco rítmico, casi tribal, que perfora los tímpanos. Pico y pala hasta que la piel sea escobajo y la realidad se pixele en cadalsos digitales.
XIV. Avatarización por claudicación
Avatar es una palabra extraña. En español la usamos para hablar de cambios o vicisitudes (avatares del destino). Y tiene sentido: su origen es sánscrito, avatâra, y se compone del prefijo avah (abajo) y la raíz tara (tránsito), en referencia al ser divino que desciende a la Tierra. Un bajar hacia la carne, una encarnación. El avatar transporta, transmite, traslada, atraviesa y se cruza entre dos realidades. La genealogía de la representación, por tanto, puede leerse como un relato de tensión entre encarnación y legibilidad. Y a veces el avatar nos domeña, cuando el personaje devora a la persona. La sombra penetra a través de una dermis demasiado permeable a fluctuaciones climáticas, a los humores de la existencia.
La avatarización designa ese proceso por el cual una presencia es transmisible, habitable y reconocible mediante un medio soporte. Suena a cliché porque nos convierte en uno: nos adaptamos al constructo. La avatarización, por tanto, se puede definir como el proceso cultural, tecnológico y perceptivo por el cual las representaciones dejan de depender de un soporte auténtico para adquirir validez social, emocional y funcional por sí mismas. Con esto edifico la primera idea: ¿y si, en vez de dotarnos de singularidad, tan propio de los personajes de ‘The Private Eye’, la avatarización nos convirtiese en desposeídos, en una especie de penumbra ulterior sin objeto proyector? ¿Y si estuviéramos usando avatares para protegernos y esas máscaras llevaran las cuchillas que deformaran nuestro rostro visible hasta dejarlo irreconocible? ¿Y si nos han devorado la identidad?
La avatarización puede sustituir progresivamente la materialidad a través de una tolerancia perceptiva. Piensa en cine o animación: la persistencia retiniana perdura como signo de una realidad que no es real. Permanece una experiencia psíquica, si bien solo es artificio. «Efecto Proteo», el cambiaformas griego: así denominaron un puñado de académicos al fenómeno por el cual un usuario adapta el comportamiento a las características de su avatar virtual. Jean Baudrillard diagnosticaba que las sociedades modernas no se limitan a representar lo real, lo reemplazan por signos autónomos. La avatarización es, entonces, una fase avanzada de hiperrealidad: la representación que ni siquiera finge depender de una fuente, el avatar que no es copia degradada porque opera con legitimidad social plena. No estoy pensando en Hatsune Miku, estoy pensando en cientos de influencers que son pura IA y son el equivalente a las mascotas de cereales de los años 80, en streamers posturetas cuando aún las cámaras dejan de grabar, en asistentes digitales donde el yo auténtico cabe en una bio de Instagram.
Desde su ‘Understanding Media’, Marshall McLuhan enunció la transición de medios como extensiones del ser humano. ¿No es ya el teléfono móvil una prótesis de la mano? La avatarización radicaliza esa lógica: la extensión adquiere autonomía operacional respecto al cuerpo original y se distribuye cuando el cuerpo consciente aún está ausente. Encaja con eso que Gilles Deleuze definió «sociedades de control»: el individuo pierde su entidad como unidad localizada para convertirse en flujos de datos, perfil editable y modulaciones constantes. Internet nos regaló la mutación estructural de la subjetividad contemporánea. A cambio, nos robó todo lo demás. Mientras haya infraestructura, hay verdad. ¿Qué pasará cuando la capacidad del sistema para sostener esa continuidad comunicativa y emocional se esfume? ¿Seremos libres de nuevo, como un Adán y Eva expulsados del Paraíso? ¿O seremos como Lilith, nacida antes del canon, ajena a la deificación del sistema?
Volvamos a la psicología cognitiva y las relaciones parasociales: el cerebro humano establece vínculos emocionales genuinos con entidades mediadas, tanto da si carecen de corporeidad física. Se puede amar a un robot, a un bot e incluso a una letra t. El sistema nervioso responde a voces sintéticas, digitales o pregrabadas mientras se mantenga coherencia conductual. Y cuanto mayor es la densidad de su materia, más dominantes serán las conductas: avatares percibidos como atractivos aumentan la confianza interpersonal. El avatar moldea la psicología porque el cerebro no accede a la realidad objetiva, construye modelos plausibles mediante inferencias continuas. Otra vez, la piedra está en nuestro ojo y esa manía por economizar, tan pragmática, de nuestra psique, tan escorada hacia lo predictivo.
Quizá por eso este sea un momento de la historia donde el relato aniquila al dato, donde la experiencia, esa manida palabreja, desplaza la autenticidad material hacia la autenticidad conductual. Piensa en esa mínima vibración háptica cuando escribes por WhatsApp: eso genera una respuesta equivalente al zumbido de un motor de gasoil ante un adicto a la velocidad. Y sus vapores también manchan tus yemas. Las interfaces evocan objetos analógicos ya casi extintos —máquinas de escribir, relojes solares, cartas, guías de mapas— y replican patrones conversacionales humanos. Así desplazan la mirada hasta sustituir su esencia. Así que me cago en verso en el Metaverso. Tinder jamás podrá equipararse al cortejo vívido. Eso que nos ahorramos, ¿no?
El coste ha sido alto. En términos metafísicos, podemos hablar de disociación entre esencia, apariencia y soporte. ‘Ghost in the Shell’ anticipaba esta conversación, o cualquiera que haya leído a William Gibson o K. Dick. Elige a tu tótem generacional. Lo que está bastante claro es que, cuando las representaciones adquieren autonomía existencial, nace una nueva civilización que reescribe la anterior. ¿Te parece una exageración? Yo paso el día dudando de aquello que veo. He perdido la fe por culpa de los deepfakes, ya no creo en nada y, mientras miles de actores y actrices se rinden y pierden agencia como «entidades interpretativas», yo tiemblo ante ese momento de no retorno, de representatividad cero. Aunque ya lo dice el refrán: no hay más ciego que quien no quiere ver.
¿Dónde queda la evidencia de los hechos? Esparcida entre síntesis probabilística, licuando la lógica de la huella y el acontecimiento. En este escenario, la avatarización es el forense. Si no puedes verificar, ya te da lo mismo ocho que ochenta, el diagnóstico y evidencia posterior siempre será «duda razonable». Más allá está el finisterre, dragones entre la bruma. Es la crisis de conocimiento: ¿usamos la IA o la IA nos usa a nosotros, en tanto hemos olvidado cómo hacíamos las cosas antes de hacerlas con IA? ¿Escribo de forma distinta influenciado por tanto artículo sucintamente reelaborado con ChatGPT? Hay problemas mayores: estudios sobre seguridad digital y educación advierten de la proliferación de material de abuso sexual infantil generado por IA. El eje de la transparencia se ha resquebrajado y hasta se duda sobre qué condenar: ¿es porno el porno de cuerpos inexistentes? ¿Puede sentirse culpable alguien si piensa que no hace daño? ¿De verdad el avatar de My Little Pony de un puto fascista de Minnesota descentraliza la culpa? Hablamos de violencia sin acontecimiento, víctimas sin hechos, rastros sin mundo: recombina al gusto y recontextualiza.
Hace unos días mi second player decía: «Suena como Rihanna, tiene esa vibra a lo Rihanna, pero sospecho que no es Rihanna». Claro que no, era el enésimo tema generado por IA y colgado en YouTube para un lucro que escapa al control de la propiedad intelectual de la cantante. Incertidumbre epistemológica, dicen los papers tibios. Llevamos dos siglos peleando por defender los derechos de propiedad individual, pegándole fuego a cilindros de cera y mimando a patentes como a hijos, para que ahora lleguen un puñado de sinvergüenzas, guillotinen millones de libros comprados de saldo, algunos jamás vendidos y, en menos de dos años, hurten y vuelquen el conocimiento de la humanidad para entrenar a modelos privados. ¡Y nadie ha puesto pegas! Nadie se ha preguntado: «Oye, ¿quién les ha dado permiso para escribir el futuro?». Nadie les ha parado los pies, al contrario, ¡lo han tildado de inevitable! Y espabila, que cada semana llega una innovación nueva; ten cuidado o el progreso te atropellará sin miramientos.
Existen modelos entrenados para generar erratas y humanizar comportamientos que eluden los análisis técnicos de otros modelos entrenados para detectar falsificaciones. Estilización impuesta. No creas ser más listo que un armatoste modular para procesar en paralelo todos los cálculos de nuestra existencia previa. Hace un año, Nvidia presentó Vera y Rubin, las CPU y GPU locas que montarán los armarios NVL72. Cada uno de ellos encapsula 74.7 TB de RAM. Hay miles así. ¿Para qué? Para atender a la demanda inflada de tiburones como Sam Altman, por ejemplo. Resultado: inventario restringido, innovación capada y el coste de cada cacharro informático, desde un smartphone hasta máquinas de radiodiagnóstico, equipos de anestesia, vehículos, impresoras o videoconsolas, disparado hasta un 2.200%. A cambio, abortos perpetrados con IA —¡toma, fealdad en vena!— y un oscurantismo artístico que mancha décadas de batalla cultural. No hay fuego en el infierno para tanto monstruo.
Vamos a respirar un rato. Sístole, diástole, parástade; no nos vayamos a caer. Tampoco hace falta fliparse; el avatar es apenas un nodo dentro de los «fondos de identidad». Confío en que sobreviviremos a esta artimaña recombinatoria de proyección, escape, estatus y experimentación. Queríamos jugar a ser dioses y los diablos de la lista Forbes 400 jugaron con nosotros. La avatarización es otro de tantos mecanismos de producción para economías basadas en datos y atención. Y es justo reconocer que los primeros registros de figuras avatáricas datan de hace milenios. Y son rastreables: Esquilo (‘Las suplicantes’), Sófocles (‘Antígona’) y Eurípides (‘Medea’) escribieron obras para el cuerpo singular que se transforma en función, voz amplificada y figura visible dentro de un orden simbólico. El principio de existencia y reconocimiento de mucha peña oprimida se filtró mediante estos recursos. ¿Qué es, si no, la literatura? La persona escénica media entre lo humano, lo político y lo divino, entre self, acción y representación. Por eso es tan fácil recodificar estas figuras, descentralizarlas o reconceptualizarlas: son vasijas donde cabe lo que se te antoje, versátiles emparejamientos de identidad y estado.
Y esta genealogía importa, que se lo digan a cualquier actriz o actor todavía no arrasado por la IA. Porque, por un lado, evidencia que la crisis contemporánea de la autoimagen no procede de los lodos de Instagram, TikTok o X. Las plataformas no inventan ex nihilo la mediación del yo, lo que hacen es torpedear ciertos automatismos que enferman la mirada, tornando del rol escénico al perfil, en una aceleración técnica de un problema antiquísimo: cada cultura diseña dispositivos para hacer comparecer a los sujetos y, al mismo tiempo, para disciplinar el modo de esa comparecencia. La figura trágica, el héroe glam, el personaje editable de un RPG y el perfil yasificado en Tinder son, en algún sentido, la misma cosa. Porque todos deben negociar entre singularidad y norma, entre máscara e identidad, entre maternidad material y expectativa. Lo que queda fuera, la anomalía de la anomalía, es demasiado feo para siquiera tasarlo.
Prince es un buen ejemplo de autoinvención avatárica, quien tuvo que mutar hasta ser una noción abstracta e impronunciable para escapar de las puñaladas de la discográfica. Su nombre artístico por entero pasó a ser un símbolo, mezcla de los géneros sexuales masculino y femenino, cuyo objetivo, declaración de intenciones aparte, era poder sortear el secuestro de propiedad intelectual que ejercía su sello discográfico, Warner, sobre la identidad ‘Prince’. David Bowie fue más allá: Ziggy Stardust, Aladdin Sane o el Thin White Duke son, además de alter egos, ensamblajes de maquillaje, gesto, vestuario, vocalidad y distancia irónica para habitar lugares nuevos. ¡Todavía hay quien cree que era marciano!
Y lo mismo con cualquier experimento de realidad virtual para adoptar una fabulación protésica y así experimentar qué se siente al ver o ser distinto. Ambos, Bowie y Prince, coquetearon con tensar la inteligibilidad entre género y rostro, fluyendo a merced del capital hasta que pudieron escapar de él. Ambos, sin embargo, eran bellísimos y dudo mucho que su deseable éxito se hubiese culminado en un careto como el del Fary. Estoy obligado por contrato a recordar el chiste «eres más feo que el Fary comiendo limones», si bien don José Luis Cantero Rada, que en paz descanse, ya era feo natural.
Piensa en cualquier editor de personajes de un RPG (role-playing game) y podrás ver con claridad lo estrecho que es el margen. La personalización parece intensa, pero no es necesariamente amplia. Son variaciones tonales dentro de un sistema, nunca reinvenciones de dicho sistema. Cada preset facial, cada tatuaje o cambio de color en el iris, cada catálogo de peinados o complexiones demarca qué diferencias son representables y cuáles quedan fuera del espacio de lo seleccionable. En lo virtualizado nunca podrás ser quien quieras porque esa promesa liberal solo cabe en la realidad analógica. Y muy a menudo esa apertura está calibrada para producir sujetos bellos, atléticos, legibles y narrativamente normativos. Y más a menudo aún nos constriñe a habitar un molde esquilmado que esquilma nuestra visión del mundo.
Hay excepciones en representatividad, claro: ‘Forza Horizon 6’ calibra hacia la discapacidad física; dentro de su menú, los semblantes están predefinidos (apenas treinta y cinco) pero hay una pestaña para las prótesis físicas y otra para los amplificadores (audífonos, implantes cocleares, etcétera). En un juego de coches, donde la mayor parte del tiempo estarás viendo un salpicadero o el culo del coche, no está nada mal. ‘Avowed’ o ‘Baldur’s Gate III’ también ampliaron el espectro de elección en materia de género, raza fantástica, voz, pronombres y combinatoria identitaria. Sin embargo, esta diversidad va siempre muy curada: rostros dramáticos, sexualmente legibles y fotogénicos, te guste o no. Porque te gustará, porque esta economía del atractivo es, ante todo, consciente de sí misma.
La cuestión del protagonista es crucial. En él recae el tiempo de pantalla, la dignidad narrativa, la complejidad motivacional y las posibilidades de identificación. Una exclusión de personajes feos o raros supone una falta de empatía grave, además de no entender la ficción tal cual es: un continente virtualmente infinito. Hasta en ficciones de prestigio como ‘Los Anillos de Poder’, donde se presume de inclusión con elfos negros, se incurre en la trampa opuesta y al orco se le reviste de cierto emblema grotesco, de ser ugly-cute; excepciones celebradas precisamente porque la norma sigue intacta. Y mejor no hablemos de antropomorfización de furros, porno con las evoluciones del pokémon Eve o fanfics donde lo abyecto debe estilizarse en función de su facultad consumible y la singularidad debe traducirse a un formato compartible. La inclusión, entonces, funciona como flexibilización de una norma, nunca como rotura.
¿Y qué pasa con la política? Avatar también es habitar —y una saga de películas mediocre—, porque supone una redistribución de agencia entre cuerpo, interfaz, visión y entorno. Piensa en punto de acción, percepción y proyección subjetiva. Igual por eso jode tanto ponerse en la piel de una mujer «normal y corriente». ¿Alguien recuerda la polémica que despertó ‘Horizon Zero Dawn’ y, en concreto, los pelos de la cara de Aloy? Un puñado de menesterosos mentales juega queriendo saciar su lascivia manejando una argamasa de polígonos con tanga y pezones turgentes. Y cada vez que una protagonista femenina se aparta un mínimo del estándar hipersexualizado, ya no es una mujer, es algo feo. ¡Tías buenas o muerte!
Este ideal de fotogenia juzga tanto un modelo 3D como defiende una expectativa. ¿Y cuál fue la respuesta? Yassificarla. Aloy, tan atractiva que suele tildarse de crush a uno y otro lado del espectro, pasó por el pasillo del retoque y maquillaje digital, agrandamiento ocular, afinamiento mandibular, pulido dérmico y sexualización del gesto para convertirse en el monstruo del deseo, algo que reproduce, entrena y naturaliza una idea peligrosa, pero en la que ninguna mujer toma partida, ya que apenas es un objeto sublimado. «Follable».
Corramos un tupido velo y sigamos. La primera vez que jugué a ‘Second Life’ se parece bastante a la primera vez que jugué a ‘The Sims’: posibilidad y aspiración. Estos mundos persistentes, estas simulaciones de convivencia, establecieron nuevas normas sociales en entornos vacíos. Es trabajo de quien juega completar la parte atávica, la que se lega durante la partida. Lo mismo sucede con ‘Tomodachi Life’, juego fascista de manual: el ingenio recombinatorio no es nada sin tu participación activa. ¿Te das cuenta del truco? Pues ahora traigo otro girito: un estudio sobre ‘Second Life’, ‘World of Warcraft’ y ‘MapleStory’ evidenció que las interfaces de creación condicionan la proyección de identidad, que gran parte de los usuarios no reproduce su cuerpo offline, y dichos avatares eran aspiracionales, con tendencia a ser más atractivos, más fit y más «icónicos» que los usuarios tras los controles. ¿Para qué quieres un avatar si vas a caer en la yassificación?
Yassificar originalmente no era un verbo, era una expresión muy de círculos LGBTQI+: «yas queen». Claro que sí, dilo, reina, recuérdanos a todos cómo la cultura meme ha robado a la escena drag hasta sus extravagancias más identitarias. Con los años, la yassificación ha asimilado el pertinente cariz satírico. Y falta que hacía. Esa manipulación psicológica es útil porque da un respiro, un oasis de ironía: exagerar rasgos de glamour para subrayar el delirio. Aunque, bueno, tampoco se ve tan mal. ¡Igual esa perfección digital hasta el absurdo no es tan absurda! Ahí radica su potencia cultural: al mismo tiempo, revela y normaliza el ideal visual contemporáneo.
Uno de los herederos más sólidos de Los Sims es ‘inZOI’ y, en él, su hiperrealismo intensifica la lógica del fetichismo, la mercadería y la sexualización compartida. ¡Es casi imposible ser feo! Y tres cuartos de lo mismo con ‘VivaLand’ o ‘Paralives’. La vida simulada es más cosmética que nunca. Y cuanto más detallista parece el sistema, más visible se vuelve el carácter político de sus ausencias. La abundancia de sliders está ahí para volver más seductora la promesa de libertad. Es solo que, de los cientos de narices, mejillas, mandíbula blanda y complejidades de edad, apenas hay algo que se parezca a una fealdad humana. Flexibilidad recortada por una imagen de belleza y de legibilidad heredada de la publicidad, la moda, la cultura del selfie y la fotogrametría comercial. Más refinado o más sofisticado es otra forma de justificar una edición truncada por la centralidad. Otra vez, pedagogía del gusto.
Estos videojuegos influyen en los procesos de construcción de identidad de jóvenes y no tan jóvenes. Alteran la autoestima y aceleran las conductas de riesgo. Igual tú puedes eludirlo y crees que no: te sugiero pasear por comedores infantiles y espacios de comparación social y autoconcepto. Allí aflora la burla, el rechazo, la invisibilización o el desplazamiento hacia papeles secundarios. Por suerte, quedan refugios: Instagram, por ejemplo. Allí puedes moldear la percepción de ti. O eso crees: Instagram moldea tu percepción y elude la responsabilidad. La yassificación altera la relación con el otro porque, si una de las partes comparece ya filtrada por una estética de perfeccionamiento, la diferencia es sucia, fallo de producción, residuo, falta de pulido. Lo feo es el punto ciego del sistema, aquello que no se ha querido reparar. ¿Eres una persona descuidada, no te quitas los puntos negros? Un par de inyecciones de péptidos de colágeno son indispensables para unas uñas perfectas. No te costaría tanto lucir la dentadura ideal si al menos te plantearas un blanqueamiento al año. ¿Y por qué sigues durmiendo sin máscara ni gorro? Qué horror. Un poquito de infrarrojo aquí y de autocuidado allá y lo tienes. Mentira: jamás lo tendrás.
¿Cuántas imágenes caben en un avatar? Demasiado pocas. Antígona importaba porque no era absorbible sin conflicto; Bowie tensaba la norma sin dejarse estabilizar; ciertos personajes de videojuegos fuerzan a la interfaz a alojar una presencia no enteramente reconciliada con la belleza dominante y, de paso, te fuerzan a ti cada vez que tomas el control. Conviene preguntarse por la infraestructura perceptiva que sigue premiando unos cuerpos y castigando a otros, por qué legibilidad implica umbrales de inclusión y exclusión. Tal vez no sea prerrequisito leer la piel para hablar con la persona, quizá podamos abrazar a un bebé sin evaluar si tiene ojos achicados como la madre o labios gruesos como el padre. Puede que, quién sabe, podamos valorarnos sin prejuicios que desestabilicen el tejido social de facto.
Porque toda revolución comienza por una reevaluación. Pero vivimos en un mundo donde un gilipollas republicano como John Tillman declama que la izquierda radical está apoderándose de EEUU y Europa con su coño despótico para abocar el mundo a una distopía progre. Y esa gente usa progresismo en negativo. Y esa gente gobierna.
No podemos pedir a los propios agentes del caos que auditen su perversión. Sin organismos reguladores, el mal campa a sus anchas. El algoritmo no tiene voluntad. Repite conmigo: son sus dueños. El algoritmo es una estructura diseñada para maximizar atención, y resulta que los enfrentamientos sociales son su vector más eficiente, porque explota sesgos biológicos —indignación, reactividad— sin coste extra. ¡El conflicto es la solución aritmética a un problema de ingeniería! La fragmentación del tejido social es residuo de ese cálculo y el control de una sociedad atomizada, su dividendo. Algoritmo personalizado el que tengo aquí: para Google solo eres números; tú eliges si rentable o prescindible. Y no somos avatares, somos personas.
XV. Una filosoflama
Ya casi terminamos. Voy con el recopilatorio: Hegel tropezaría con su observación de lo bello en tanto «apariencia sensible de la Idea». Decir esto es como no decir nada, así que para dejarlo claro, su tesis sostiene que el arte ya no ocupa el lugar supremo del espíritu en la modernidad. Y esto ha deconstruido la manera en la que miramos. Luego llegarían racistas como Lombroso con su perspectiva clasista y pseudocientífica para explicar el delito y lo torticero desde conectores biológicos y estéticos. Y Lombroso sería un cateto, pero su correlato entre fisonomía y delincuencia trunca miradas mucho más progresistas.
Bataille dijo muchas movidas interesantes sobre la belleza. En ‘La conjuración sagrada’ (1929–1939) define lo bello como un efecto de lo informe, en tanto irrumpe y rompe la estabilidad de la forma y expone al sujeto a la pérdida. Buen arranque. El erotismo, pegamento central en su obra, vincula la belleza con la discontinuidad corporal y el impulso a franquearla mediante riesgo, exceso y sacrificio simbólico. La belleza atrae porque también amenaza y condensa una promesa de ruptura. Y va más allá: en su teoría del gasto improductivo, opera como lujo irreductible al cálculo económico; es valiosa porque se consume sin retorno. El doblez viene por dicha informalidad, en antagonía con la simetría y el decoro burgués: su idea de soberanía implica una experiencia no utilitaria, una especie de aniquilación parcial del yo. Además se nutre de lo prohibido, intensificándose cuando un código ético intenta suprimirlo —animales somos—. La belleza batailliana es, en último término, sacrificial: algo se entrega y algo se recupera, sublimado en la fascinación que atraviesa lo sagrado negativo. La belleza solo será bella cuando queme y desposea.
Lacan, después, añadiría que la belleza es una operación de borde, ese velo desvelado que detiene el deseo ante la Cosa sin satisfacer del todo. La cosa era el pito cuando yo era pequeño, pero todo es pene cuando tienes pena. En ‘La ética del psicoanálisis’, Lacan vuelve a Antígona para ejemplificar la suspensión del goce — asimismo, Žižek dedicó un librazo al señor Edipo y es tela de sugestivo — . Lo bello no pacifica, sino que inmoviliza el deseo justo en el umbral donde el objeto resulta demasiado cercano a la pérdida radical. En resumen, la belleza introduce una distancia formal que vela el horror sin eliminarlo. Es más mala que buena. Una mirada histórica y algo histérica, en vez de apoyarse en el universalismo de Kant.
Porque la belleza puede leerse como operador clínico que permite pensar en casi cualquier forma de ética, pulsión, defensa y ataque: protege del mensajero ante una forma de goce más elevada a cambio de encadenarte a una estructura de captura biológica. Esa es la belleza lacaniana, el instante en el cual el apetito topa con su límite y autorreconoce su virtud intoxicadora. A Lacan se lee mejor a través de Carla Cordua igual que a Kant se leía mejor a través de Sade, también te digo.
Theodor Adorno ya directamente salta a la negatividad histórica, a la huella de lo no reconciliado. En su ‘Teoría estética’ comulga con esa belleza encontrada en el sufrimiento histórico, específicamente tras Auschwitz —fantasmagorías de alemanes—, su propio 11S, para rechazar cualquier belleza persuasiva o reconciliada ingenuamente. El arte es, por tanto, esa resistencia crítica frente al mundo administrado y a la industria cultural. Luego vuelve a lo natural para incidir en esa promesa utópica de belleza no esclava de la subjetividad instrumental, pero se toma la molestia de no separar la apariencia de la aparición. Dicho de otro modo: toda gran obra se resiste a ser absorbida por la resolución de la belleza y perpetúa una tensión no resuelta con el dolor histórico. Otro sublime negativo y otra forma de quedarse muy abajo, por más que acuda a Kafka para relatar la belleza como fragmento, como fractura de un mundo fracturado, porque este pensamiento elude seguir buscando respuestas.
Puestos a descartar (a Descartes) y continuar, salgamos de la autovía y conduzcamos por carreteras secundarias. Porque las preguntas correctas las enganchan por las solapas, cómo no, elles y ellas: Luce Irigaray y su discurso en torno a lo cyborg, Jacqueline Rose y la sexualidad a través de la maternidad, o Rosi Braidotti y la belleza como violencia simbólica. Aquí podría extenderme durante otro par de párrafos. Quiero intentarlo, en aras de la preeminencia intelectual y discursiva de gente mucho más capaz que yo.
Podemos empezar con Griselda Pollock, que patalea contra los cánones, o Luce Irigaray, que plantea una crítica radical al orden simbólico porque ha sido, desde siempre, definido por términos masculinos. La forma en que el discurso occidental ha vuelto los cuerpos legibles bajo lógicas de ausencia, reflejo y dependencia es algo apestoso, y ella apuesta por una diferencia sexual para reubicar lo bello en una resistencia a la homogenización. Su belleza pasa de armónica a volátil, insistiendo en la alteridad material frente a un mundo que prefiere equivalentes replicables. Esto rima con las fronteras de lo cyborg, representadas por Donna Haraway para hablar de la brecha entre organismo, máquina y relato identitario. Me acuerdo del chiste «Eres más feo que una nevera por detrás, más fea que un coche por debajo» y entiendo que, para ciertas personas, esto es porno. Dicha la payasada, esto nos permite reimaginar la belleza fuera del culto a la totalidad orgánica, hibridando la crítica gestual, consciente, y la educación humana. La gracia del cyborg es precisamente que desarma la nostalgia de lo natural y convierte esa mezcla en una política de apariencias.
Esto también se encuentra en Rosi Braidotti y su horizonte poshumano, donde lo bello ya no descansa sobre los raíles de la soberanía del sujeto unitario, ni en ideales clásicos. Los cuerpos que la cultura convierte en monstruos son cuerpos desbordados; convertirlos en objetos de consumo es, de facho, un mecanismo de supervivencia del capitalismo. Los afectos se adhieren a los cuerpos y los orientan en el mundo, decía la «feminista aguafiestas» Sara Ahmed. Por eso leemos la belleza como una economía de quitar y poner, de meter y sacar —muchas veces, en literalidad—.
Y necesitamos fricción. Necesitamos constituir países propios en este entendimiento capital de la belleza. Según María Lugones, hablar de belleza es hablar de colonialismo de género, una imposición racializada y colonizada, normas históricas. Según Hélène Cixous, las mujeres literalmente hablan con un lenguaje prestado, y se precisa de una escritura femenina auténtica, de voz propia, idea que me fascina porque propone reinventar el mundo. Lucy Cooke le pega un repaso a la palabra «hembra» que da gusto. Betty Friedan lo hizo con «feminidad» hace seis décadas. Y Shuyler Bailar con la idea de «ella». El precio cuál es, ¿equivocarse un tanto, tachar y emborronar un par de folios en el novelón de la historia? Ser contradictorio es ser humano, joder. Como dirían los chavales, renta.
Y también plantar cara a los pantanos fangosos y las arenas movedizas donde las feministas acaban a palos. Ejemplo clásico: la maternidad. Me chifla Darcy Lockman y me apasiona, quizá por fuego cruzado ante una paternidad desafectada, cómo Jacqueline Rose dibuja el rayón de tiza en el suelo donde separa esa idea de tener hijos como refugio moral, la ambivalencia sexual y afectiva siendo madre, la cultura de las fantasías de contención frente al pajeo real y un largo etcétera. Desnaturaliza el ideal estético y lo devuelve a su prisión de regla, fusta y cartabón.
Y podemos fantasear con ahogar a los vástagos en la bañera, como Amélie Nothomb o Lionel Shriver, o podemos dejar el trauma aparcado un rato con el fin de no diluirlo en boutade y escuchar más a Emma Goldman y las madres anarquistas. Maggie Nelson se cuida de recordar que trastabillamos demasiadas veces en convertir la experiencia en confesión fácil. Exorcismos por higiene mental. Yo, que me siento incómodo hasta con las apoplejías clasistas, accidentales o incidentales, de ‘El año del pensamiento mágico’ de Joan Didion, celebro este pulso. La belleza no es un sistema sino una percepción. Hay que sacar las antorchas, con antojo para prender velitas de vez en cuando, pero con más ímpetu de incendiar.
Bajo mi idiota criterio, no hay romance posible entre bello y belleza, sí entre fealdad y belleza. Llego así al lugar que prometía: no estoy contra lo bello, estoy contra la belleza como régimen. Que arda. Defeco sobre el statu quo. Lo feo es coger el puñal por donde pincha; ya cada cual que elija si prefiere un buen seppuku al estilo de Yukio Mishima, el adalid que pasó de belleza atlética a fascismo infeccioso. En la fealdad hay promesas de apertura, tanto en lo estético visual como en lo intelectual. La calaña del pasado fracasa una y otra vez; si la grieta es condición de la belleza, la belleza es perpetua. En el ensō abierto, donde el temblor de la mano vale más que cualquier perfección geométrica, aprendemos que la imperfección exige mirar más allá del ojeo primitivo.
Lo bello invita, lo feo exige. Y hay exigencias que, a fuerza de doler, terminan educando la mirada. Como civilización estamos premiando a la IA y dándole credibilidad y futuro, cuando mortifica uno tras otro cada precepto del arte. Escritores con premio Nobel se rinden ya, y detrás van cantantes, ilustradores y otres autores de, quién lo diría, vocación artística. Yo creo en la herejía; quizá por privilegio, no me va el dinero en ello. Empiezo por dejar de reclamar y reclamarme belleza. Porque la belleza siempre acertará en engañar a mi encéfalo; así, en vez de mantenerme en guardia, absolveré mis pecados. La armonía de la cacofonía, la simetría del desequilibrio: en nuestras manos está la tarea de escribir una nueva sintaxis que dé voz a un nuevo lenguaje. Qué es robar un banco comparado con fundarlo, diría Bertolt Brecht. Invirtamos esas reglas, reventemos las puertas.
Es hora de pinchar la burbuja. La belleza va contra la libertad en tanto propone una fe y disposición feroz al orden, a obedecer leyes contra sentimientos, al yugo arbitrario que determina si vales, cuánto vales y, por exclusión, cuándo dejas de valer. Vivimos con una idea darwinista de la belleza y la hemos disecado para admirarla tal cual durante siglos. Quiero creer que hubo un tiempo donde la belleza no estuvo politizada, que aún no habíamos metido las zarpas para arrebatarle la esencia al hecho de vivir conforme a nuestras necesidades y no conforme a nuestros deseos.
De 200.000 años de historia hemos registrado estéticamente apenas 20.000; de esos, tenemos bien controlada la trazabilidad de los 2.000 últimos, con amplias lagunas. La evidencia antropológica y arqueológica resalta que el comienzo de la humanidad rehuía de gobiernos totalitarios y optaba por organizaciones igualitarias. ¿Por qué, entonces, el canon de la belleza actual y de los últimos dos milenios es puro occidentalismo totalitario? Por eso he escrito este texto contra la belleza y no en defensa de lo feo, porque lo feo no necesita ser defendido: el aparato coactivo nos persigue desde el otro lado. En base a mis incapacidades, todes estáis invitades a escribir una ciencia del feísmo, plural, sexi, espeluznante. Brinquemos como brujas en el carnaval medieval, donde las ideas de sociedad se volcaban del revés, el niño regentaba el poblado y el más pobre comía hasta reventar. Pongamos boca abajo ese reloj de Cronos.
Habida cuenta de que, cuanto más belle es alguien, más poder tiene y ejerce sobre otras personas, ¿alego que los feos deben entrar en el cielo de los ricos? En absoluto, porque esto daría la razón a la perspectiva primaria —el conflicto de clase existe, pero aduce a problemáticas superiores—. ¿Qué es feo, en primer lugar? ¿Quién lo categoriza? Hemos determinado que nuestro cerebro lo lleva a cabo, por desconocimiento, y el desarrollo lo perpetúa, por inercia social, no biológica. Los niños, como cualquiera debería saber, merecen tiempo para desarrollarse y un espacio seguro donde crecer sin carencias afectivas.
Es, entonces, responsabilidad de los adultos recordar que lo feo no existe más que en un apéndice vestigial de nuestra mente, y que su utilidad no supera a la de una callosidad que brota por excesiva fricción o ese uñero que responde a un calzado demasiado incómodo. Si atisbo un imperativo, es este: educar sin maldad, sin la malicia con la cual se protegen para seguir comportándose vilmente quienes tú y yo ya sabemos. Si eres una persona muy guapa, enhorabuena; ahora haz lo que cualquier sociedad cooperativista o sin mercado extractivo: obtener lo que tú no produces, compartir lo que te sobra. Persigue la fealdad. Nada más bello.












